miércoles, 17 agosto, 2022

¿Y SI GANAMOS LA PULSEADA?

Pasan los días y la pandemia parece no aflojar en la pulseada. El virus nos sigue visitando y exige que nos sentemos a reflexionar y replantear nuestro modo de “estar” en el mundo como vida religiosa. Su presencia, que no tarda en traspasar rápidamente las fronteras, nos hace palpar y visibilizar un mismo destino incierto.

Intentar reconocer a Dios en toda esta realidad que ha afectado a gran parte del mundo, no es tarea fácil. Se requiere volver los ojos hacia ella una y otra vez, los oídos a los gritos, y las manos a los gestos sanadores y cuidantes. Somos poseedores de una gran noticia: y es que en Jesús, Dios se humanizó y con sus acciones y palabras nos mostró cuál es el camino para alcanzar una verdadera humanización. Al igual que sus manos, que tocaron y sanaron todo tipo de enfermedades, también nosotros estamos invitados a “tocar la carne sufriente de Cristo en el pueblo” (EG 24).

Hoy más que nunca precisamos hacer nuestros los mismos sentimientos de Cristo Jesús, el cual se dispuso a hacerse uno de tantos.

Hoy más que nunca precisamos samaritanas y samaritanos, que se “hagan cargo, carguen y se encarguen” de la realidad, sin desviar la mirada, sin diluirse en el culto, sin buscar atajos, sin acelerar el paso.

Hoy más que nunca debemos seguir mirando el presente y el futuro e interrogarnos ¿hacia dónde se dirigen nuestros pasos, nuestra mente y nuestro corazón?

Hoy más que nunca necesitamos tejer historias, porque tu vida y mi vida importan, y animarnos a escribir trazos compartidos y biografías latentes, sin darle la espalda al sufrimiento de tantos inocentes.

Es tiempo de respiros amplios, aunque muchos nos sintamos ahogados.

Es tiempo de generar anticuerpos que nos fortalezcan para luchar contra las tantas “pandemias” que nos seguirán visitando.

Es tiempo de extender el espacio de nuestra tienda (Is 54,2) para que muchos tengan calor de hogar, sentido de cuerpo, abrazo fraterno y solidario que cure las heridas post-Covid.

Sí, es la hora de latir al compás del Espíritu y de reflexionar juntos: “¿Qué nueva humanidad se está gestando en esta tierra que gime su embarazo? No le pidamos a Dios impacientes que presione el vientre de la historia y acelere el parto. Es tiempo de silencio servicial y expectante” (B.G. Buelta). ¡Hagamos que suceda!

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