Dar gracias

Jesús tenía más frescura y libertad que nosotros. Buscaba ejemplos cercanos para explicar el reino de Dios y suscitar el interés y el agradecimiento.

El ejemplo de la viña se dirige a los sacerdotes y senadores judíos. Les retrata como esos jornaleros que se apropian de la cosecha. El trabajo -que les ha llevado hasta los frutos- les posiciona en dueños de la tierra y, como consecuencia, en rivales del dueño. La confianza del propietario les lleva a creerse dueños del usufructo de la viña.

Esa parábola deberían reflexionarla los que gestionan lo público en medio de una pandemia. Suponemos que todos los que nos gobiernan pusieron, en un inicio, todo su interés, corazón y tiempo. Y que han intentado ser justos –al menos- para los suyos. Pero al final, la gestión y los pactos les llevan a creerse dueños y señores de personas y bienes.

Esa parábola nos la hemos de tragar también nosotros. Cuando ponemos en los resultados la justificación de nuestra responsabilidad. Los beneficios, que reportan la tarea, acaban dando contenido a nuestra identidad. Y llega un momento en que el éxito de la misión nos describe como buenos, entregados, eficaces… y dueños. Vamos, merecedores de algo más que del fruto.

A todos no surge la necesidad de reconocimiento de nuestros desvelos por el cielo o la tierra y sólo nos satisfacen los títulos de propiedad.

El antídoto está en la carta a los Filipenses: Da gracias a Dios en todo momento, por todo fruto, por cada oportunidad, por cada hermano, por cada hálito de vida. Y entonces, «la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús».

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