DIOS SABE MÁS

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En muchas ocasiones, la manera de morir suele ser un reflejo de la vida que hemos llevado. Esto es claro en el caso de Jesús: muere amando; y amando de tal forma que su última palabra, según el tercer evangelista, es para perdonar a los que le asesinan. Su modo de morir es el perfecto reflejo de lo que ha sido su modo de vivir. El primer mártir cristiano, Esteban, también muere de forma parecida. Sus últimas palabras son una oración al Dios bueno para que “no tenga en cuenta” el pecado de los que le matan.

Conozco distintas historias de personas cristianas, de algún padre de familia o de alguna religiosa, que han dejado muy clara su esperanza de una vida gloriosa pidiendo que, en vez de una Misa de funeral, se celebrase una Misa de gloria y de acción de gracias. Un buen sacerdote me contó que una vez celebró esta Misa de gloria en vez del funeral, con escándalo de alguno de los asistentes, pero con el agradecimiento de la familia.

La última historia que me han contado es la de una muchacha de 17 años, una buena cristiana, consciente de que su enfermedad no tenía remedio humano, y cuyas últimas palabras fueron: “Dios sabe más”. Estas palabras me las ha contado una de sus amigas, emocionada y edificada. Hay palabras que, dichas en determinados contextos, dejan a los oyentes pensativos y llaman a conversión.

Morir no debe ser fácil, como tampoco lo es vivir. Pero, en el seguimiento de Cristo, la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido. Se puede vivir y morir sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte.