«MÁS DE LO MISMO»

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No siempre reconocemos que la innovación es un riesgo. Quizá esta sea la causa de que no pocas veces, los cambios en la vida religiosa y en la Iglesia, en general, sean solo lavado de cara, adaptación de fachada o manejar un nuevo lenguaje que sostenga el aparente diálogo con «otro tiempo». Lo cierto, sin embargo, es que se está haciendo imprescindible una salida, un cambio evidente que nos sitúe lejos de la terrible tentación de recrear «más de lo mismo».

El Espíritu que es la esencia de la innovación anuncia cambio, mirada hacia un porvenir distinto. Habla de tiempos nuevos, del caminar de la humanidad hacia ese encuentro que le devuelve autenticidad y guía en el reconocimiento de un Dios que es Padre de todos. Evidentemente, se trata de un itinerario desconocido, incluso misterioso, por no calculado, de ahí que nos resistamos, con frecuencia, tratando de decirle y orientarle –al mismo Espíritu–, por dónde debe caminar para no sobresaltarnos. Se nos olvida que el Espíritu es esencialidad de libertad, limpieza y gratuidad.

Me he preguntado, no pocas veces dónde radica la dificultad para poner nuestras instituciones en sintonía del nuevo tiempo. Dónde está nuestra parálisis para recobrar agilidad. Dónde, en definitiva, situar esa desconfianza hacia el tiempo nuevo, que es el que tenemos, para ofrecer lo que necesita Dios y no tanto lo que nosotros necesitamos para sentirnos seguros. La clave está en las personas, es cierto, pero no basta una conclusión ramplona. La clave está en la fe de las personas. La capacidad, en muchos casos, perdida para poder soñar unos estilos y formas diferentes. La clave está en el riesgo que supone innovar. Quizá quedarnos solos y, a buen seguro, más frágiles y a merced de una realidad que se muestra cambiante y ambigua.

Tenemos mucha historia y ésta es fuente de sabiduría y, a la vez, de esclavitud en la reiteración. El acercamiento a la historia necesita la agilidad para llenarla de vida. No solo recordar, sino recrear los dinamismos de vida que hacían sostener la respuesta a la realidad en cada momento. Así, podemos situarnos en este presente con la misma legitimidad y libertad para aceptar, entender y sostener nuestras respuestas en un hoy que se presenta, ciertamente, apasionante.

Hay, en este momento congregaciones asfixiadas no tanto por la debilidad que experimentan, cuanto por la incapacidad de separase de una intrahistoria pequeña, vulgar y asfixiante. El Espíritu es respuesta real a la necesidad de las personas, nunca garantía de las instituciones. El problema, yendo a lo concreto de la vida religiosa, no es la debilidad de unos números y edades que leídos desde el Espíritu, solo nos dicen que empieza un tiempo nuevo. El problema son las vidas agarrotadas, los músculos (espirituales) atrofiados y miedosos incapaces de hacer nada distinto de lo que ya se hizo. Las mismas convocatorias, las mismas voces, los mismos silencios… los mismos y las mismas que de manera mimética y endogámica pretenden hablar de lo nuevo, cuando solo son capaces de evocar lo viejo y caduco. La voz del Espíritu, es evidente, no solo habla de formas nuevas, de manera más que evidente está hablando de personas nuevas, de itinerarios diferentes, de riesgos reales, de opciones radicales y de economías de Reino. Es imposible que nazca una criatura nueva si solo aportamos genes ancianos, con formas ancianas, horarios ancianos y pecados ancianos. Son, sin embargo, muchos los ancianos, que ya leen la vida desde la limpieza de la fe, que aportan la libertad de la opción sin ataduras. Ellos y ellas, no son el freno para que nazca lo nuevo. Solemos frenar los que «tenemos que hacer» los que mandamos que se haga, los que, en este momento, vivimos entretenidos, hablando de novedad con la secreta sospecha de que nada debe cambiar. Porque si cambia, nuestra vida se arriesga, pierde relevancia y poder y quizá nos asome a un estilo de vida evangélico que, siendo sinceros, solo anhelamos para ofrecer en predicación, pero no como forma de vida.