miércoles, 17 agosto, 2022

NO ES LO MISMO ESTAR QUE AGUANTAR

Al igual que las parejas, los amigos, los hermanos, los vecinos, los compañeros de mesa o pupitre y tantas otras relaciones de personas, sustentadas en el “vivir una junto a la otra”, también la Vida Religiosa, en gran medida, se define, se regenera y se fundamenta en la vida en común, la vida fraterna, la vida junto a los otros.

Somos y dependemos, lo queramos o no, unos de los otros. Lejos de contemplar esta verdad como un drama o deficiencia, e incluso en algunas ocasiones caer en la tentación de vivenciarla como una carga, la relación, la comunión, la fraternidad, la hermandad se define como lo constitutivo de nuestro ser más esencial: o somos hijos, o hermanos, o amigos, o no somos. El Dios de Jesucristo así lo revela en su esencia divina: SOMOS COMUNIÓN.

Centrando esta vivencia relacional en la Vida Consagrada, quiero poner en valor otra verdad casi con idéntico peso que la que acabo de describir: No da igual relacionarse con el otro de cualquier manera. Hay formas, estilos y prácticas de relación que crean heridas de muerte. A veces conscientes y a veces inconscientes. Sí, seguramente inconscientes, pero heridas que sangran, sin curarse, un día, un mes, un año, una década y terminan provocando la muerte, es decir, la salida por completo de la relación que me definía vitalmente.

Con el paso de los años, le voy pidiendo a Dios que me enseñe a no juzgar. Nunca. Cada vez que juzgamos en verdad voceamos que somos mejores y más completos que aquellos a los que juzgamos. No olvidemos que el “no juzgar” es un mandamiento evangélico. Por algo será. Ahora bien, una cosa es no juzgar y otra bien distinta es no corregir; no dialogar con el que piensa distinto; no reconocer que de vez en cuando nos equivocamos; no es lo mismo juzgar que opinar.

¿Y dónde está la línea y el equilibrio a la hora de distinguir todo eso? Pues en algo muy importante, que dependiendo como lo ejerzamos, podemos provocar vida o muerte; continuidad o ruptura; comunión o división; quedarse o marcharse: me refiero al ESTILO Y TALANTE EN LA VIDA; la manera de pasar al lado del otro; el arte en la relación con el otro. Y aquí, en este saber llevar un estilo de vida fraterno al estilo del evangelio, nos topamos con enemigos feroces, arraigados y terriblemente sutiles para la mente humana; estratégicos y dominantes: hablo de la envidia, los celos, la timidez en el carácter que se disfraza de prepotencia, los complejos no resueltos en la historia personal, el afán de cargos, el drama de haber dejado cargos (sutilísimo también en la mente, que lo oculta al consciente), el acostumbrarse a mandar y dominar, el enfado en el diálogo o discusión, bajo capa de querer imponer mi opinión etc., etc.

Sí, una lista de situaciones y posturas que ha sido, son y serán siempre muchas más de las citadas, pero sirva de muestra la pequeña lista, para advertirnos unos a otros, que no es lo mismo hacer una cosa que otra; que no es lo mismo hablar en un tono que en otro; no es lo mismo dialogar que quedarse en silencio (como estrategia de Poder, en muchas ocasiones); no es lo mismo conformarse que pelear; arte que hartar…hasta convertirse en hartura; y es cierto que vivir es lo más peligroso y lo más apasionante que tiene la vida. Pero vivir sin dejar que penetre en ti la verdad del que es distinto, del que es hermano, del que vive a tu lado, quizás termine con tu armonía vital (lentamente) y espantes para siempre al que prometió, ante Dios y su Iglesia,  acompañarte.

No da igual ni es lo mismo que nos relacionemos con unos en tono jovial y en horas distintas del mismo día, con otros, la relación no sea capaz ni de sacar a flote un ¿hola, cómo estás? No da igual. De verdad que no da igual ni es lo mismo.

No es lo mismo ejercer un servicio como es el Gobierno, con cercanía, con empatía, con criterio de equidad, sin tener que demostrar nada a nadie, con sencillez y humildad, con reconocimiento de errores, que todos cometemos, sin silenciarlos, que eso nos emplaza a volverlos a cometer, con capacidad y tiempo para la escucha a todos, dando espacio y tiempo al don del discernimiento … que ejercer la autoridad desde los esquemas de sospecha, de oídas, desde la distancia, desde el papel, que casi todo lo soporta…y desde la eficacia numérica, que es la peor de las eficacias aplicada a los hermanos y a la comunidad.

Pues eso, que no es lo mismo decir que opinar, escuchar que imponer, mandar que discernir. Y quizás, sin querer, porque no hemos caído en la cuenta de que no es lo mismo, por eso se impone siempre, con más frecuencia de lo debido, en el estilo y el talante de vida, lo más cómodo, lo más fácil, lo más rápido… que no siempre es LO MÁS SANANTE. Y que, por eso, tal vez sean demasiados los que, con heridas leves, terminan desangrándose y los terminamos perdiendo.

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