MONOGRÁFICO III (2016)VR

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CUBIERTA3-16Recuperar la palabra dada: los capítulos

Los capítulos, sean locales, provinciales o generales, quieren ser los ámbitos, por excelencia, en los cuales encontramos la voluntad de Dios para el aquí y ahora de la comunidad. Creemos, sin embargo, que el tiempo presente está exigiendo no solo artes inéditas, sino una conversión explícita a una disponibilidad al discernimiento. Todo indica que la impronta de novedad y sorpresa pueden estar atenuadas por otros valores o contravalores más firmes y prácticos. Las consecuencias son, a nuestro parecer, altamente negativas para la revitalización de la comunidad, porque conducen al repliegue, la desconexión o ruptura entre los grandes principios, más o menos acordados, y la realidad vital de cada persona que se conduce por una suerte de supervivencia.

A diferencia de las estructuras empresariales, la vinculación de cada persona con su congregación o comunidad pretende ser totalizante, integradora y transformadora. Y es quizá en este punto de partida obvio en el que en esta etapa de nuestra historia tengamos que prestar especial incidencia. Para que una realidad nos afecte, hemos de sentirnos integralmente afectados por la misma. No es exagerado reconocer que los niveles de pertenencia se han ido situando en periferias de la existencia. No siempre lo más importante de la vida de un religioso o religiosa es su congregación, su provincia o su comunidad. Las grandes decisiones de sostenimiento de conjunto quedan relegadas a lo intelectual «sé de que va», pero no tocan lo vital «va mi vida en ello».

Consideramos que como otros aspectos de la renovación de la vida religiosa desde el Concilio Vaticano II, también y especialmente esta clave de discernimiento en la toma de decisiones está llamada a vivir una transformación más radical. El itinerario que tantas empresas siguen en la construcción de un discurso corporativo convincente, innovador y transformante, es una llamada útil, necesaria y teológica para nuestras convocatorias capitulares que quieren ser la voz de Dios para nuestro presente.

Los capítulos que devuelvan vida a las instituciones deben pasar de los datos (la abultada información con la que ajustamos y justificamos lo que hay), la exhaustividad (entendiendo por ella, la abigarrada construcción de discursos que hace compleja la transformación) a la relevancia (la capacidad de significar lo original, novedoso, resonante y libre que guardan los carismas para este presente) y desde ella, un liderazgo que guíe. No hay más, pero tampoco menos. De momento, los procesos de reestructuración no han conseguido esa resonancia novedosa porque, más bien, han removido, con cara de actualidad, infinidad de argumentaciones, en prolija exhaustividad que, buscando animar, en realidad, parecen nacer desconectados de lo que las religiosas y religiosos viven en su presente.

Sin dejar de reconocer un pasado lleno de vida y de impronta auténticamente profética en la historia de los capítulos de las familias religiosas, sí queremos señalar que algunos estilos y lenguajes responden solo al pasado. Volver sobre ellos, por más que hayan sido la vida de buena parte de la vida religiosa, no son indicadores de vida para el religioso y la comunidad en este hoy por el que transita. Hace unos años, dentro de este siglo XXI, José María Arnaiz1 reflexionaba en las páginas de la revista Vida Religiosa sobre la pertinencia, actualidad y renovación de los Capítulos generales. Nos parecen reflexiones necesarias de aquel entonces, 2008, que hoy han cristalizado en nuevas necesidades que detectamos con fuerza.

«En el nivel de la acción tiene que haber llamada clara y precisa a dejar de hacer algunas de las cosas que se hacían, a hacer de modo diferente las mismas o a comenzar o poner acciones distintas. Se tienen que plantar árboles nuevos y no solo ponerse a la sombra de los existentes…2».

Recuperar la palabra dada para los religiosos y religiosas en sus capítulos y en los órganos de animación y gobierno que de los mismos nacen, estimamos que es la mayor necesidad de la comunidad religiosa en este tiempo. De lo contrario es cada vez más sensible y manifiesta la convivencia en caminos que no se encuentran la gran palabra pronunciada como documento programático o discurso corporativo –que dirían los manuales de gestión de nuestro tiempo–, con el discurso diario de cada religioso en su comunidad local. Insistimos que la devaluación no está en los grandes principios, sino en la aplicación de los mismos. La fragmentación social, animada por los prejuicios y posicionamientos –casi irreconciliables– convierten cualquier encuentro en debate y, por consiguiente, cualquier capítulo en un ejercicio de equilibrio de fuerzas que, sin dialogar, compensan con aparente armonía, para ofrecer una imagen estética, aunque sin vida de la comunidad, provincia o congregación.

Se logra la sensación aparente de unidad sobrevolando hacia los grandes principios indiscutibles. Las raíces carismáticas, por ejemplo, la teología que sustenta la donación específica de la congregación u orden y las grandes gestas transformadoras que a lo largo de la historia, con mucha generosidad, se vivieron en la pequeña historia congregacional. Grandes y abigarrados discursos que, cuanto menos incidan en la realidad contextual y autobiográfica, más van a ofrecer una sensación de unión, quizá no operativa ni vital, pero sí estética e, incluso, con ciertas notas místicas. «No se trata solo de poner en valor lo que hacemos o hemos conseguido (que con toda humildad creemos que tradicionalmente ha centrado nuestro interés desde una perspectiva que prima la óptica transaccional en la que hemos vivido hasta ahora). Tampoco podremos hacer frente a la realidad compleja añadiendo a nuestro discurso simplemente las claves de comprensión e interpretación de nuestro modelo y de las decisiones que hemos tomado, el porqué y el para qué hacemos las cosas. Hoy en día es absolutamente imprescindible escuchar las narrativas de los demás, los discursos sociales, saber encajar y razonar nuestros porqués y para qué …3».

Es precisamente el tono endogámico el que con más fuerza denuncia si el desarrollo capitular está alejado de la realidad teológica y existencial de la congregación. Aquella expresión tan reiterada por el papa Francisco de la «autorreferencialidad», encuentra en los grandes documentos emanados por los religiosos y para los religiosos un campo especialmente abonado. Un capítulo tiene que ofrecer claves de lectura nuevas que no fabriquemos quienes las hacemos, tiene que reconocer una participación católica ­–universal­– que da sentido a la congregación y responde a la necesidad primordial de quien hoy encarna la vida consagrada en comunidad. Es, por consiguiente, la universalidad cultural y afectiva; la pluralidad real la que puede encontrar las vías de verdad para una comunidad y congregación que busca, y se interpela por el futuro.

Superar la exhaustividad es también un indicador de verdad. El caso es no convertir la asamblea capitular en un círculo de discusión académica que dé noticia de lo que la congregación sabe, aun cuando no pueda darla de cómo puede saborearlo en comunidad.

«Porque los elementos relevantes son aquellos que generan en nosotros también una vinculación emocional, positiva o de rechazo. Por eso la metodología más eficaz y rápida para llegar a la relevancia (una vez empapados de la exhaustividad), es la escucha activa…4».

No siguen los capítulos en la vida religiosa pasos muy diferentes, en tanto que organización humana, a las ritmos de los denominados «discursos corporativos». La búsqueda de aquello que devuelva la frescura y originalidad de la opción es el imperativo que, en ningún caso, puede desestimarse. Las destrezas que conduzcan a la liberación de los obstáculos que imposibilitan recalar en lo importante es absolutamente esencial. Están aquí afectados, de manera prioritaria, los indicadores de salud de una comunidad con sus vectores de cordialidad, comunicación y armonía interna. Se puede buscar lo que es urgente cuando las líneas maestras de salud están estables y serenas. Si no es así, y previamente, la comunidad o congregación, deben dedicar el tiempo necesario a descubrir o redescubrir la identidad –aquello que es incuestionable para todos– y, desde ella, construir o reconstruir lo que son urgencias de futuro.

La cuestión, como sabemos, no está exenta de ambigüedad. Necesitamos conocer, no solo los ideales que inspiran, sino el grado de adhesión real de cada uno a los mismos. Los caminos para conocer esta realidad no son fáciles. Nuestro tiempo nos ofrece la conclusión palpable de lo difícil que es saber o qué, de verdad, circula por interior de la persona. Los niveles de sintonía y la capacidad para priorizar una pertenencia por encima y más allá de la legítima apetencia personal. Se trata de solventar este «misterio» mediante mecanismos que, sin violentar la intimidad, nos ofrezcan datos fiables de lo que piensan las personas. La infinidad de cuestionarios que en las dos últimas décadas han respondido los religiosos y religiosas de Europa contienen resultados tan divergentes que podrían afirmar una razón y su contraria. En este sentido, las preparaciones capitulares, a veces excesivamente prolongadas en el tiempo, suelen servir para ofrecer indicadores pero, nos tememos, que pocas veces para conocer la verdad de lo que viven las personas.

«El “discurso corporativo” no nace para ser presentado y admirado. Nace para ser acogido, aprehendido, interiorizado, y ser de apropiación de otros en su uso, porque la potencia de la capacidad de transformación de nuestros escenarios de gobernanza y liderazgo depende de la capacidad de contagiar y generar resonancia5».

Se impone algo tan sencillo y, a la vez, complejo como la renuncia explícita a volver a contar en una argumentación perfecta aquello que debe ser o relata las glorias de un pasado hoy inexistente. El «discurso corporativo» o la fuerza « corporativa» que un capítulo debe imprimir en una comunidad religiosa en nuestro siglo, parte necesariamente de la comprensión del presente, de su integración amorosa y salvífica y de la escucha de la realidad de quienes están llamados a llevar a cabo la respuesta propuesta. Si no es así, implícitamente se asume, que se propone algo para que no sea, no tenga vida, o sea una reflexión para iniciados o propuesta parenética6. La realidad, como manifiesta el papa Francisco, hablando de la predicación es que tienden a «encerrarnos» en nuestras «verdades» sin que lleguemos a conocer la «verdad». Pueden suponer, ciertamente, y aún de manera velada, una manifestación de gnosticismo y neopelagianismo: «Es una supuesta seguridad doctrinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar. En los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente7».

Hemos podido llegar, en nuestro tiempo, un punto de saturación en el cual los textos sobre la realidad de la vida religiosa han sido tantos y tan densos; tan sublimados y tan perfectos que, sencillamente, la vida de quienes están llamados a protagonizarlos ha decidido empezar a vivir sin que estos tengan ningún tipo de imperativo sobre su actuar, pensar o decidir. También las comunidades y las congregaciones participan de la realidad cultural de nuestro tiempo en la cual lo importante es contar o mostrar, sin la vida entrelazada que muestre. Y es que nuestras instituciones, ancianas –aún de pocos años– han visto como les sobrevenía una concepción nueva de relación, de vinculación y anonimato: «Pensar en os lugares y las formas urbanas de relación ­–la circulación acelerada de personas– permite definir los nuevos modos del ser humano, constatar las nuevas formas de soledad y aislamiento en una urbe sobrepoblada, la incomunicación del individuo en medio de las redes y las carreteras de la información, el entrecruzamiento de producciones socioestéticas diversas que producen ciudades metafóricas y fragmentadas, donde la heterogeneidad y la dispersión de los signos identitarios patrios nos convierte a unos respecto de otros en transeúntes que apenas intercambian huidizas miradas, desfigurados, con un rostro velado, verdaderos espectros, figuras del anonimato, desposeídos de nuestra identidad por la celeridad de nuestros desplazamientos reales o virtuales8 ».

Percibimos una desconexión cada vez más intensa y clara porque la persona, cada vez más fortalecida en su soledad y recreada a partir de otros vínculos, necesita –o cree necesitar– cada vez menos del impulso de crecimiento que emana de su propia comunidad o congregación.

«Muchos de nosotros tenemos, metafóricamente, un “barniz refractante” que hace que mucha información no traspase nuestro cerebro. Un barniz que nos ayuda a sobrevivir ante esta lluvia de información constante. Porque de otra manera no podríamos vivir. ¿Cómo conseguimos traspasar este barniz? ¿Cómo hacemos que aquello en que trabajamos en nuestras organizaciones llegue a la gente? Pues asumiendo que comunicar, poner en común, es algo más que informar9».

Nos parece afortunado el término de «barniz refractante» para sobrevivir ante la lluvia de información constante. Creemos que este es uno de los aspectos que está debilitando de manera importante los niveles de pertenencia y, en consecuencia, la capacidad de la comunidad para ser en sí una propuesta performativa, alternativa y llena de vida para el siglo XXI. La síntesis se podría expresar en intentar convertir la información en sustantiva, aunque no esté provocando o sosteniendo la existencia.

La vida religiosa necesita en el siglo XXI capítulos. Es indudable. Además nos atreveríamos a decir que son y serán especialmente significativos y transversales. Pero han de integrar una realidad y totalidad de los religiosos, más allá de la discursiva o literaria. El itinerario puede ser tan sencillo de explicitar como el paso de la información hasta la emoción a través de una única vía que es el compromiso. Encontramos en los colectivos sociales y culturales resonantes de este tiempo cómo este itinerario, no tan sencillo, permite redescubrir el valor de un encuentro y sus secuencias que, para nosotros, puede revalorizar esa voluntad creadora del Espíritu que hace nuevas todas las cosas.

Es verdad que comunicando se construye la comunidad. La información es imprescindible y la comunidad religiosa debe estar abierta a ella, poseerla y compartirla. Pero debe ser información que acompañe la actividad, que la sirva y la respete. Que anuncie lo que hay y, no tanto, lo que soñábamos que debía haber. Debe ser información fiel, circunscrita y comprensiva. Debe afectar a todos, porque todos forman parte de la información. Es ya antiguo y todavía presente, la información sesgada, desnaturalizada y fragmentada. Ésta abunda en lo mismo y en los mismos y olvida lo mismo y a los mismos. Creer que algo de lo que no se habla no existe, además de ingenuo, conduce a conclusiones erróneas. Sobre todo cuando aventuramos itinerarios importantes como son los capítulos, la información debe ser clara y concerniente a todos los que, en teoría, se pretende ilumine el acontecimiento capitular. Debe además ser una información fiel y veraz de lo que se hace, el carisma en acción y movimiento, lejos del sueño carismático y parcial de quien propone lo que debe ser. La recogida de información, como hemos insinuado, debe alejarse de la exhaustividad que condiciona la recepción de la misma y aleja de ese encuentro necesario entre información y vida.

El siguiente paso es la acción. Es muy importante. Normalmente la acción se deposita en las conclusiones capitulares que, a su vez, se manifiestan en la elección de quién o quienes van a desarrollar los procesos de novedad. «Más que hablar de retos o prioridades para los próximos años, hay que hablar de la misión de la congregación. Se trata de volver ahora a resumir, en un momento importante, el resultado de una reflexión en la que ya se ha trabajado. Esta primera cuestión tiene que influir sin duda sobre la elección de las personas que han de encargarse de asegurar la animación comunitaria y de la misión de la congregación. Puede haber muchas maneras de trabajar este primera cuestión (reflexión personal, grupos, asamblea…), pero hay un elemento de ayuda, que es intentar llegar a aportaciones de consenso, no de mayoría de votos. Porque consensuar implica renunciar y compartir, que es ya una forma de aproximación al discernimiento10.«

De manera singular el modo de que pase la información a convertirse en una fuerza guía de la acción es permitir, en toda su extensión la presencia del Espíritu, a través de un ejercicio donación tan alternativo como es el discernimiento. No queremos insinuar que no esté presente de manera habitual, pero sí afirmamos que se manifiesta condicionado por la fragmentación interior y comunitaria, las luchas de poder, los prejuicios o la comprensión de la misión de manera personalista, exclusivista o distorsionada. Convertir los capítulos en momentos prolongados en el tiempo de experiencias espirituales compartidas lejos de restarnos operatividad, contribuyen eficazmente a sanar situaciones que, como hemos descrito, pueden resumirse en un profundo cansancio de las personas y las estructuras.

El discernimiento en orden a la búsqueda de lo que Dios quiere parte de un presupuesto nada fácil. Es la libertad concedida para que Dios lleve y guíe el proceso por donde quiera, como quiera y con quien quiera. También la palabra «discernimiento» es de esos términos que hemos sabido domesticar de modo que faciliten o nos conduzcan a las decisiones que previamente ya hemos tomado. Consecuencia de una praxis como la descrita es la desconexión de buena parte de los efectivos. Éstos lejos de decir que de lo que se trata no les interesa o no va con ellos, lo que están mostrando es que tal y como se abordan, intuyen unas consecuencias en las que no se ven ni llamados ni integrados. No es discernimiento simplemente la reunión, asamblea, convocatoria o capítulo. Podemos perfectamente compartir el mismo ámbito, el mismo texto y contexto y estar internamente alejados, sin que esa ruptura se aborde nunca. El discernimiento es la disponibilidad total, en cuanto una persona puede hablar de totalidad, para permitir que Dios, y solo él, guíe sus decisiones, búsquedas y compromisos.

Es deseable y, creemos, posible. La convocatoria, desde el primer anuncio, desarrollo y conclusión (o puesta en práctica) de un capítulo, es un ejercicio de discernimiento para una comunidad o congregación religiosa. Lo es porque está recordando y explicando a todos sus miembros que es un acontecimiento para ser vivido en fe, porque pretende diseñar un proceso urgido por la vida y la fe y porque solo la fe va a determinar las decisiones posteriores.

 

 

1 Arnaiz Tubillega, J. M, Los Capítulos Generales, ¿sirven? ¿y para qué? , en VR 104 (2008) 178-182.

2 Arnaiz Tubillega, J. M, Los Capítulos Generales, ¿sirven? ¿y para qué?, a.c. 179-180.

3 Rubio, Loreto, Corporate Discourse & Leadership Program, Sinergia value (febrero 2014) 20.

4 Rubio, Loreto, Corporate Discourse & Leadership Program, Sinergia value (febrero 2014) 19.

5 Rubio, Loreto, a.c. 23.

6 Los discursos parenéticos, frecuentes en todos los colectivos, han tendido siempre a levantar el ánimo y la mirada sobre la misma realidad para superar las dificultades y problemas de cada momento histórico. Muy frecuentes en otros siglos son, en el nuestro, cada vez menos significativos y relevantes. Cf. http://lexicoon.org/es/parenetica (página consultada el 12.02.2016).

7 LG, 94.

8 ásquezV Rocca, Adolfo, El vértigo de la sobremodernidad: “no lugares”, espacios públicos y figuras del anonimato, Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas | 16 (2007.2).

9 Rubio, Loreto, Comunicando construimos comunidad, Sinergia, Barcelona 2010, 14-15.

10 Serón, Eduardo, La elección de cargos en los Capítulos. VR 104 (2008) 228.