SE PIENSA POCO. ¡Y LA FE REQUIERE PENSAR!

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En la fe intervienen todas las dimensiones de la persona: se cree (y se ama) con toda nuestra personalidad. Pero fundamentalmente hay dos dimensiones que entran en juego cuando se trata de la fe divina: la voluntad y la inteligencia. Tomás de Aquino, hablando de la fe en Dios, dice que la fe es un hábito del entendimiento; hábito significa una actitud permanente. O sea, el que cree en Dios tiene la mente permanentemente ocupada, está siempre pensando, siempre buscando, siempre inquieto. O también: la fe es un acto de la inteligencia movido por la voluntad. La voluntad mueve, empuja a la inteligencia a adherirse a lo que se le propone.

¿Por qué la fe necesita este empuje de la voluntad? Para darme cuenta de que dos y dos son cuatro no se necesita ninguna voluntad, es algo evidente que la inteligencia capta inmediatamente. Pero en la fe, la inteligencia no ve las cosas claras, porque lo que se le propone para creer es un Misterio, el misterio por excelencia, el misterio de Dios. Y cuanto más se acerca uno al Misterio, cuando más “sabe” del misterio, más claro tiene que es un misterio, o sea, que no está claro y, por tanto, se diría que, en vez de avanzar en claridad, aumenta la oscuridad, porque acercarse al misterio es ser cada vez más consciente de lo poco claro que es.

La inteligencia busca claridad y, al acercarse al misterio, cada luz que encuentra va acompañada de un montón de oscuridades. Por eso, la inteligencia está continuamente haciendo preguntas. Continuamente, sin cansarse de buscar, porque lo que busca la interesa enormemente. La voluntad, que se mueve por la búsqueda del bien, seducida por la promesa de la vida eterna, de la felicidad plena (que es Dios mismo), empuja a la inteligencia a seguir buscando, precisamente porque está sumamente interesada en el objeto de la fe, en aquel en el que cree, en el Dios inefable, soberanamente amable y sumamente amado.

Si la fe es un acto de la inteligencia, uno se sorprende de ver en algunos círculos creyentes tanto desprecio a la inteligencia, tanto miedo a las preguntas, tantas apelaciones a la aceptación ciega, tantas llamadas a lo siempre dicho, tanto conformismo con fórmulas cerradas, por no decir muertas. El buen creyente nunca está conforme con lo que tiene, busca más, quiere más. Y cuanto más encuentra, más desea. Un creyente que se hace preguntas no es alguien que tiene dudas de fe, sino alguien que progresa en su fe.