Tiempo de levante

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Contaba Ramón Menéndez Pidal en un entrañable escrito –Los noventa años– la leyenda de que Matusalén, considerando permanentemente la caducidad de la vida, no quiso gastar tiempo en edificarse una casa, y solo levantó una pared que le resguardaba de vientos y fríos. Y reconocía que a él, en el último tramo de su vida, le pasaba algo parecido. Por ello, escribía: «vivo, en suma, como de levante, en forma provisional, deseando concentrar todo el cuidado en solo la esencialidad de la obra».

Lo explicaba con una suavidad que invita a pensar la bondad y la importancia de ese «vivir de levante», como sin haber fijado del todo el propio domicilio, preparado para hacer un viaje próximamente. Invitando también al cultivo de aquello que permite vivir con esa actitud profunda.

Y recordaba, además, que no es la edad lo que importa para mantener la actividad creadora. Puede que una época aporte la fuerza y el entusiasmo y otra el cuidado, que una padezca la precipitación y la otra regale la lucidez y la palabra depurada.

Vivir de levante es estar preparado, como pedía Jesús, para cambiar la propia posición. La vida es un desafío ordinario, no sabemos a qué hora nos quiere despertar el Espíritu y, a menudo, lo hace a destiempo. Vivir de levante es no perder la capacidad de crear, es tener la fuerza para salir de cualquier punto en el que estemos afincados, para renunciar a la inmovilidad.

En la vida compartida, será siempre un reto evangélico armonizar los polos sin hacerlos neutros, porque necesaria es la vitalidad y necesaria la penetración. Ambas cosas parecen imprescindibles para vivir la provisionalidad cristiana, para salir de donde podamos estar retenidos, para soltar cualquier presente con el que estemos haciendo conserva.

Teresa de Jesús animaba a poner los ojos en Cristo para «pasar adelante», para no quedar atados ni por nosotros mismos ni por lo demás. Pasar adelante, vivir de levante, poder decir: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas».

Jesús afirmaba que no tenía donde reclinar la cabeza, como si supiera algo sobre la provisionalidad y le pareciera importante. Como invitando a lo que recordaba Menéndez Pidal: concentrar todo el cuidado solo en lo esencial.