NÚMERO DE DICIEMBRE DE VR

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PARA TENER VIDA, CONSTRUIR LA PAZ

portada-Diciembre1Vivimos circunstancias complejas. Lo son desde hace años. Quizá la mejor explicación de lo que está ocurriendo en la vida religiosa no sea otra que el reconocimiento de la difícil navegación por una realidad compleja y plural.

La guerra, el hambre y el mal; las injusticias y opresiones; el «hombre lobo para el hombre» sigue presente, activo y destructivo. Cambian las perspectivas y la magnitud, pero solo como consecuencia de una complejidad que redimensiona todo.
Nos conmovemos y alteramos cuando el azote del terror se nos hace próximo, no tanto cuando este sacude zonas lejanas. Forma parte del dolor selectivo y también de la injusticia de la complejidad. No nos proponemos ofrecer disquisiciones sobre el cómo y por qué, ni siquiera de qué terapia para atajar tantos males, pero sí cómo formarnos, crecer y compartir para ser siervos y siervas de la paz para el siglo XXI.

La vida religiosa se va quedando fuera de la realidad, cuando se protege y aleja de ella. Cuando parapetada en seguridades de otro tiempo, juzga desde la trinchera ofreciendo elencos de aciertos y errores; de buenos y malos o de amigos y enemigos. Algunos quieren sostener su actitud diciendo que son claros y que, lo contrario, es pura ambigüedad. Sin embargo, esa pretendida claridad sumida en una apologética muy trasnochada, desemboca en una ideologización que aprisiona la libre profecía de los carismas.

La cultura y la historia; lo vivido, escuchado y compartido nos configura. La forma de expresar y compartir lo que creemos también. Asomarse a la libertad del Evangelio, sin embargo, provoca que la mirada se eleve, el corazón se ensanche y se descubra la base carismática de toda vida religiosa que no es otra que una palabra comprometida de paz.
Al escucharnos o releer nuestros sanos proyectos es difícil no percibir el peso ideológico que nos fragmenta. Concienciarnos al servicio de la paz no es una llamada etérea para no comprometernos con la vida real o para no denunciar la injusticia o para no trasladarnos cultural y geográficamente con el débil. Recrear la paz es un compromiso firme con la encarnación del Verbo, con toda persona, con la justicia y la verdad.

Siembra paz quien la ha trabajado, luchado y sufrido. Quien, cada día, renuncia a imponer, utilizar y dominar. La paz la irradian los sencillos, los que no tienen filtros ni cadenas en su querer. Cuando nos preguntamos cómo tener vida los religiosos, quizá deberíamos primero, serenamente, hablar de la paz que compartimos en la comunidad, en nuestros análisis y palabras, en la acogida que dispensamos, en la cordialidad que disfrutamos y en la intimidad y economía que administramos. Después, eso sí, mucha calle y a recibir paz, porque la llevamos con nosotros.

Necesita nuestro mundo testigos de la paz, gente libre que les «duela la humanidad» sin fronteras ni encasillamientos, que busquen la verdad y regalen, con su vida, la belleza del encuentro por encima de raza, cultura o religión. Esos profetas, los tiene la Iglesia, somos los religiosos cuando respiramos el aire libre del Espíritu que circula por nuestros carismas. Esos profetas tendrán continuadores, porque nada hay como la paz, sin medida, para enamorar a quien busca un sentido a su vida.