TRAS LA SEGUNDA EDICIÓN DE SU LIBRO

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“La vida religiosa encontrará su sitio en el futuro cuando se reencuentre con su pasado”

Nos acercamos a Luis Alberto Gonzalo Díez, director de la revista Vida Religiosa y autor, en la editorial Perpetuo Socorro del libro «Amanece, que es mucho». Agotada a poco de salir la primera edición, va en buen camino la segunda… y, quién sabe si en breve la tercera.

¿Se esperaba esta acogida del libro?

La verdad es que no y me alegro mucho por vosotros que enseguida manifestasteis mucho interés en editarlo, pero sobre todo me alegro por la vida religiosa real. Aquella que diariamente responde a la misión y vive «entre congresos». Me refiero a la infinidad de religiosos y religiosas que viven la consagración en el silencio, sin tiempo ni oportunidad para participar en encuentros, congresos, capítulos. Además, están buscando la verdad de lo que el Señor Jesús quiere para este tiempo de los consagrados.

Vamos por partes. El libro comienza con un prólogo muy especial… de alguien que Usted valora mucho y por lo que hemos comprobado también él lo valora…

Sí es cierto. El prólogo es de D. Carlos, Cardenal de Madrid, de quien me honro de estar muy cerca desde hace décadas. He podido comprobar que existen las personas que no tienen el tiempo en función de sí mismos, sino en función de los demás, de la misión… D. Carlos es mucho más que la figura pública. Es especialmente entrañable en la proximidad y cercanía con el débil, el necesitado o el que espera. Las grandes personas se suelen conocer por los efectos que van dejando en aquellos que viven carencias. Un gran hombre, sin duda, al que ahora y siempre reconozco como un hombre de Dios. Y me consta muy cerca de la vida consagrada.

Usted también tiene el tiempo ocupado…

Creo que debe ser así. He ido comprobando que en la vida tenemos tiempo para lo que queremos de verdad. He descubierto que la vida consagrada me apasiona. Es un modo de seguimiento que creo está llamado a recuperar una capacidad para la sorpresa y la novedad que, hoy por hoy, tiene amortiguada. Voy conociendo muchas congregaciones y, especialmente, a las personas que las llenan de vida. No me decepciono en absoluto. Cada día descubro la novedad de Espíritu en buena parte de los consagrados y consagradas que voy conociendo por nuestro mundo.

Esa es otra cuestión que le queríamos plantear. ¿Hay sitio para tanta congregación? ¿Percibe originalidad en las muchas congregaciones que conoce y acompaña?

Sin duda. Mi trabajo al servicio de la vida consagrada y, en particular, la dirección de la Revista Vida Religiosa me permite tener una visión privilegiada del don del Espíritu que es la vida consagrada en su conjunto y en particular cada familia religiosa. Disfruto en el acercamiento a cada carisma. Me parecen arriesgados, subversivos, llenos de novedad. Son los mensajes que necesitan oír en el corazón no pocos jóvenes, ellos y ellas en este tiempo. Lo que ocurre es que están recibiendo mensajes distorsionados y es nuestra «hiper-organización» que, aunque no llega a anular el carisma, sí lo consigue disimular. Por eso creo que la auténtica reforma será una vuelta a realidades atrevidas, osadas, llenas de Dios que, ahora por ser muy prácticos no tenemos «tiempo para ellas».

Hay aspectos de gratuidad, libertad, donación, espontaneidad, frescura y reconciliación que desde los orígenes están inscritos en las familias de vida consagrada. La praxis de una historia un tanto reduccionista o calculadora ha ido arrinconando aspectos muy nuestros que, sin duda, han de volver y guiar la propuesta de una vivencia de los votos creíble y posible para este siglo.

Usted dedica el libro a cuatro personas de la espiritualidad claretiana ¿Por qué razón?

Bueno lo primero que quiero decir es que estoy muy contento con mi congregación y la espiritualidad recibida. Seguramente todos los consagrados somos capaces de vivir en acción de gracias por la propia familia. Me parece el primer signo de pertenencia y el más necesario. He dedicado el libro a esas cuatro personas porque están en el cielo y, a su manera, me han aportado rasgos de vivencia que me han configurado. De todos ellos: Encarna Velasco, Teófilo Ibarreche, Severino María Alonso y Gonzalo Díez, guardo «regalos» en lo personal que van mucho más allá de lo que fueron sus vidas, objetivamente ricas, en lo público. He tenido la suerte de, en algún momento de mi vida, conocer y reconocerme en algunas visiones espirituales de estas personas. Son cuatro personas muy diferentes, también de momentos históricos distintos. Ni siquiera entre ellos mantenían especial relación. Encarna Velasco fue superiora general de su congregación, pero a mí me impactó especialmente la paciencia creativa que mantuvo en sus tiempos de apostolado en Oviedo con adolescentes y jóvenes en conflicto. De Teófilo Ibarreche a quien conocí en sus últimos siete años de vida en Vigo, me llamó la atención la capacidad real y sin nostalgias para hacerse en un tiempo nuevo. Estoy convencido de que este hombre historiador y formador de generaciones de misioneros conoció y comprendió perfectamente la posmodernidad con la que se encontró en la vejez. De Severino María Alonso podría decir mucho. En este momento solo quiero reseñar que es de las personas que se agigantan cada día. Continúo encontrándome con religiosos y religiosas que viven y creen desde él en España, Italia, Taiwán, Colombia, México, Argentina, Venezuela, Dominicana, Chile… Y estoy seguro que me dejó algún país. De Gonzalo Díez, su resumen vital es cuatro largas décadas en Oviedo «amando a sus hermanos y orando mucho por su pueblo» en su corazón y su tiempo encontraron sitio todos… Además, es alguien al que jamás he oído un comentario negativo sobre nadie. Eso, sin duda, tiene que ser don de Dios…De los cuatro hay rasgos comunes de vida que son los que, a mí, personalmente, me dicen que estamos ante la profecía y normalidad de la vida consagrada. Son personas contentas con sus orígenes y su historia, no ha habido ruptura en sus vidas antes y después de la congregación; en su intimidad expresaron una predilección reconocible por los pobres; dieron esperanza en todos sus encuentros personales; supieron valorar a cada persona, Dios explícitamente los dotó con la capacidad de descubrir siempre lo bueno en su entorno y se caracterizaron toda la vida por una búsqueda sincera de su voluntad.

El libro se estructura conforme a las grandes cuestiones de nuestro tiempo: Pastoral vocacional, reorganización, espiritualidad, comunidad, misión…

Sí, son como sabe una serie de reflexiones para ser gustadas poco a poco. Hace no mucho una superiora general me comentó cómo le está sirviendo para la formación continua de las comunidades. Son grandes cuestiones circulares, unas llevan a otras, pero es verdad que por la configuración de las comunidades conviene que las propuestas de reflexión sean concisas y directas. En el libro, por ejemplo, es especialmente notable el apartado dedicado a la comunidad. Es, si se me permite, mi obsesión porque considero que cuando tengamos respondida la cuestión de la comunidad vamos a situar convenientemente la misión, la espiritualidad, la obediencia y, por supuesto, la pobreza. Hay que tener valentía para diseñar la comunidad que necesita este presente. Hace poquito hice un viaje muy largo con una religiosa italiana, conocía el libro y como está trabajando desde hace años en América Latina, me decía que iban a trabajar en su provincia el apartado de la comunidad… desde ahí se iban a preguntar qué misión, pero hoy por hoy, la urgencia era responder con fidelidad qué comunidades y cuantas para significar el carisma.

¿Para usted la cuestión fundamental es, entonces, la vida en comunión…?

Esa forma de hablar, jerarquizando es muy de nuestro tiempo. Considero que en la vida consagrada no hay un aspecto que va antes, otro después… No es importante ser bueno en una cuestión y en las otras Dios dirá. Creo más bien que las cosas están profundamente vinculadas. La comunidad, es cierto, es el signo por excelencia de lo que queremos vivir. Es, desde mi punto de vista, una de las cuestiones más debilitadas en la vida consagrada particularmente en occidente y quizá en América Latina. Creo que no hemos conseguido diseñar la comunidad para este presente y vivimos desde esquemas de otro tiempo que, aunque no tengan vida, tampoco han muerto explícitamente. Aunque muchos pueden estar significando una muerte lenta. Nuestra cara son nuestras comunidades; la fuerza y presencia de misión de las órdenes y congregaciones la capacidad para ofrecer un nosotros creíble, agradecido y sincero. Y la situación, cuando menos, es preocupante.

El libro pretende responder a esta realidad. No es una solución expuesta en píldoras morales, es el reconocimiento de personas: hombres y mujeres, jóvenes y mayores que saben que están llamados a vivir la experiencia de la profunda comunión y tienen que ponerse de acuerdo en qué quieren vivir y qué pueden vivir. No hay cosa peor y que provoque más rechazo que aquellos que en nuestros días pretenden solucionar su vacío interior con continuas clases de comunión de lo que han oído o leído, pero jamás se han puesto a vivir.

¿Dónde está la verdadera comunión?

Muy buena pregunta, la verdadera comunión está solo en aquellos y aquellas que han recibido una llamada vocacional. Por eso tenemos un grave problema en este momento. Reducir la comunión a cuatro rasgos disciplinares o de voluntad, además de no tener nada que ver con el hombre y la mujer de nuestro tiempo, nos devuelven una experiencia vacía de vida, sin contenido ni mordiente. Hay religiosos y religiosas que se han acostumbrado a vivir sin querer… y poco a poco llegan a la conclusión de que no quieren vivir. Y lo peor es que pueden condicionar la vida y el querer de quienes sí están llamados a la vida y vocación de la fraternidad.

Un criterio para saber que estás en el camino de Dios es la estricta igualdad. Cuando no te permites ni un rasgo de aliento si no es para todos… Estás viviendo una experiencia de fraternidad creíble y sincera. A la vida comunitaria le ha hecho mucho daño, las medias verdades, el tan traído y llevado siempre se ha hecho así, las lecciones de gestión y empresa, la economía particular, la sospecha, la falta de acompañamiento en el cumplir años… El convertir la vida apostólica en monástica y quizá la monástica en apostólica. A la vida comunitaria le ha hecho daño cuando no hemos sido capaces de valorar a las personas o de llamar las cosas por su nombre. Le ha dolido en exceso cuando nos hemos conformado con que las cosas salgan adelante sin preguntar por la fe… La ha herido de muerte cuando hemos creído que podíamos crecer sin compartir sentimientos… Experimentando, entonces un profundo vacío que las formas no pueden llenar.

Vamos concluyendo. ¿Dónde ve la esperanza Luis Alberto Gonzalo?

Sinceramente en que hay muchas personas que están viviendo esto con paz y verdad. En todos los rincones del mundo me encuentro con consagrados llenos de fe, implicados en la vida de sus hermanos y hermanas sin tiempo para pensar en sí mismos, he confesado muchos religiosos que tienen la honestidad y verdad de un niño, por eso siguen confiando en la humanidad y, a la vez, tienen la hondura de quien sabe abrazar a Dios en la soledad. Sigo confiando con esperanza porque no me siento, en absoluto, solo en este proceso de reforma de la vida consagrada.

¿Habrá pronto otro libro?

(Se ríe…), Tú, sabes que sí.

Gracias por tu tiempo.