NUEVO NÚMERO MONOGRÁFICO DE VR

0
652

De la respuesta en simetría a la respuesta del Reino

Una de las convicciones más importantes de la vida consagrada de nuestro tiempo es la necesidad de reconocerse en comunión dentro del santo pueblo fiel. Su razón de ser es la significación de un estilo de seguimiento que, por claro, expresa nítidamente una pertenencia total, íntegra e integral a Dios. Así, las razones profundas que mueven el actuar y el ser de los consagrados sobrepasan la lógica habitual de las relaciones humanas porque no se conforman con una respuesta en simetría, sino que apuntan a una respuesta de Reino. Quizá en esta cuestión, siempre fronteriza y delicada, encontramos esa esencialidad tan necesaria para nuestro tiempo. Encarnar el estilo de vida del Señor Jesús para nuestra historia, en convivencia con nuestros contemporáneos exige un plus de ejemplaridad y transparencia que, sin hacer mejores a los consagrados, los posibilita para ser diferentes, sencillamente porque la llamada es distinta.

Ejemplaridad y diferencia, entonces, no se sitúan en clave de gradación, sino en clave de especificidad. Hay un testimonio que es imprescindible para recordar al mundo su búsqueda de Dios y hay una ejemplaridad que incita a esa tensión de espera y ofrece al ser humano un paradigma de posibilidad y cercanía con los valores del Reino.

La ejemplaridad y el liderazgo de los valores del Reino 

Es indudable que la búsqueda de la ejemplaridad se enraíza en la más íntima y fiable búsqueda de la bondad. La ejemplaridad es, en sí, un liderazgo espiritual imprescindible para todos los discípulos y, en particular, para los consagrados. Sostiene el testimonio y es fuente de impulso de verdad. Se convierte así en el mecanismo saludable de la construcción de la comunidad y donde los principios nunca se apoyan en la supremacía, sino en la donación, la gratuidad y el amor. La ejemplaridad es el dinamismo de Reino que libera la posibilidad de transformación, de manera que el Reino no solo se vive como algo deseable, sino posible, porque la ejemplaridad no se aleja de las posibilidades de la humanidad en cuanto buscadora de Dios. Por eso algunos, pocos, como es el caso de los consagrados lo convierten en máxima de vida, realización personal y verdad que sostiene el sentido de la existencia.

Un mundo, como el actual, sediento de seguridad y respuestas, encuentra en la ejemplaridad de la debilidad de quien busca valores que no pasan, una propuesta, sin duda, desconcertante, impensada, no contaminada y, por tanto, nueva. Esa ejemplaridad es un impulso notable de verdad. De manera que la persona y las familias consagradas que abiertamente se preguntan por ella, se asoman a posibilidades iné-ditas de futuro y porvenir.

Quizá nos hemos impuesto muchos paradigmas de crecimiento y mejora que sin ser negativos, sí están condicionados por los valores de posibilidad y éxito circundantes. Hemos identificado, con demasiada frecuencia, éxito con Reino y con verdad. Lo cual siempre es peligroso y confuso. La ejemplaridad, sin embargo, nos habla de otros valores, de otra forma de ver y leer las relaciones. Otra escala de vida y otra forma de situarse dentro de la escala relacional que supone la existencia con otros. Por eso, se deduce que la opción por la ejemplaridad, se ha de buscar desde el discernimiento constante y actual de cómo sería la respuesta y actitud del Señor Jesús en el momento presente. ¿Cómo sería la propuesta de Reino para nuestro tiempo y cuáles serían las relaciones y actitudes que, en este presente, favorecería Aquel que pasó por la vida haciendo el bien?

La vida consagrada no puede renunciar a ofrecer un liderazgo evangélico en nuestro mundo. Es su razón de ser. Sus respuestas ya no serán aquellas comedidas y esperadas de quienes han desarrollado una responsabilidad reconocida y valorada, antes bien, serán las respuestas de quienes sobrepasan los límites de lo correcto o esperado o calculado. Serán respuestas desconcertantes, no previstas, innovadoras y alternativas. El liderazgo de la vida consagrada no se cansará en garantizar sus obras, sino en garantizar que el «recuerdo» del Reino sea posible, real, cercano y para todos. Por eso es un liderazgo que impulsa hacia los márgenes donde las garantías humanas han desaparecido o nunca han estado. Paradójicamente, el poder de transformación de la ejemplaridad necesita lo extraordinario y aparentemente imposible, para realizar su poder de significación. Por eso la ejemplaridad exige un «plano de realización» que no esté previsto, ni programado ni asegurado conforme a los cánones de efectividad de nuestros contextos.

Transparentar el Reino, esa es la cuestión

La propuesta no gastada del Reino de Dios impulsa la manifestación del bien, la bondad y la belleza en la búsqueda de Dios. Siempre presente en el corazón de la humanidad desde la Palabra creadora de Dios, se realiza de manera admirable en la Encarnación del Hijo que es salvación para todas las generaciones. La esencialidad del corazón de Dios, se hace transparente, como posibilidad y tensión para todas las personas y todas las búsquedas del bien. Así los consagrados integran como valor existencial la transparencia de Aquel por quien han hecho un cambio sustancial en el sentido de la propia vida.  Se transparenta Reino, cuando se vive desde los valores del Reino y, éstos, se significan de manera particular en la conversión de la propia vida como un todo de Dios. Así la intimidad queda transformada en una experiencia espiritual de primera magnitud porque es un diálogo constante con quien es la fuente de la verdad; la relacionalidad se expresa en un compromiso feliz de fraternidad y cooperación; y la realización personal en el anhelo constante de un mundo en el que las relaciones no sean fruto de pactos, sino de la experiencia incontestable de posibilidad que ofrece el encuentro con el otro como valor en donde Dios se hace presente.

Las congregaciones y órdenes a lo largo de la historia han realizado un imponente ejercicio de discernimiento en la búsqueda de presencias que hagan transparentes estos valores. Se han hecho presentes de manera intrépida y novedosa en parajes donde los valores del Reino estaban ausentes. Así, sin rechazar ninguna presencia, se fue creando una red de presencias que, en conjunto, sostuvo la plural manifestación de Dios haciendo camino con la humanidad. Esa transparencia ha tenido frutos imborrables en el corazón de la humanidad. Infinidad de generaciones, a lo largo de los siglos, han buscado ofrecer esa transparencia de Dios con el apoyo de los valores culturales de cada etapa histórica. En un momento dado se buscó una significación explícita apoyada en la belleza; en otro, en la pobreza, en otro en la solución puntual de problemas acuciantes; en otros momentos se significó una formación que, por profunda, abrió nuevos espacios de encuentro con Dios. Ha sido muy notable la búsqueda de la transparencia en la apertura a nuevas culturas y espacios humanos. En el tiempo presente, se busca una transparencia de los valores del Reino insistiendo en el diálogo con el presente y escucha de la humanidad, buscando la reivindicación de toda persona para superar la inquietante escala de «descarte» que vivimos social y hasta eclesialmente.

Por ello, el criterio de transparencia, lejos de reducirse a una cuestión teórica, se convierte en un principio activo de discernimiento y decisión. Lo urgente no reside en qué va a garantizar la pervivencia de las presencias de vida consagrada, sino cuáles de ellas son, en este momento, transparencia de la presencia de Dios y cuáles pueden estar favoreciendo su opacidad. Un aspecto tan importante que es el corazón de los procesos de reorganización en el que todas las congregaciones, órdenes y sociedades de vida apostólica están inmersas.

Criterios de ejemplaridad y transparencia

Evidentemente, el criterio fuente es la fiel percepción de pertenecer al corazón de Cristo, de manera que toda decisión y búsqueda ha de estar fundamentada en una constante búsqueda de su voluntad. La vida consagrada sostenida en la Palabra y en la constante degustación de su riqueza como fuente de su vivir es capaz de asumir decisiones sorprendentes que en sí son ejemplares y transparentan la presencia de un Dios siempre contemporáneo de la humanidad.

El primer criterio es la búsqueda de una comunidad que en verdad signifique la equidad evangélica de quienes no se buscan, sino que se encuentran en la búsqueda de Dios. La reconciliación de la comunidad en un redescubrimiento de igualdad tiene un calado muy significativo a la hora de purificar y acentuar la ejemplaridad y transparencia evangélica.

Otro aspecto no menor, es asumir la antropología siempre en camino de transformación de la persona consagrada de nuestro tiempo. Es la formación continua un imprescindible itinerario para el sostenimiento y la afirmación de la esencialidad frente a la amenaza del descentramiento, la virtualidad o el consumo.

Convertir la justa reivindicación de justicia de nuestro tiempo en clamor evangélico es otro criterio de ejemplaridad para los consagrados. La búsqueda honesta de verdad por parte de quienes padecen la opresión en nuestro mundo es no solo fuente de inspiración de la vida consagrada, sino su causa evangélica y su razón de ser ya que encarna la salud de Dios para todas las generaciones.

El principio de fidelidad a los orígenes significativamente desarrollado por el Concilio Vaticano II, adquiere en nuestro tiempo una relevancia singular. La purificación de la historia y de las historias añadidas ha ido convirtiendo la respuesta y hasta la expresividad de la vida consagrada en un «todo igual» confuso y, por tanto, sin mordiente para impulsar la necesaria transformación social. Redescubrir la originalidad evangélica de cada don carismático se desvela como un criterio posibilitador de transparencia y vida.

Desde sus orígenes la vida consagrada ha estado asociada a aquella respuesta vocacional que asumía y proponía una creatividad explícita de la frugalidad y libertad ante los medios que discriminan y dividen al pueblo de Dios. El criterio de una búsqueda explícita de una pobreza que signifique Reino es, sin duda alguna, una de las urgencias más claras que la vida consagrada experimenta a la hora de pensarse como una propuesta ejemplar y transparente con porvenir.

Será desde esa libertad alcanzada de la pobreza desde donde la vida consagrada puede llevar a cabo una necesaria purificación de presencias que hoy no significan o no transparentan, nítidamente, una ofrenda original y nueva.

La esencialidad de la vida consagrada consiste en ser rostro claro de la nueva humanidad para ello ofrece una estructura nueva, una sociedad prepolítica sin fractura, capaz de integrar creativamente la realidad plural de la humanidad que es pluricultural e intergeneracional. Por eso, la ejemplaridad y transparencia de nuestra era, se expresa en dos principios concretos: inaugurar una nueva cultura capaz de integrar la riqueza intercultural de sus miembros, y ofrecer una fraternidad verdaderamente intergeneracional en la que las edades se complementen en la riqueza de lo vivido y lo que está por vivir, renunciando de manera explícita al arrinconamiento o aislamiento de la vida consagrada anciana. Tareas de primera magnitud en las que los consagrados nos jugamos la significatividad y vida de nuestras familias en el siglo XXI.