NÚMERO DE VR, OCTUBRE 2019

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¿CRISIS DE QUIÉN?

El asunto me sorprendió cuando varias personas, de esas que habitualmente piensan su vida desde la comunión y ante Dios, también por diversas vías, me explicaron que habían propuesto hacer algunas cosas de manera distinta y les habían diagnosticado que tenían «crisis con la autoridad». Debo reconocer que me hizo gracia, porque el diagnóstico se presenta un tanto pomposo frente a pequeños cambios organizativos. Y es que no deja de ser sorprendente que la diversidad y el cambio de impresiones se pueda zanjar con un «halo mistérico» denominado crisis con la autoridad. Y más sorprendente aún que existan personas, consagrados y consagradas, que se crean en posesión de la autoridad verdadera. Aquella que está ungida de la recta intención, liberada de la acepción de personas y con la visión suficiente para proporcionar a cada uno de sus hermanos o hermanas el mejor camino para crecer en el seguimiento de Jesús. Por el contrario, la historia y las páginas más auténticas de la entrega a los demás nos dicen que quienes mejor desempeñan esta misión (autoridad) lo hacen de rodillas, sin mirar «por encima del hombro», pidiendo perdón y dando gracias, a diario, por las hermanas y hermanos que el Señor de la mies les regaló.

Jugando con las dos caras de la crisis: «con» la autoridad y «de» autoridad, hasta me atrevería a decir que es bueno y saludable que un tipo determinado de autoridad esté en crisis. No es ni más ni menos que la convulsión de un cambio de época. Un estilo de autoridad que viva urgida por el inmediatismo y los estilos que imprimimos los adultos cuando evitamos el diálogo sincero con la vida, merece la pena que entre en crisis y hasta desaparezca. Que haya consagrados y consagradas que cuestionen la rigidez y la híper organización frente a la sorpresa de la misión, es saludable y signo de que una comunidad está viva. Que haya personas que entiendan que la salud de la vida consagrada y sus comunidades pasa por ser lugares donde no pasa nada, se recite lo mismo y de la misma manera, no se cambie ni un horario, ni una coma; lugares donde molestan las visitas, los ruidos y la vida… necesitan, efectivamente, una crisis de autoridad, para descubrir, de nuevo, si fuese posible, la autoridad de Jesús que no es otra que el amor.

Está en crisis un estilo de autoridad, y debe estarlo. Vivimos una crisis de discernimiento y tiene mucho que ver con lo que afirmo. La vida consagrada está llamada a superar un «bucle de consumo» que es regodearse en un lamento de extinción. Para salir de ello no bastan las palabras. Es imprescindible el pensamiento, el discernimiento recreado en la fe. No encontrará su sitio en este siglo aquella vida consagrada que consciente o inconscientemente espere muchas normas; ni aquella que busca decisiones tajantes; la que representan quienes relatan a otros los incumplimientos de sus hermanos o quienes, por envidia, sospechan de quien se siente libre. Este «argumentario» solo sirve a quienes poco a poco se mueren envenenándose con la murmuración. Viven insatisfechos o insatisfechas y no hace falta que les llegue la muerte porque ya la experimentan en vida y la propagan.

Vivimos un tiempo propicio para entender la autoridad como responsabilidad y como camino de crecimiento en la «libre-obligación» de construir la casa común. Este es el movimiento que abre la vida consagrada hacia la comunidad más limpia de discípulos y discípulas. Necesitamos, urgentemente, volver a personalizar que estamos aquí porque un día, por pura gracia, decidimos regalar la vida por algo grande que emociona de veras y no por itinerarios «noria» que reiteran y cansan. Necesitamos volver a la obediencia sincera de la fraternidad donde cada consagrado está en su casa, su sitio, su hogar y por eso se sabe reconocido y querido, dice lo que piensa y piensa lo que dice; participa y hace posible, con su entrega, que resplandezca la autoridad de Jesús. Aquella que le es imprescindible a la vida consagrada.

Mucho me temo que la gran tarea de nuestro tiempo no está en decisiones con «barniz contemporáneo», sino en la conversión de hermanos y hermanas que entiendan su vida y misión como algo tan poco mediático como aprender a disminuir para que la comunidad brille.