PROPUESTA DE RETIRO

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21--Javier-Sancho-Julio-septiembre

«EL GRAN BIEN QUE ES PARA UN ALMA NO SALIR DE LA OBEDIENCIA» (F. pról. 1)

(FRANCISCO JAVIER SANCHO FERMÍN). Una de las virtudes que mejor caracterizan a Teresa y el modo de presentarse en sus obras es la obediencia. De hecho, para quien se ha acercado alguna vez a sus escritos, ha podido constatar cómo Teresa afirma que, si escribe, lo hace movida por la obediencia. Prácticamente hasta los tiempos actuales se daba por sentado que fue esa obediencia a sus confesores o superiores lo que motivó el nacimiento de sus obras. Si bien, desde una lectura más crítica de sus obras y del contexto en el que nacen, hoy se puede afirmar que la obediencia no es propiamente el origen de todas sus obras mayores, sino la necesidad de narrar y transmitir un mensaje, un carisma, una experiencia. No podemos olvidar que Teresa escribe en una época en la que difícilmente a una mujer se le hubiese consentido escribir sobre ciertos temas.

Teresa también es conocida por su eclesialidad. Las palabras que dijo antes de morir, “al fin muero hija de la Iglesia”, han sido suficientes para justificar este hecho. Y cierto es que Teresa se sintió y vivió como hija de la Iglesia, a pesar de las muchas dificultades con las que se encontró. Es más, Teresa fue una mujer que valoró intensamente el verdadero sentido eclesial de la obediencia, incluso en situaciones en las que ella estaba convencida de que las mediaciones humanas no siempre coincidían con lo que verdaderamente Dios quería.

El tema de la obediencia no deja, sin embargo, de ser un tema complejo y frente al cual, para tener una justa comprensión, sería muy necesario conocer el trasfondo social, cultural y eclesial de la época en que le tocó vivir. No es este el lugar para detenernos en ello, principalmente porque nos interesa adentrarnos en el sentido existencial que puede tener para nosotros la vivencia y experiencia teresiana de la obediencia.

De sus propias palabras que nos invitan a descubrir “el gran tesoro que está encerrado en esta virtud” (F. prol. 1), podemos entender que en este tema de la obediencia Teresa se tomó las cosas muy en serio. Incluso en los casos es que era consciente de la equivocación de la autoridad eclesial (tanto en su vida interior, como en su obra fundacional), se sometía a ello, sabiendo que es lo que Dios esperaba de ella, y siempre con la confianza de que, antes o después, Dios mudaría el corazón y la opinión de quién ejercía la autoridad de manera equivocada.

Esto no significa que el modo de obedecer de Teresa se deba entender en clave de obediencia ciega; más bien hemos de pensar que su manera de obedecer y de proponer el gran valor de la obediencia a sus hijas, centraba la mirada en la fidelidad y comunión con la voluntad de Dios. Ella vive en una época en la que no era fácil oponerse a los dictámenes de la autoridad jerárquica; pero también tiene la suficiente inteligencia y habilidad para –sin dejar de obedecer– buscar vías que faciliten actuaciones y decisiones más concordes con la voluntad de Dios. Por eso, Teresa misma no deja de aconsejar, especialmente en lo relativo al camino espiritual de la persona, que nunca se ate a una sola persona, a un solo confesor o letrado. Esta actitud demuestra, en el fondo, que la obediencia para Teresa conlleva la responsabilidad personal de no dejar de buscar lo que verdaderamente es la voluntad de Dios. Y para ello nada mejor que buscar personas preparadas y formadas, con criterio suficiente como para saber guiar y acompañar lo más conformemente posible a la voluntad de Dios y al bien de la persona: “Digo que para rendirse un alma del todo a estar sujeta a solo un maestro, que yerra mucho en no procurar que sea tal, si es religioso, pues ha de estar sujeto a su prelado, que por ventura le faltarán todas tres cosas -que no será pequeña cruz- sin que él de su voluntad sujete su entendimiento a quien no le tenga bueno. Al menos esto no lo he yo podido acabar conmigo ni me parece conviene. Pues si es seglar, alabe a Dios que puede escoger a quien ha de estar sujeto, y no pierda esta tan virtuosa libertad; antes esté sin ninguno hasta hallarle, que el Señor se le dará, como vaya fundado todo en humildad y con deseo de acertar. Yo le alabo mucho, y las mujeres y los que no saben letras le habíamos siempre de dar infinitas gracias, porque haya quien con tantos trabajos haya alcanzado la verdad que los ignorantes ignoramos” (V 13, 19).

Vamos a tratar ahora de ahondar y reflexionar en algunos de los contenidos que pueden ayudarnos a vivir en plenitud el consejo evangélico de la obediencia en la perspectiva teresiana.

Vivir conforme a la voluntad de Dios

Teresa tuvo la genialidad en su vida de intuir el gran valor y la gran importancia que tiene la obediencia comprendida en su justa medida. Ella acentúa ciertamente la obediencia formal, presentando incluso algunas actitudes que hoy nos parecen desfasadas y que poco encajan con nuestra mentalidad. No obstante, no son los aspectos formales los que le interesan a Teresa, sino principalmente la disposición de la persona a hacer que la voluntad de Dios se convierta en el verdadero valor absoluto de la propia vida, y de la vida consagrada.

En este sentido, Teresa nos ayuda a dirigir la mirada a la visión evangélica y cristocéntrica de la obediencia. “Mirando a Cristo se os hará todo poco”, es decir, mirando a Aquel que hizo de la obediencia el valor absoluto de su vida: hacer la voluntad del Padre. Por eso ella afirma que la obediencia consiste en “determinarse a poner la propia voluntad en la de Dios” (F. prol.1), y es en esa conformidad que se vive la verdadera perfección y santidad: “¿Ves toda la penitencia que hace? En más tengo tu obediencia”, así escuchó Teresa que le decía al Señor cuando ella suspiraba por ser más penitente (R 23).

Y en esa misma dinámica valora ella las actitudes de vida: todo apunta a privilegiar el deseo y la voluntad de Dios frente a la propia. Un ejemplo característico de esa obediencia es la disposición y prontitud al servicio, que para Teresa ha de prevalecer por encima de los propios gustos: “Cuando yo veo almas muy diligentes a entender la oración que tienen y muy encapotadas cuando están en ella, que parece no se osan bullir ni menear el pensamiento porque no se les vaya un poquito de gusto y devoción que han tenido, háceme ver cuán poco entienden del camino por donde se alcanza la unión, y piensan que allí está todo el negocio. Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a tí; y si fuere menester, lo ayunes, porque ella lo coma, no tanto por ella, como porque sabes que tu Señor quiere aquello. Esta es la verdadera unión con su voluntad, y que si vieres loar mucho a una persona te alegres más mucho que si te loasen a tí. Esto, a la verdad, fácil es, que si hay humildad, antes tendrá pena de verse loar. Mas esta alegría de que se entiendan las virtudes de las hermanas es gran cosa, y cuando viéremos alguna falta en alguna, sentirla como si fuera en nosotras y encubrirla” (5M 3, 11). No es de extrañar que Teresa esté más que convencida de que “no hay camino que más presto lleve a la suma perfección, que el de la obediencia” (F 5, 10).

Para Teresa la lógica es clara, puesto que se trata de vivir conforme a la voluntad de Dios. La siguiente página teresiana nos ayuda a centrar la mirada en esa “voluntad” que siempre y en todo hemos de buscar, más que en los acontecimientos de la vida: “¿Qué pensáis, hijas, que es su voluntad? Que seamos del todo perfectas; que para ser unos con Él y con el Padre, como Su Majestad le pidió, mirad qué nos falta para llegar a esto. Yo os digo que lo estoy escribiendo con harta pena de verme tan lejos, y todo por mi culpa; que no ha menester el Señor hacernos grandes regalos para esto; basta lo que nos ha dado en darnos a su Hijo, que nos enseñase el camino. No penséis que está la cosa en si se muere mi padre o hermano, conformarme tanto con la voluntad de Dios que no lo sienta; y si hay trabajos y enfermedades, sufrirlos con contento. Bueno es, y a las veces consiste en discreción, porque no podemos más, y hacemos de la necesidad virtud. Cuántas cosas de éstas hacían los filósofos, o aunque no sea de éstas, de otras, de tener mucho saber. Acá solas estas dos que nos pide el Señor: amor de Su Majestad y del prójimo, es en lo que hemos de trabajar. Guardándolas con perfección, hacemos su voluntad, y así estaremos unidos con El. Mas ¡qué lejos estamos de hacer, como debemos a tan gran Dios, estas dos cosas, como tengo dicho! Plega a Su Majestad nos dé gracia para que merezcamos llegar a este estado, que en nuestra mano está, si queremos” (5M 3, 7).

Son ejemplos evidentes de cómo el contenido de la obediencia es conformar la vida con Su voluntad y llegar a esa unión de amor con Dios. Al fin y al cabo es el objetivo fundamental de la vida cristiana, del cual emerge la centralidad de la obediencia. De aquí la invitación de Teresa a “estudiar mucho en la prontitud de la obediencia” (3M 2, 12), porque ella realiza el fin de nuestras vidas y es medio para conseguirlo. Se sobreentiende que “la obediencia da fuerzas” (F. prol. 2), es decir, ayuda a la persona a aventurarse a llevar adelante el proyecto de Dios.

Es desde esta perspectiva evangélica que descubrimos el verdadero valor de la obediencia teresiana. No se trata tanto de obedecer a una persona o institución, cuanto de ejercitarse en el cumplimento de la voluntad de Dios: “en estar nuestra voluntad tan conforme con la de Dios” (F. 5, 10). Unir nuestra voluntad a Él: en eso consiste la perfección del amor y de la unión mística o contemplación (cf. C 32, 9). Y este proyecto de vida es el que da valor a las mediaciones humanas.

En su comentario sobre la oración del Padrenuestro, al llegar a las palabras “hágase tu voluntad” Teresa concluye: “¡Oh hermanas mías, qué fuerza tiene este don! No puede menos, si va con la determinación que ha de ir, de traer al Todopoderoso a ser uno con nuestra bajeza y transformarnos en sí y hacer una unión del Criador con la criatura. Mirad si quedaréis bien pagadas y si tenéis buen Maestro, que, como sabe por dónde ha de ganar la voluntad de su Padre, enséñanos a cómo y con qué le hemos de servir” (C 32, 11).

Estos textos nos ayudan a intuir que Teresa supo muy bien descifrar lo verdaderamente importante en relación con la obediencia. Y ello queda plasmado en su “determinada determinación”, que aspira a hacer vida el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Siguiendo a Cristo

Cristo es siempre la referencia obligada en la vida del consagrado. Y Teresa nos invita a no perder nunca de vista que la máxima expresión de la obediencia de Cristo al Padre, su “fiat”, pone en evidencia el gran amor que Él y el Padre nos tienen. Y así la santa abulense no deja de mostrarnos esa actitud, como ejemplo y fuerza para que tratemos de imitar en algo al Hijo de Dios: “¡Oh, válgame Dios, qué gran amor del Hijo, y qué gran amor del Padre! Aun no me espanto tanto del buen Jesús, porque como había ya dicho «fiat voluntas tua», habíalo de cumplir como quien es ¡Sí, que no es como nosotros! Pues como sabe la cumple con amarnos como a Sí, así andaba a buscar cómo cumplir con mayor cumplimiento, aunque fuese a su costa, este mandamiento” (C 33, 3).

Si algo define en su conjunto la vida de Cristo, es el contenido de la misma: hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34; 5, 19; 5, 30; 6,38; 8, 29). En él no descubrimos otro anhelo, sino el de que se haga actualidad la salvación universal, la presencia del Reino, que es el contenido fundamental de la voluntad de Dios ¿No es éste el gran deseo y anhelo apostólico de Teresa desde los inicios de su reforma? ¿Y no debería ser la idea matriz que preside nuestra vida consagrada?

Incluso en medio del sufrimiento más profundo, del abandono de Dios, sigue siendo la voluntad del Padre el único contenido que Jesús pretende realizar: “que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. “Determinaos, hermanas, –escribe Teresa– que venís a morir por Cristo y no a regalaros por Cristo” (C 10, 5). Solo así la obediencia es auténtica y realiza en la persona el proyecto salvífico de Dios: “Pues quiéroos avisar y acordar qué es su voluntad. No hayáis miedo sea daros riquezas, ni deleites, ni honras, ni todas estas cosas de acá; no os quiere tan poco, y tiene en mucho lo que le dais y quiéreoslo pagar bien, pues os da su reino aún viviendo. ¿Queréis ver cómo se ha con los que de veras le dicen esto? – Preguntadlo a su Hijo glorioso, que se lo dijo cuando la oración del Huerto. Como fue dicho con determinación y de toda voluntad, mirad si la cumplió bien en Él en lo que le dio de trabajos y dolores e injurias y persecuciones; en fin, hasta que se le acabó la vida con muerte de cruz. Pues veis aquí, hijas, a quien más amaba lo que dio; por donde se entiende cuál es su voluntad. Así que éstos son sus dones en este mundo. Da conforme al amor que nos tiene: a los que ama más, da de estos dones más; a los que menos, menos, y conforme al ánimo que ve en cada uno y el amor que tiene a Su Majestad. A quien le amare mucho, verá que puede padecer mucho por Él; al que amare poco, poco. Tengo yo para mí que la medida del poder llevar gran cruz o pequeña es la del amor. Así que, hermanas, si le tenéis, procurad no sean palabras de cumplimiento las que decís a tan gran Señor, sino esforzaos a pasar lo que Su Majestad quisiere. Porque si de otra manera dais la voluntad, es mostrar la joya e irla a dar y rogar que la tomen, y cuando extienden la mano para tomarla, tornarla Vos a guardar muy bien” (C 32, 6-7). Teresa sabe muy bien que el camino de la obediencia no es fácil, y que las mismas mediaciones de la autoridad, a veces, suponen una verdadera cruz en la vida. Pero ahí encuentra ella el valor de la misma.

En cierto sentido, Teresa intuye cuanto San Pablo ya expresaba en relación al significado profundo de la obediencia de Jesús: la redención de la humanidad: “Como por la desobediencia de uno, muchos fueron hechos pecadores; así también por la obediencia de uno, muchos serán justificados” (Rom 5, 19). Esta comprensión le da a la obediencia en sí misma un carácter profundamente apostólico.

La voluntad de Dios es tan esencial en la predicación de Jesús, que Él considerará como su familia auténtica a aquellos que estén dispuestos a aceptar y cumplir esta voluntad del Padre (Mt 12, 47-50; Mc 3, 33-35; Lc 7, 36-37), pues solo éstos serán dignos herederos del Reino de los cielos (Mt 7, 21-23; Lc 6, 46). En este sentido Teresa buscó forjar este espíritu en sus comunidades, en las que todos sus miembros han de estar determinados a vivir con este único objetivo.

Obedecer a Cristo, obedecer y escuchar su Palabra, es adentrarse por el único camino que conduce a la verdad y a la libertad: “Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8, 31-32). Y Teresa también nos invita a “fiar de las palabras del Señor que dice: A quien a vosotros oye, a mi me oye, y descuidar de su voluntad. Tiene el Señor en tanto este rendimiento (y con razón, porque es hacerle señor del libre albedrío que nos ha dado), que ejercitándonos en esto, una vez deshaciéndonos, otra vez con mil batallas, pareciéndonos desatino lo que se juzga en nuestra causa, venimos a conformarnos con lo que nos mandan, con este ejercicio penoso; mas con pena o sin ella, en fin, lo hacemos, y el Señor ayuda tanto de su parte, que por la misma causa que sujetamos nuestra voluntad y razón por Él, nos hace señores de ella. Entonces, siendo señores de nosotros mismos, nos podemos con perfección emplear en Dios, dándole la voluntad limpia para que la junte con la suya, pidiéndole que venga fuego del cielo de amor suyo que abrase este sacrificio, quitando todo lo que le puede descontentar; pues ya no ha quedado por nosotros, que, aunque con hartos trabajos, le hemos puesto sobre el altar, que, en cuanto ha sido en nosotros, no toca en la tierra” (F 5, 12). Obediencia, pues, que tiene mucho que ver con la conquista de una auténtica libertad espiritual.

Incluso el tema de la relación entre autoridad y obediencia parecen encontrar en Teresa una respuesta profundamente cristocéntrica. Para Jesús la verdadera autoridad se entiende en clave de servicio, en clave de amor. En esta dinámica la obediencia encontraría un sentido mucho más acorde con la mentalidad evangélica, donde el que quiera ser el primero está invitado a ser servidor de todos. A sus prioras Teresa les recomienda: “Mirar como se hacen todos los oficios y también que se provean las necesidades, así en lo espiritual como en lo temporal, con el amor de madre. Procure ser amada para ser obedecida” (Const XI, 1), y que nunca pierdan de vista cuál es su misión: “las preladas han de mirar que no las ponen allí para que escojan el camino a su gusto, sino para que lleven a las súbditas por el camino de la Regla y Constitución” (F 18, 6).

Obediencia y plenitud humana

“Esta casa es un cielo, si le puede haber en la tierra, para quién se contenta solo de contentar a Dios y no hace caso de contentos suyo…” (V 13, 7). Esta cita de Teresa considero que pone en evidencia el sentido humanizador de la obediencia.

La obediencia a Dios, o la obediencia en sentido teologal, es muy distinta a la obediencia humana, que en cierto sentido esclaviza. La obediencia a Dios, cuanto más perfecta es, más libera al hombre de toda esclavitud, y mejor realiza su felicidad.

La vocación más excelsa que ha recibido toda la humanidad es la de ser imagen de Dios: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creo” (Gn 1, 17). Contemplamos en esta afirmación la vocación esencial-existencial del hombre, su ser imagen de Dios. Ahí radica no solo su dignidad, sino su capacidad de entrar en diálogo con Dios, de ser parte activa de Su Proyecto. Y en este aspecto centra la mirada Teresa cuando nos presenta el gran proyecto de realización del hombre, decidido a llevar a cabo sobre él el gran don de Dios. Para Teresa el ser imagen define “la gran dignidad y hermosura del alma” (1M 1, 1). Reconocer, rescatar y realizar su ser imagen significa acoger en la propia vida la voluntad de Dios, adentrarse por el camino de la obediencia.

Sin duda, hablar de imagen de Dios en el hombre, es hablar de voluntad de Dios en el hombre. Ello ofrece además, la convicción de que la voluntad divina no es algo extraño al ser de la persona, o algo que haya que buscar fuera de uno mismo. Y desde aquí nos plantea Teresa la obediencia, también, como un camino necesariamente espiritual, orientado al descubrimiento del propio castillo interior. El intento por reconquistar la imagen original que Dios ha plasmado en el hombre, es dejar que se haga efectiva en cada uno lo que la “voluntad de Dios” ha querido que el hombre fuese. Por eso, para Teresa de Jesús, el camino de la obediencia necesita de una auténtica vida interior de oración, donde la persona, además de encontrarse con el mismo Dios va descubriendo su imagen original. Es el camino único para conquistar el propio ser, para humanizarse en plenitud, y es el camino para alcanzar la comunión perfecta con Dios. El hombre obediente es, por eso mismo, el hombre perfecto y libre.

En el proyecto teresiano de crecimiento humano y espiritual juega un papel central esta dimensión. En el libro de “Las Moradas del Castillo Interior” nos lleva a través del descubrimiento de “un castillo todo de diamante… en cuyo centro habita Dios”(1 M 1, 1), a colaborar en la realización del fin para el cual Dios nos ha creado: unirnos con Él, entrar en comunión con su voluntad. La imagen teresiana del castillo y de su descubrimiento concuerda perfectamente con la visión de una obediencia-humildad que quiere favorecer en la persona la realización del proyecto de Dios: ser santo. De aquí que el ejercicio auténtico de la obediencia conlleva en el hombre una apertura constante al encuentro con Dios, cuya voluntad ha de constituirse –al igual que en Cristo– en el contenido central de la vida.

Obediencia y santidad

En esta dinámica teresiana se entiende que la obediencia no es solo cosa de la “autoridad”; es algo que atañe directamente a la responsabilidad de la persona, y que tiene mucho que ver con el crecimiento en la libertad espiritual y la realización del individuo. Por eso es fundamental que la persona se empeñe seriamente en buscar cuál es esa voluntad de Dios. Y nadie puede suplirle en esa tarea. El que quiera crecer como cristiano, como persona, como religioso, ha de imitar realmente a Cristo: hacer de la voluntad de Dios el contenido y el proyecto de su vida. “Porque si quiere imitar al Señor, ¿en qué mejor puede que en esto? Que aquí no son menester fuerzas corporales ni ayuda de nadie, sino de Dios” (C 15, 2).

Antes se afirmaba que la voluntad de Dios se identifica con la “imagen” que él ha plasmado en la persona. Ciertamente no la podrá descubrir sin la ayuda de la gracia. Pero es desde su libertad personal que la persona ha de buscarse, porque solo desde la comprensión de su ser, “de su verdad”, puede llevar a la práctica lo que la voluntad de Dios es para él. Solo desde esta dinámica es posible una asimilación activa de cuanto es la voluntad de Dios para el individuo. Y solo desde aquí se puede comprender lo que significa obedecer a Dios y a Cristo: no es algo ajeno a nosotros lo que Dios nos pide, sino la plenitud de nuestro ser, nuestra salvación. (cf. La invitación de Teresa a conocerse, a saber de las riquezas que nos habitan 1M 1, 2).

Si algo sabemos con seguridad sobre lo que implica la voluntad de Dios, es la realidad de la redención: que todos los hombres se salven. Participar en ella, es adentrarse por el camino de la obediencia a Dios. Y el camino, todos lo sabemos, es el de la oración. Se subraya así la importancia del ser contemplativos; de ser dóciles, al mismo tiempo, a cuanto el Espíritu Santo va suscitando. Se es auténtico signo del Reino, no en virtud de lo que se hace, sino en virtud de lo que se representa: el hombre original y escatológico, capaz de vivir el gozo de cumplir en cada instante la voluntad de Dios, como algo que lo realiza y no lo esclaviza.

Para Teresa de Jesús la vida consagrada, a través del voto de obediencia, podrá manifestar al mundo que Dios es grande, que Dios ama a cada uno de un modo particular, y que Dios lo único que quiere, en definitiva, es la salvación y la felicidad del hombre. Y que este camino lo podemos realizar en la medida en que nos dejemos guiar por Aquel que sabe, qué es lo que nos conviene.