Los acontecimientos de la vida, ¿nos evangelizan?

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La vida de las personas en el tiempo está hecha de continuidad y discontinuidad, de repetición y novedad. En la cultura actual se acentúa que la vida acontece. Estamos hechos de cambio y de permanencia. Aprendemos y desaprendemos. Los pensamientos, los sentimientos, las sensaciones físicas son mutables. La vida está entretejida de acontecimientos, que pueden ser personales o sociales, simples o complejos. En el contexto social de muchos de religiosos y religiosas está aconteciendo una gran crisis económica y social. Muchos no ven futuro y luchan por sobrevivir. Hay indignación y decepción. Existe mucho dolor y desesperanza. ¿Cómo nos afectan estos acontecimientos de la vida actual a los cristianos? ¿Qué nos enseñan a los religiosos y religiosas? ¿Cómo nos evangelizan?
Para elaborarlos los acontecimientos es conveniente tener en cuenta estos siete pasos:

1. Dan que sentir. Es éste un primer nivel en el que las personas se ven afectadas por la realidad de los acontecimientos. Los sentimientos son muy personales; pero también se socializan. Perder el trabajo es fuente de mucha angustia; ser desahuciado de la vivienda produce desesperación. Hay muchas personas irritadas, indignadas. Necesitan expresar y desahogar su descontento haciéndolo visible. Es importante la toma de conciencia al hilo de la preguntas como estas: ¿Cómo me llega ese clamor de las personas más afectadas? ¿Siento empatía con esos sentimientos sociales o me aíslo para no sufrir? ¿Me dejo afectar o me protejo del sufrimiento? ¿Conozco ese sufrimiento de primera mano?

2. Dan que pensar.Los acontecimientos que afectan la vida de muchos millones de personas son un aldabonazo al pensamiento. ¿Cómo es posible esto? ¿Qué está pasando? Preguntas y preguntas. El pensamiento busca explicaciones para encontrar soluciones. Las busca en la economía, en la política, en la moral. Necesita saber y entender qué es lo que está pasando. ¿Por qué razones ha surgido esta crisis económica y social? ¿Quién la ha provocado? ¿Quién se beneficia de ella? ¿Quién maneja el gran ídolo de “los mercados”? ¿Por qué siempre toca sufrir las consecuencias más fuertes a los más débiles? Los hechos dan qué pensar. Es difícil aclararse. En las comunidades y grupos cristianos hay distintas interpretaciones. Pero no se puede renunciar a pensar críticamente.

3. Dan que hacer. Y hay actores visibles en el manejo de la crisis. Toman las decisiones que les parecen acertadas. Se someten a las críticas y los desgastes del descontento. Pero los problemas colectivos requieren soluciones colectivas. Todos estamos llamados a hacer algo para aliviar el sufrimiento. La solidaridad tiene muchas formas. Y todas importantes. Pero eso no es suficiente. La situación de crisis es la oportunidad de una catarsis colectiva. Se necesita una verdadera conversión. Necesitamos todos ser más responsables y honestos en el trabajo, más eficientes y justos. Vivir a costa de los demás es una gran inmoralidad. Es claro que todo el mundo quiere vivir mejor. Pero la verdadera cuestión es: Ese vivir mejor, ¿nos va a hacer más felices? ¿Nos está haciendo más humanos?

4. Dan que decir. Son momentos para las palabras moralmente autorizadas: pero también para las pequeñas palabras de la opinión publicada. Hay quien está echando mucho de menos una palabra de orientación por parte del magisterio eclesial. La verdad es que resulta muy difícil decir una palabra no solo de crítica sino también de orientación y de esperanza. Parece necesario insistir en que la responsabilidad es colectiva, aunque en desigual medida. No ayuda mucho demonizar a los otros. En cambio, ayuda y nos ayuda hablar con hechos de amor cristiano. ¿No tenemos los religiosos más recursos para ponerlos al servicio de los que pasan necesidad? ¿Nos sentimos llamados a compartir nuestros bienes, tiempo, recursos con los más necesitados? La crisis está gritando a todos el valor de la honestidad, de la austeridad, de la responsabilidad. ¿Lograremos aprender aunque sea a regañadientes? La verdad es que la crisis actual es una potente e insistente llamada a la conversión personal y pastoral.

5. Dan que soñar. Dan que soñar un mundo distinto. Se necesita un cambio. Es posible. No podemos seguir así. Se ha llegado a ese punto de la crisis por causas y acciones u omisiones que son constatables. No es el efecto del destino. De poco sirve echar las culpas a algunos y convertirlos en chivos expiatorios. Es preferible la mirada hacia adelante. Buscar la salida; vislumbrarla y empezar a trabajar en esa dirección. Frecuentar la esperanza y la confianza es siempre un factor de vida y de futuro. No se trata de huir hacia adelante, sino de levantar la cabeza.

6. Dan que recordar. Recuerdan que se puede vivir de otra manera; que los deseos son insaciables; y que la ambición de tener más y vivir mejor puede convertirse en un espejismo que no deja ver la realidad como es. Hay muchas cosas que son prescindibles. La mayoría de la humanidad vive sin ellas. Y no está demostrado que no se puede ser feliz con menos. Las comunidades religiosas están llamadas a ser la memoria viviente de esto. Y siendo memoria viva, personal y colectiva, pueden mostrar su vigencia en el presente. Hace ya unos años en el Congreso de la Vida Consagrada tenido en Roma se popularizó, como expresión de la vida consagrada en el momento actual, el icono del samaritano y la samaritana. Se nos proponía una forma de vida apasionada por Dios y compasiva con la humanidad herida. No nos imaginábamos entonces hasta qué punto la humanidad puede estar herida incluso allí donde parecía que ya había curado grandes males. Tal vez nunca la parábola del samaritano tuvo tanta actualidad. La cuestión es cómo están reaccionando las comunidades de vida evangélica, como el sacerdote, como el levita, como el samaritano de la parábola evangélica.

7. Dan que proyectar. Aprender de los acontecimientos de la vida es proyectar el futuro, de suerte que no se repitan los sufrimientos vividos. Los hechos negativos de la vida llevan a una mejor previsión. Podemos aprender de ellos. Están llamados a ser grandes maestros en la construcción de una nueva cultura. El proyecto colectivo de vida tiene que moverse por otros valores morales y espirituales. La entrada en el futuro no puede estar guiada por la ambición y el despilfarro. Los valores evangélicos y el ejemplo de Jesucristo siguen siendo, sin duda, buenos acompañantes hacia un futuro más humano de toda la humanidad.