domingo, 27 noviembre, 2022

NUEVO MONOGRÁFICO DE VR: CAMINOS PARA SANAR TODA SITUACIÓN DE ABUSO. VIDA CONSAGRADA DEL SIGLO XXI

«No despreciéis a ninguno de estos pequeños. Pues os digo que sus ángeles en el cielo contemplan siempre el rostro de mi Padre celestial» (Mt 18,10).

Contrapunto

Voy a iniciar este monográfico a mi estilo, con un contrapunto[1]. No hace tanto una hermana (en realidad, últimamente, han sido dos de distintas congregaciones) con la que dialogaba me decía que si la situación no mejoraba prefería coger los bártulos y abandonar el barco. Eso me impactó. ¿Cómo puede ser que religiosos con probada vocación, lleguen a esta conclusión, y no deseen emprender cauces legítimos para solucionar, calmar, y poner las cosas en la verdad?

Le doy muchas vueltas, ¿por qué tantos, con más o menos años de vida religiosa, muchos aún jóvenes, que se dieron al Señor sin miramientos, llegan a quemarse de esta manera? Mientras quienes permanecen y son causa de esta decisión, lo contemplan y exclaman expresiones de carácter bien grave, al estilo de «ya lo sabíamos», «esta juventud no aguanta nada», «se creen que todo debe ser como ellos piensan», etc. y nadie les hace ver que están hundiendo su misma vocación, a la que un día, supongo, respondieron con la misma ilusión del que se va. Y no hablo de permitir ni transgredir en según qué (quede esto claro para quienes buscan excusas para ir contra la autoridad debidamente constituida), hablo de vivir en fraternidad con adecuación al mundo de hoy, el del siglo XXI que avanza, sufre, llora, zozobra e innova, este mundo de contradicciones que Dios mira y ama y que exige una vida religiosa amplia, alegre, oxigenada y sinodal, que sepa dar respuestas variadas y testimoniar la Buena Nueva.

Yo intentaba decirle que eso que tanto quiere, se lucha desde dentro y que hay maneras de presentar dichas situaciones a instancias superiores para que se arreglen y se evite esa opresión del espíritu personal. Pero sin alargar mucho, me dijo que no lo veía, entendí que es como marcarte para toda la vida, sin saber si algo se arreglará. Si se atrevía a coger esas vías legítimas y/o legales dentro de la misma congregación o se dirigía a algún estamento de Iglesia –empezando por la Delegación de Vida Consagrada de cada obispado–, tampoco vislumbraba obtener la paz, la libertad y el aire que anhela. Ya había expresado de viva voz a quien correspondía muchas cosas sin de momento obtener una respuesta clara y transparente.

A mí que me gustan las series, comprendí que, si dicha hermana utilizaba los caminos oficiales de los que disponemos en la vida religiosa –algo que ya había hecho de manera más informal y de forma oral, sin obtener resultado– para afrontar o dirimir ciertas situaciones o problemas, tendría quizás que convertirse en «testigo protegido» y no sé si tenemos al cuerpo de los U. S. Marshals para que todo rule y nos amparen de forma efectiva.

Sí, ya sé que soy un poco peliculera, pero a ver si así reaccionamos pues hay cuestiones bien delicadas, tal como explica el jesuita Giovanni Cucci –quien en cierta manera abrió la caja de pandora de este tema– en su artículo en la revista La Civiltà Cattolica[2] y en la introducción del libro Cae el velo del silencio[3] del periodista Salvatore Cernuzio que recoge once testimonios de abusos sufridos por religiosas y exreligiosas de distintas edades y lugares. Realmente la realidad supera a la ficción.

«Ejemplos que pueden parecer desconcertantes y poco creíbles para quienes viven en congregaciones masculinas, y ante los cuales uno puede limitarse a sonreír. Desafortunadamente para algunas hermanas esta es la realidad cotidiana: una realidad que en su mayoría no pueden dar a conocer, porque no saben a dónde acudir, o por temor a represalias. […] Jóvenes que habían dejado todo con entusiasmo por seguir al Señor, ahora se encuentran solas, abandonadas y en muchos casos desesperadas, en una situación de abandono afectivo, relacional y profesional. Estas almas atrapadas, ¿a qué redil pertenecen? ¿Quién responderá a su grito de ayuda?»[4].

El cambio social y la valentía de muchos han hecho que se ponga nombre y se discutan sucesos que no son bonitos, en este caso hablamos de abusos de poder y de conciencia. Consecuencia de un mal uso de la autoridad o, más bien, en la vida religiosa de lo que tendría que ser servicio de autoridad y se convierte en cambio en «un ordeno y mando se haga pronto», especialmente en el ámbito femenino. Una autoridad de normal legítimamente constituida pero que en ocasiones y en algunos lugares, ojalá no sea el nuestro, no entiende que este caminar juntos nos lleva a otras formas de gobierno, al estilo del primus inter pares (el primero entre iguales). Me pregunto si no podríamos aplicar aquí algunos pasajes Del gobierno de los príncipes de Santo Tomás de Aquino cuando afirma «porque por la maldad de los tiranos se apartan los súbditos de la perfección de la virtud»[5] o «se debe proceder contra la crueldad de ellos por autoridad pública»[6].

Se han dado pasos, poco a poco empieza a cuajar el entender qué significa hablar de abusos de poder y de conciencia en la vida religiosa; no digo que sea así para todo el mundo, pero al menos ya callan muchos –aunque algunos lo sigan pensando– de los que decían categóricamente «no hay para tanto», «qué pesados con esta canción» o «qué cansinos y obsesionados son con lo de los abusos»; o por no hablar de encubrimientos y en este caso, de dejar a muchas personas desamparadas a las que no se les ha respetado o no se les respeta su dignidad en aras de preservar el buen nombre de la institución e incluso del abusador, como si existieran –eso creen algunos religiosos aún– categorías de personas. El respeto a todos es debido pero el respeto específico mal entendido a la autoridad o a la institución nunca debe primar ante un caso de abusos.

Puede que haya habido desconocimiento, pero desgraciadamente existe demasiado encubrimiento y el no querer perder un estatus de poder al que se han apegado ciertos superiores, unido a la dificultad de demostrar este tipo de abusos. Los poderes se aúnan y a veces se conjuran para cubrirse las espaldas. Me refiero a cuántas veces hemos sabido que tal superior se ha avanzado trasladando a quien tiene por encima, sea el provincial, general o el delegado diocesano, o incluso al obispo, ciertas cuestiones para que estén prevenidos, y claro lo normal es creerlos y apoyarlos y en cambio a veces solo son falsos testimonios que hunden a buenas personas o a vocaciones jóvenes que no tienen manera de defenderse. Por ejemplo, una superiora cuenta que una hermana tiene un amigo o amiga que es más que un amigo y es pura envidia; otra hace correr que esa vocación no durará y no cuesta que esto se extienda por la congregación a través de «radio Monja» con el desgaste personal que conlleva; o simplemente que tal religioso no guarda el respeto debido hacia sus superiores o no reza como se espera y no es más que otra forma de entender la vida y la fe o no querer caer en ciertas maneras de hacer de antaño…

Evidentemente, lo que se ha ganado aún no está suficientemente establecido ni arraigado, pero va por buen camino o al menos ya no tiene freno, mal que les pese a algunos. Ahora se necesita un camino de conversión para que, al desvelar, contar, mostrar algo, la reacción no sea: «ya lo estudiaremos», «todo se andará», «no será para tanto» o «ya llegará el momento». Un momento que nunca llega, todo es lentísimo y los corazones se malogran. Se requiere ser expeditivos pues se trata de personas –esta es la clave– y sobre todo tener muy claro que quien denuncia una situación, un sufrimiento, no puede sentirse igual que antes de presentarlo o incluso peor, debe sentir apoyo, y ver que se empieza un camino de escucha profunda.

El miedo sigue pesando mucho, no solo por vergüenza sino porque sabemos que a menudo las cosas de arriba van muy lentas, se «dan largas», que en circunstancias como estas duelen considerablemente pues la experiencia ha mostrado que demasiadas veces todo queda en bonitas palabras o justificaciones y los meses y años pasan y la herida se hace grande y el dolor invade a esa persona. Entonces se convierte en víctima doble, por el abuso y además por el desprecio y la falta de empatía. Por eso esa hermana de la que hablaba al inicio ve más factible tomar el portante que seguir luchando, aun teniendo las herramientas a su alcance y el derecho de su parte.

Por tanto, es crucial el avance que se ha hecho gracias al papa Francisco de poner sobre la mesa y actuar contra los abusos de poder y de conciencia, pero a mi modo de ver además de seguir batallando para combatirlo de manera clara y me atrevo a decir «normalizada», no se caiga en estigmatizar a quien levanta la voz, sabe plantear su pensar y no es de aquellos «de donde va Vicente, donde va la gente» sino que se mantiene en que eso no puede ser o simplemente piensa distinto, ya que estaríamos en las mismas. En realidad, la vivencia del Evangelio siempre conlleva cierta rebeldía.

«Todo el proceso de revisión y purificación que estamos viviendo es posible gracias al esfuerzo y perseverancia de personas concretas que, incluso contra toda esperanza o teñidas de descrédito, no se cansaron de buscar la verdad; me refiero a las víctimas de los abusos sexuales, de poder, de autoridad y a aquellos que en su momento les creyeron y acompañaron. Víctimas cuyo clamor llegó al cielo. Quisiera, una vez más, agradecer públicamente la valentía y la perseverancia de todos ellos»[7].

Es curioso y contradictorio como a veces cuando se plantea un problema de alguien en concreto sobre la mesa de un consejo provincial o general, sale siempre el «esto no se le puede hacer o decir pues esa persona siempre quedará amparada desde instancias superiores de la Iglesia», y mira que a veces son cosas serias, injustas y desesperantes para la congregación que agradecería tener alguna herramienta para frenarla o incluso echarla y en cambio a menudo dicha persona queda escudada por la ley de la Iglesia, por esa protección a la dignidad de toda persona, porque no puede quedar indefensa a cierta edad, en cierta situación, etc.

Pero cuando es alguien que denuncia, o simplemente plantea un problema, se le dan muchas excusas (de mal pagador como decía mi abuela), se le mandan cartas o correos electrónicos demasiado formales que en un principio dan cierta esperanza y finalmente se convierten en agua de borrajas, o se le dice que sería bueno que en lugar de ser una sola persona la que denuncia o simplemente esgrime una situación, sean más quienes lo planteen para que todo devenga más eficaz. ¿Por qué no se la protege igualmente? Y claro, hay quien tiene miedo, hay quien, como el caso compartido, ya no quiere complicarse más la vida ni estar más expuesta, anhela simplemente vivir en paz. Siempre digo que el ímpetu que me llevó a salir de casa contra viento y marea a los 18 años no es el mismo que se tiene a los 50, en que no se pierde la esencia, o no se tendría que perder, pero a medida que pasan los años uno anhela vivir con una cierta calma de espíritu, no por no involucrarse, al contrario, pero un cierto pragmatismo nos invade y algunas luchas ya no se desean. Las fuerzas son para la misión y en el terreno espiritual buscas una cierta paz y tranquilidad con el Señor, si Éste te deja.

Empiezan también a abundar las estructuras donde se encuentran, por un lado, religiosos muy mayores a los que no se les puede pedir que reaccionen o ya ni tienen capacidad para ello, por otro, los abusadores (digámoslo por su nombre) y, por último, religiosos solos o dispersos que, aunque luchen, expliquen o se desgañiten no tienen suficiente fuerza, o al menos no tienen la del grupo porque son pocos y a menudo son considerados problemáticos.

Es cierto que algunos superiores ya miden sus reacciones, por tanto, el trabajo de la Iglesia, el trabajo sinodal que busca liderazgos creativos y constructivos va haciendo camino. Evidentemente entenderlo o hablarlo no es practicarlo o más bien, no es aniquilar ese poder mal entendido, pero existen destellos de luz que abren caminos, a pesar de que subsisten aún muchos abusos de poder y de conciencia que envilecen nuestra vida religiosa y que se deben destapar sin miedo.

En junio de 2022 la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG) lanzó la campaña New Leaders: Leadership for Change[8] donde se preguntan ¿cómo podemos transformar la noción de liderazgo para que se centre en los más vulnerables y no en los más fuertes? ¿Y qué vulnerabilidades propias debemos abrazar en este viaje de transformación? Presentan diversos testimonios y transcribo una expresión de Jane Wakahiu, LSOSF, vicepresidenta asociada y directora de Catholic Sisters Initiative de la Conrad N. Hilton Foundation: «Una nueva líder debe enraizarse en la fe, la oración, la autoconciencia y la humildad. Encarnar firmemente un liderazgo compartido y una visión; escuchar con ternura y apertura; y caminar junto a aquellos a quienes lideran, de forma solidaria. La líder debe poseer la capacidad de dialogar y reflexionar antes de poner en acción y promover la dignidad de cada persona. Las nuevas líderes deben permanecer positivas, llenas de energía y de esperanza en tiempos difíciles, y servir como guías para caminar junto a sus miembros, ofreciendo una presencia compasiva»[9].

Cuando empezaron a sonar y a resonar bien fuerte los términos «liderazgo» y «abusos» en el ámbito de la vida religiosa sentí un cierto rechazo interior, no veía que «líder» fuera una palabra pertinente para hablar de servicio de autoridad y lo mismo me pasaba con la cuestión de los «abusos», en este caso de poder o de conciencia, para definir situaciones en la vida consagrada. Como dice una hermana de mi comunidad, antes estos términos «no existían» o más bien no se usaban para definir lo que ahora analizamos, como tantas otras cosas que antes no eran y ahora son bien evidentes, para bien o para mal, lo entendamos o no, o lo queramos aceptar o no.

Asumir el camino sinodal que ha impulsado el papa Francisco me ayudó a entender que las formas y los términos deben cambiar. Tanto la palabra «liderazgo» como «abuso» van acompañadas de muchos matices, pero que se hable de ellas, se reflexione y se analice significa un gran paso en la manera de situarnos en la vida religiosa, un paso no fácil para muchos o en algunos lugares, pero necesario de afrontar. No son palabras desconectadas, pues un buen liderazgo evita situaciones de abuso.

Y, sobre todo, en palabras del Papa «las heridas “nunca prescriben”. El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado. Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad»[10].

Intentemos buscar caminos, elementos, para sanar estas situaciones para que nadie con verdadera vocación se pierda por culpa de los abusos y de estructuras demasiado caducas. Que no suceda lo que me compartía una hermana y me pareció tristísimo ya que demuestra la gravedad del asunto: «El abuso de poder puede dañar de tal manera a las personas buenas que las vuelve malas para poder sobrevivir» u otra religiosa que afirma que el abusado «asume una vergüenza que solo es suya (del abusador o abusadora)».

[1] Cf. <https://vidareligiosa.es/seccion/blogs/contrapunto/>.

[2] Cucci, G., «Abusi di autorità nella Chiesa. Problemi e sfide della vita religiosa femminile»: La Civiltà Cattolica, 4083-4084 (2020), Vol. III, 218-226: <https://www.laciviltacattolica.it/articolo/abusi-di-autorita-nella-chiesa/>.

[3] Cernuzio, S., Cae el velo del silencio. Abusos, violencia y frustraciones en la vida religiosa femenina, San Pablo, Madrid 2022, 15-30.

[4] Cucci, G., «Abusi di autorità nella Chiesa. Problemi e sfide della vita religiosa femminile»:La Civiltà Cattolica, 4083-4084 (2020), Vol. III, 218-226: <https://www.laciviltacattolica.it/articolo/abusi-di-autorita-nella-chiesa/>.

[5] Tomás de Aquino, S., Del gobierno de los príncipes, cap. III.

[6] Ibíd., cap. VI: «Por lo cual parece que más se debe proceder contra la crueldad de ellos por autoridad pública, que por presunción particular. Lo primero, si de derecho pertenece al pueblo el elegir Rey, puede justamente deponer el que habrá instituido y refrenar su potestad, si usa mal y tiránicamente del poderío Real. Ni se puede decir que el tal pueblo procede contra la fidelidad debida deponiendo al tirano, aunque se le hubiera sujetado para siempre, porque él lo mereció en el gobierno del pueblo, no procediendo fielmente como el oficio de Rey lo pide, para que los súbditos cumplan lo que prometieron».

[7] Francisco, Carta al Pueblo de Dios (20/08/2018), n.º 3.

[8] Se puede consultar el material de la campaña en la web de la UISG: <https://www.uisg.org/es/news/Video-New-Leaders-Leadership-For-Change>.

[9]  Ibid.

[10] Francisco, Carta al Pueblo de Dios (20/08/2018), n.º 1.

 

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