MOVIDAS

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(Dolores Aleixandre).“…Así que le dije a mamá: – Pues si no te gustan las movidas, te llevamos a un convento”. Transcribo este fragmento de conversación escuchado recientemente en un autobús y que me ha dado que pensar: la mujer que hablaba le contaba a su hermana las quejas de la madre de ambas por el jaleo de su casa y la amenaza era “llevarla a un convento”. Es evidente que consideraba a los conventos unos lugares a salvo de “movidas” (“asuntos o situaciones generalmente problemáticas” según la RAE), y por lo tanto, espacios serenos, habitados por gente tranquila y exenta de sobresaltos.

¿Es realmente así? ¿Coincide esta descripción con lo que vivimos los moradores de “conventos”, monasterios o casas religiosas? ¿Era esto lo que buscábamos cuando optamos por la vida consagrada? Una romanza de la zarzuela “La Dolorosa” parece confirmarlo: “Me da mucho que pensar el Hermano Rafael desde que llegó al convento buscando refugio en él”. Pero más allá de las intenciones concretas del Hermano Rafael y de las sospechas de cierto sentir popular, creo que no me equivoco al afirmar que la búsqueda de tranquilidad no fue determinante en nuestra motivación vocacional.

Más nos vale, porque las situaciones variopintas que hoy nos toca vivir en la vida consagrada hacen imposible calificarla como un estado de imperturbable quietud. Sin necesidad de pensar mucho se me agolpan en la memoria unas cuantas movidas que nos han asaltado sin contemplaciones:

Se nos ha movido la pirámide de edades, ensanchando su base y estrechando su vértice, algo que se estaba viendo venir pero que, inexplicablemente, nos ha pillado desprevenidos y que contemplamos como si fuera “un vuelco” sucedido de repente.

Se nos están moviendo los espacios en los que habitamos: no solo disminuimos nosotros, sino que también disminuyen, se encogen y estrechan los metros cuadrados de los que disponíamos (esa pesadilla para provinciales y ecónomos…). En la película de Anne-Christine Girardot La isla de los monjes, cuando los ocho cistercienses de una antigua abadía de Holanda cierran el monasterio y se trasladan a otro recién construido, uno de ellos dice: “Todo el nuevo monasterio cabría en nuestro antiguo refectorio”. El comentario se me atragantó cuando vi la película porque, a poco que conozcas las condiciones de vida de tantos inmigrantes (14 en un piso y un cuarto de baño por ej.), se te cae la cara de vergüenza ante estas quejas pronunciadas o escuchadas.

La necesidad de cuidar y de ser cuidados se está convirtiendo también en una movi-da que despierta (¡ojalá!) la urgencia de muchos aprendizajes: la gente se moría hasta hace relativamente poco no mucho después de jubilarse, mientras que ahora esa prolongación de la edad exige un gran esfuerzo de adaptación y creatividad y una lectura creyente de esta nueva situación.

Muchas más cosas se están moviendo en nuestro entorno y cada lector y lectora a de estas líneas puede irlas completando según sea su edad, estado y condición. Mientras tanto, no nos viene mal recordar que la barca en la que iba Jesús también se movía, pero Él dormía tan tranquilo en popa, posiblemente rendido por el cansancio de tanto ocuparse de la gente.

Y quizá siga siendo ese el mejor recurso del que disponemos a la hora de encajar cualquier movida.