NÚMERO DE MARZO DE VR

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Sueña quien se arriesga a la novedad

Quienes somos consagrados tenemos capacidad para soñar.  Es un sueño donde hay lugar para todos. Hay mesa compartida en la que se celebra la alegría de lo espontáneo y  lo diferente. Soñamos con oportunidades reales para que cada persona busque y encuentre. Soñamos espacios donde los jóvenes puedan ser jóvenes y así celebrar ruidosamente el estreno de la vida sin costumbres ni ataduras; pero también soñamos que estos jóvenes descubran a su lado  ancianos felices porque cada día es una suma de esperanza y lo que está por venir, lo estiman como sorpresa de Dios. Soñamos los religiosos con una sociedad laica, profundamente ocupada, y con ocupación para todos. Una sociedad que se sabe en el corazón de Dios, pero le cuesta entender sus caminos. No soñamos los religiosos con un mundo convertido en «coro», porque el mundo es diversidad, libertad, búsqueda… sino que el sueño, nos lleva a creer que, entre los secretos mejor guardados en el corazón de la persona del siglo XXI, está el mismo Dios.

Los religiosos soñamos.  Y ese sueño mantiene viva la esperanza, la poesía, la pasión y la misión. Pero tenemos un problema y es lo mucho que sabemos de cómo se «soñaba» antes. Nos encontramos ahora en un espacio nuevo, también para los sueños. Es un espacio más abierto, menos seguro, aunque no más hostil. Es un espacio en el cual los sueños tienen «mucho trabajo», porque expresan «cielos y tierra» nuevos para crear lo no existente. Son sueños donde hay que empezar por los primeros indicadores de fraternidad y misión. Donde dar por supuesto, siempre es un fracaso. El sueño de la vida consagrada nos lleva hacia lugares no conquistados. Nos pide el riesgo de lo inédito, la utopía del carisma empezando. Nos pide una sencillez que tras años de seguridad nos parece imposible.

Contar a este mundo nuestros sueños no significa confundirnos en medio de la marejada de mensajes que pululan y chocan. El sueño de los religiosos necesita cuidarse. Una auténtica «cura de sueño» que consiste en volver a espacios no contaminados, a la vida de discipulado. Para poder contar nuestros sueños, hemos de volver pacientemente al descubrimiento de una felicidad «pre-activa», que abra y ensanche la emoción de ser consagrados, compartiéndola con quienes nos han sido regalados en comunión. Aquellos que se emocionan con la propia llamada pueden llenar de emoción el entorno. Serán libres de hacer y proponer; se atreverán a dejar estilos y obras de misión gastadas; acogerán la responsabilidad, –el liderazgo–  sin el germen de la posesión o la tiranía. Disfrutarán la experiencia horizontal de la relación; se olvidarán de las clasificaciones y desprecios; comenzarán a ver más allá de la producción y la rentabilidad. Se atreverán a soñar porque ya no recuerdan el descarte, ni ofrecido ni recibido. Además reconocerán, sin miedo, que son felices, porque seguir a Jesús llena sus vidas y sus sueños. La vida consagrada tendrá visiones y sueños. Se desocupará de una buena parte de gestiones que la asfixian, también de muchas propiedades que que debemos a quienes no tienen posada. Perderá el miedo a llamarse profética, porque no necesita justificarse por lo que hace o dice; ni por lo que hizo o dijo. Será una vida consagrada muy humana. Porque solo los humanos sueñan y solo los humanos tienen capacidad para perdonar y recibir perdón.

Soñamos y seguiremos soñando en hacer esta convicción viral, para que sea de todos… ¡Que a todos llegue y todos lo celebren!

El cambio de la vida consagrada es real. No solo hay teorías, reuniones, iniciativas y principios. También hay sueños y éstos están sembrando esperanza y transformando el rostro de la tierra. Pero como ocurre con los sueños, muchos se quedan en lo íntimo de cada uno. En lo más personal. Es momento de contagiar  y escuchar, porque los consagrados tenemos sueños con vida y  «palabra con autoridad» para regalarlos.