PENTECOSTÉS

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Y el Amor nos abrió el camino

A todos vosotros, amados del Señor: Paz y Bien.

Aquel día la tierra se estremeció. Los hombres habían ajusticiado a Dios. Fue un viernes de tramas ocultas, testigos falsos, sangre verdadera, burlas, sarcasmo, desnudez, vergüenza, frustración, muerte. Nadie diría que en aquella hora de tinieblas el mundo estaba viviendo un tiempo de gracia; nadie diría que el mal estaba siendo derrotado, que los sepulcros se estaban abriendo, y que, a quien quisiera recibirlo, se le estaba ofreciendo el Espíritu Santo de Dios. Nadie diría que aquél era ya el día de Pentecostés; pero el evangelista Juan así lo vio y de ello dejó testimonio: “Y reclinando la cabeza, (Jesús) entregó el espíritu” .
En aquel viernes santo los discípulos no saben aún que la fuente del Espíritu ha sido ya glorificada, y que el agua ya salta hasta la vida eterna. Sólo más tarde recordarán las palabras que Jesús había dicho el último día en una fiesta de las chozas: “Quien tenga sed, que se acerque a mí; quien cree en mí, que beba. Como dice la Escritura: «De su entraña manarán ríos de agua viva». Decía esto refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Aún no había Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado” .
A ellos, en herencia, el viernes de pasión les ha dejado muerta la esperanza y vivo el miedo. Y allí estaban, encerrados en su miedo, el día en que la Fuente se les reveló glorificada y abierta: “Jesús se puso en medio y les dijo: _Paz a vosotros… Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: _Recibid el Espíritu Santo” . Entonces recibieron lo que en la cruz ya se había entregado. Y aquel día fue para ellos Pascua y Pentecostés, experiencia dichosa de un éxodo nuevo y último desde el miedo a la paz, desde el luto a la fiesta, porque Jesús “se puso en medio” de ellos, la Fuente del Espíritu estaba abierta, la esperanza era cierta, y la alegría se había hecho huésped permanente de la casa.

Dios, solidario con nosotros:
Necesito hablaros de la cruz de Jesús, la cual, permaneciendo misterio insondable para el humano conocimiento, es luz necesaria con la que han de alumbrarse los discípulos de la divina sabiduría.
A la cruz nadie puede acercarse si no es con la palabra de Dios escuchada y creída. La palabra pone ante nuestros ojos a un Hijo de Dios, solidario por amor con nosotros, manchado, contaminado, impuro, inmundo y maldito.
El apóstol lo dijo así: “A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” .
Y la liturgia le hace eco: “Dios, por el gran amor con que nos amó, envió a su Hijo en una condición pecadora como la nuestra” .
El Señor, aquel “cuya belleza admiran sin cesar todos los bienaventurados ejércitos celestiales, cuyo amor enamora, cuya contemplación reanima, cuya benignidad llena, cuya suavidad colma, cuyo recuerdo ilumina suavemente” , aquel a quien tú amas y deseas abrazar, el Siervo obediente, el cordero inocente, la santidad encarnada, es el mismo que han de evitar cuantos lo rodean, si no quieren quedar impuros como él, pues a Jesús lo hacen impuro las personas que por amor ha venido a curar:
“La suegra de Simón estaba en cama con fiebre… Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y les estuvo sirviendo” .
“Se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas: _Si quieres, puedes limpiarme. Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: _Quiero, queda limpio” .
“Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años… Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás entre la gente, le tocó el manto, diciéndose: _Con que le toque aunque sea la ropa, me curo. Inmediatamente se le secó la fuente de sus hemorragias” .
He dicho que “a Jesús lo hacen impuro las personas que ha venido a curar”; habré de decir que a Jesús lo hago impuro yo, pues soy yo el pecador, soy yo el enfermo, soy yo el que ha de ser levantado y curado por el amor de Dios.
La actividad salvadora del Mesías Jesús es presentada en los evangelios como participación en la debilidad de aquellos a quienes viene a salvar, como comunión con aquellos a quienes es enviado, como solidaridad del inocente con los culpables. Jesús no es un mago que asombra con sus artes, sino el siervo del Señor que carga con nuestras debilidades. Para levantarte de tu fiebre, él habrá de ser recostado en una cruz; para limpiarte de tu lepra, a él lo verás “como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado” ; para curar el flujo de tu sangre, toda la suya se verterá por fuentes innumerables.
En verdad, no nos ha salvado la magia, sino el amor, por el que Dios se ha hecho carne de nuestra carne, uno con nosotros: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” .
Si no aciertas a ver en Cristo crucificado este misterio de comunión, contémplalo en la eucaristía que es su sacramento: Cristo en nosotros, nosotros en él. Cuando tú le recibes, cuando él te recibe, puedes con verdad decir suya tu pobreza y tuya su riqueza, suya tu oscuridad y tuya su luz, suya tu muerte y tuya su vida. La fe te ha unido a él. Su amor le ha unido a ti. Vienen a la memoria de la fe las palabras del apóstol: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. Es éste un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia” . La solidaridad de Dios con nosotros se llama comunión.

Dios, pobre por nosotros:
Hay una pobreza que el Hijo de Dios hizo suya al hacerse hombre. Los santos lo han sido porque la han imitado. Pero no es esa pobreza la que ahora deseo que contemples, sino la que se te revela íntima a Dios mismo.
Ya sé que Dios es la plenitud del ser; ya sé que todo es suyo y nada puedo pensar que no le pertenezca: “No aceptaré un novillo de tu casa ni un macho cabrío de tu rebaño, pues todas las fieras agrestes son mías, y hay miles de bestias en mis montes; conozco todos los pájaros del cielo, tengo a mano todas las alimañas. Si tuviera hambre, no te lo diría, pues el orbe y lo que encierra es mío” .
Sin embargo, algo me dice que a Dios, el amor que sólo él es, lo ha limitado y lo ha empobrecido. Algo me dice que el que nos ama, porque nos ama, tiene sed de nosotros, y sale a buscarnos, y se alegrará con alegría de sed apagada si nos dejamos encontrar por él. Es decir, que el amor ha hecho a Dios mendigo de tu vida y de la mía.
Servicio y súplica definen la relación de Jesús con nosotros, pues son expresión necesaria de ese amor que hace pobre a Dios. Servicio: “Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las oprimen. No será así entre vosotros; al contrario, el que quiera subir, sea servidor vuestro, y el que quiera ser primero, sea esclavo vuestro. Igual que el Hijo del Hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar la vida en rescate por todos” . Súplica: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde: encontraréis vuestro descanso, pues mi yugo es llevadero y mi carga ligera” .
Servicio y súplica definen también la relación de Jesús con el Padre del cielo, pues son expresión necesaria de la obediencia del Hijo, de su amor filial: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó, obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz” . “Él, en los días de su vida mortal, ofreció oraciones y súplicas, a gritos y con lágrimas, al que podía salvarlo de la muerte; Y Dios lo escuchó” .

Un asombroso intercambio:
La liturgia lo expresó así: “¡Qué admirable intercambio! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad” . Las palabras de la oración dejan sorpresa de regalo en el alma, gozo de victoria, dulzura de fiesta, porque Dios se revela Dios-con-nosotros y nosotros nos reconocemos hombres-en-Dios. Éste es en verdad un admirable intercambio: Dios hecho hombre y el hombre entrando con asombro de niño en el ser mismo de Dios.
El evangelista nos acercó al misterio de ese intercambio con palabras que dejan en el corazón sabor de evangelio: “De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia” . La plenitud de vida y de luz, que es el Verbo de Dios, ha venido a nuestra pequeñez, para que de él recibamos lo que él es.
En la escuela del apóstol nos dirán: “Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, para que recibiéramos el ser hijos por adopción” . Al que era “nacido de Dios”, lo conocimos “nacido de mujer”, para que nosotros, “nacidos de mujer”, pudiésemos ser por la fe “nacidos de Dios”. En este intercambio, Dios pierde porque tú ganes, Dios se hace pobre por enriquecerte, Dios se humilla hasta la muerte para llevarte de la muerte a la vida.
Si preguntas por la razón de esta locura, no hallarás más razón que el amor: “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” .
Y será esa locura la que te permita saber de amor, y te dé la medida del amor que es razón de tal locura: “Hemos comprendido lo que es el amor porque aquél se desprendió de su vida por nosotros” . “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para tenga vida eterna y no perezca ninguno de los que creen en él” .
Te estoy hablando del cielo, Iglesia amada de Dios, del cielo que se ha inclinado hasta ti, del amor que hizo a Dios tuyo, Dios contigo, Dios en ti. Él mismo lo dijo cuando se cruzó en el camino de tu perseguidor: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Él mismo te lo reveló cuando dijo: “Tuve hambre y me disteis de comer… Tuve hambre y no me disteis de comer… Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo… Cada vez que dejasteis de hacerlo con uno de esos más humildes, dejasteis de hacerlo conmigo…” .
Te estoy hablando del cielo, Iglesia amadísima, pero tú intuyes que, al mismo tiempo, te estoy hablando de infierno, del abismo al que tu Dios ha bajado por ti. No temas y acércate a la oscuridad de esa noche, de tu noche, pues la hizo suya el que te amó, y sólo conocerás lo que significa ser amada, si disciernes lo que significa para el Hijo de Dios “descender a los infiernos”.
También esto es parte del “admirable comercio”, del asombroso intercambio entre Dios y nosotros. No podemos ignorar que a esta alianza de bodas, Dios llevó como dote su cielo, y nosotros nuestro infierno.
Nadie queda fuera del amor de Dios, como nadie fue hallado fuera del infierno del hombre. ¡Nadie!
Ya sólo puedo entregarte la palabra ‘infierno’ para que cada uno de tus hijos, a la luz de la fe y desde la propia experiencia, le vaya dando nombre al mal que lo hace oscuro y aterrador.
He dicho ‘el infierno’; he dicho ‘el mal’; pero nunca los hallaré fuera de mí, fuera de ti. Sólo podía hallarlos, eso pensaba, fuera de Dios. Ahora mi infierno y el tuyo, tu mal y el mío, ya lo son también de nuestro Dios, pues él los hizo suyos porque nos amaba.

Un camino abierto para una humanidad nueva:
Ahora me dirijo a cada uno de vosotros, a cada presbítero, a cada persona consagrada, a cada hermano laico. Una vez revelado el misterio de la Palabra hecha carne, si te ilumina la luz de la fe, tu relación con Dios ha quedado marcada para siempre con el signo del amor.
Conviértete al que te ama: No dejes que el rito, el vestido, la lengua, la ideología, ocupen en tu corazón el lugar de Dios. No pongas tu proyecto o tu pasión, tu ideal político o tu visión del mundo, en el lugar que a tu Señor le corresponde. Sólo el amor de Dios es digno de Dios.
Busca en el evangelio un nombre que te acerque a la verdad de tu relación con Dios. Los hallarás numerosos y significativos.
Uno bien conocido y nunca del todo aprendido por nosotros es el de “pecador”. Recuerda el asombro con que lo pronunció Simón, testigo atónito de una pesca maravillosa: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador” . Recuerda la humildad de ese nombre en la oración del publicano: “¡Dios mío!, ten compasión de este pecador” . Recuerda la firmeza y la ternura que dejan entrever las palabras de Jesús a propósito de enfermos y pecadores: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan” . Recuerda el desprecio con que pronuncia esa palabra el fariseo que, engañado por su orgullo, ni reconoce la presencia de Dios ni puede discernir la obra de su gracia: “Éste, si fuera profeta, sabría quién es y qué clase de mujer la que lo está tocando: una pecadora” .
Escoge tu nombre. Puede ser personal, como Zaqueo el publicano o Bartimeo el ciego. Puede ser común, como leproso, ciego, sordo, mudo, paralítico; tal vez como recaudador y ladrón; tal vez como prostituta o adúltera.
Escoge tu nombre, comunidad eclesial, y conviértete al que te ama. Pues si eras por nacimiento pecadora, ahora puedes llamarte también amada, redimida, santificada. Para tu Dios eres comunidad “desposada”, “su predilecta”.
Conviértete al que te ama, pues eres su cuerpo y se te ha dado su Espíritu y has recibido su misión. Conviértete al que te ama, pues tu vocación ya es para siempre el amor.
Conviértete a los que Dios ama: Que nadie quede fuera de tu amor, como nadie ha quedado nunca fuera del amor de Dios.
Hazte solidaria, Iglesia cuerpo de Cristo, con los pequeños de la tierra, con los débiles, con las víctimas, con los esclavos del mal, hasta que puedas decir tuya su pobreza, tuya su oscuridad, tuyo su mal, tuya su muerte. La encarnación del Hijo de Dios los ha unido a ti para siempre. El amor de Dios te ha unido para siempre a ellos.
Hazte pobre por los pobres que Dios ama. Ese amor que ha empobrecido a Dios, te haga sentir la misma pobreza, la misma sed de ver hallados a los hijos perdidos, de ver resucitados a los hermanos muertos. Hazte mendiga de alejados y pecadores
No temas practicar el ruinoso intercambio de perder la vida para que otros vivan, de ofrecer lo que tienes: palabra y pan; fe, esperanza y amor; reconciliación y paz.
Deja que el amor te haga de los pobres, hasta que sientas sus heridas como tuyas, y puedas decir en su nombre: ¿por qué me humillas?, ¿por qué me oprimes?, “¿por qué me persigues?”
Que los pobres conozcan el amor que les tenemos, porque bajamos con ellos a su sufrimiento. Nadie quede fuera del amor de la Iglesia, como nadie queda fuera de la pobreza del hombre. ¡Nadie!
Feliz día de Pentecostés, Iglesia amada de Cristo. Feliz camino con Cristo para llevar la buena noticia a los pobres.