NUEVO NÚMERO MONOGRÁFICO DE VR

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CollageA. Gonzalo Díez-M. Romero-A. Cencini reflexionan sobre la belleza en el último monográfico de Vida Religiosa.

De lo inmediato a lo urgente. La belleza en la vida consagrada

En sintonía con el momento eclesial actual (preparación para el próximo sínodo sobre Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional), este libro monográfico de la Revista Vida Religiosa afronta una de las cuestiones candentes: nuestra capacidad para ser diálogo real con los jóvenes y las jóvenes de este tiempo.

En la extensa reflexión que sobre este aspecto nos ofrece A. Cencini, podemos leer:

«Durante un tiempo fue un interrogante para mí, hoy me parece que la pregunta se convierte en una constatación indudable y amarga acerca de nuestros sentidos. Los cuales son hoy sobrealimentados; vivimos en efecto en una cultura en la que se llega por todas partes a verlo todo, a oír todo, a tocar todo, a oler (¿olfatear?) todo, a experimentar todo, en tiempo real, con abundancia de información y contactos. Hoy, más que nunca, los sentidos humanos han dominado y están dominando la realidad, porque todo o casi todo cae o puede caer bajo la percepción sensorial, alimentando una singular sensación de omnipotencia, la omnipotencia de los sentidos, celebrados hoy como nunca en una especie de delirio de los sentidos, o una borrachera sensorial…

CUBIERTA5-16Es la realidad de hoy que se refleja en particular sobre tanta juventud tan difícil de animar, de emocionar y conmover, de impulsar hacia los ideales de vida… ¿Por qué? ¿Por qué son malos o egoístas o incrédulos o ingratos? El problema es mucho más grave: porque están perdiendo sus sentidos. Y si están perdiendo los sentidos está claro que sufrirán también la carencia belleza y la capacidad de percibirla y escogerla, y de hacer de ella la razón de su elección vocacional.

Tampoco se dice que los adultos estemos mucho mejor en este sentido. Lo que complica las cosas, porque la belleza se transmite por contagio de los sentidos. Y si los sentidos de “adultos” no brillan por vitalidad, el escenario se convierte en lúgubre y se pasa al compartir lo contrario: la indiferencia apática, el tedio existencial, la indiferencia ética, la eutanasia del espíritu, el deterioro del sentido estético…

¿Qué hacer?

Hace falta convencerse, ante todo, que los sentidos deben ser educados. Y la educación no se inicia en la propuesta de contenido, sino en el trabajo sobre el “continente”, para que sea libre para acoger aquellos contenidos.

Queremos decir que no es tan inteligente el educador que intenta llenar de contenidos la cabeza de quien lo escucha, y no se pregunta antes: ¿Este joven es capaz de escuchar? ¿Es capaz de ver la realidad?

La primera tarea del anunciador es, precisamente, la de proveer para que el otro pueda ser activo y reactivo con todos sus sentidos para acoger la buena noticia. Me pregunto si esto explica por qué Jesús dio tanto espacio e importancia a la curación precisamente de los sentidos (de mudos, de sordos, de quien tenía la mano seca, del paralitico). Jesús, por otra parte, vivió con todos sus sentidos la relación tanto con el Padre como con los hermanos.

No basta, entonces, prestar atención a los contenidos que se transmiten para continuar impertérritos transmitiéndolos, hace falta prestar atención a las condiciones receptivas de quien escucha y averiguar si sus sentidos son camino, arena, piedras, espinas y zarzas, como nos dice el Evangelio (cf. Mt 13.1 -23). De lo contrario aquellos contenidos pronto se evaporan y desaparecen, como si nunca se hubieran recibido profundamente.

Este respeto por la situación interior de quien escucha ¿no es quizás parte de una “nueva evangelización”, más atenta a la persona?».  (suscripciones@vidareligiosa.es).