NÚMERO DE MARZO DE VR

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¡Alegraos! Misión posible

Seguimos en ese proceso de acrisolar todo lo que nos dejó el «Año de la Vida Consagrada». Tenemos la convicción de que son pocas cosas y menos palabras las que hay que ofrecer con fuerza renovada. Es un tiempo en el que van tomando cuerpo algunas constataciones. Una de ellas es el valor, en sí, de la belleza. Quizá la tensión de lo urgente o la necesidad de ser prácticos, o la respuesta a lo que va surgiendo, nos ha ido cegando para celebrar la belleza, captarla y comunicarla. En el acompañamiento real –no virtual– de la vida religiosa y sus comunidades, es fácil descubrir que hay una necesidad imperiosa de superar la tensión de la efectividad, conquistar espacios y tiempos de gratuidad, desterrar la competición y restañar la fraternidad… Es volver a la «mirada», a la utopía que revela un Dios que se encarna en lo pequeño y lo hace milagrosamente posible.

Una segunda convicción es devolver el protagonismo a la persona, a cada persona. Tiene poca resonancia el imperativo externo que dice lo que «has de vivir». La solución está en evocar la posibilidad, suscitar el «recuerdo» porque, en quien hoy está en comunidad, hay anhelo de misericordia, conversión y evangelio. Son muy pocas las palabras, menos los proyectos y más necesarios los testimonios que anuncien y den fuerza a cada persona para intentarlo. El camino no es: «tienes que vivir», o «los consagrados de este tiempo y esta congregación vivimos…». Ahora nace el compromiso comunitario que reconoce y acoge tantas palabras y deseos de sinceridad como alberga cada uno de sus miembros. De otro modo, no se da un crecimiento en fidelidad creativa, sino una aparente armonía en la que conviven los grandes principios con las vidas privadas, en paralelo. Sin unión ni confusión.

Habría una tercera convicción. Se refiere al «capítulo» de la misión y nuestras propuestas de sanación con carácter universal. Va hacia los grandes titulares que, por serlo, no acaban de dar calor al misterio pequeño, que se desvela en cada vida. Hace un tiempo, en una soporífera gala en la que se entregaban unos premios de cine, apareció, sin embargo, una expresión de vida. Un auténtico compromiso de misión. Un joven actor, al recibir el galardón como mejor actor revelación, se dirigía al director que lo había rescatado o «salvado». Le dijo a quien había creído en él: «Gracias porque me has dado una vida». Solo eso y nada menos que eso. ¿No será la misión de la vida religiosa dar una vida a quien la historia, o la cultura o la injusticia de la historia y la cultura, se la han negado? ¿No será el tiempo de lo más pequeño y concreto? ¿No estarán los religiosos necesitados de oír –y agradecer– que su vida es resonante y da vida a alguien? ¿No será imprescindible sostener la fecundidad de esta forma de seguimiento en pequeños signos –que son vidas– más que en grandes titulares o foros?

La vida consagrada amanece a una etapa que quiere ser diferente. Lo hemos denominado con una propuesta: «Alegraos». Y además no quisiéramos que fuese una imposición y, mucho menos, porque toca y todo el mundo lo dice. Alegraos, cada uno, porque la belleza, la seguridad de que cada historia de vocación, se está escribiendo en el corazón de Dios. Alegraos, porque cada religioso y religiosa, ha regalado y está regalando una vida a quien no la tenía, ni esperaba tener. Alegraos es el tono, forma y fondo de lo que habitualmente publicamos y, ahora, os invitamos a escuchar y cantar. Alegraos, porque ser consagrado hoy, es eso. La tranquila seguridad de quien en el corazón de la humanidad, necesita ofrecer una palabra de fe y alegría.