LA VIRTUD DE LA AUDACIA: ENTRE LA TEMERIDAD Y LA COBARDÍA (PROPUESTA DE RETIRO)

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Si nos encontramos en un cambio de época, la audacia es una virtud imprescindible. ¿Cómo, si no, podremos afrontar lo nuevo? ¿Cómo, si no, seremos capaces de asaltar los muros que nos encierran en un pasado que va perdiendo su razón de ser? ¡Este es el tiempo de la audacia y no de la cobardía! Se nos pide dar el salto: organizativo, comunitario, personal, espiritual. No es éste un tiempo para cobardes en la vida consagrada.

La cobardía es amiga del confort. El miedo es amigo de la acedia. La audacia es la energía que nos lanza en salida, sin demasiadas cavilaciones y tiempos de espera. “Si espero, perderé la audacia de la juventud”, decía Alejandro Magno.

Hay momentos, como el que estamos viviendo, en que es necesario dar un gran salto en el vacío: dejar la zona de confort, salir, saltar, y entrar en una nueva zona, donde la Gracia viene a residir.

No es tiempo de cobardías: ni de líderes cobardes, ni de comunidades en retirada, ni de personas que se esconden en individualismos cobardes. La vida consagrada y todas sus formas (monástica, contemplativa, apostólica, secular, nuevas formas…) no debe entrar en retirada. La virtud de la audacia transformará sus temores en valentía, sus renuncios en apuestas, sus pasos hacia atrás en vuelos hacia la Promesa. Este es tiempo para audaces. Si hay resurrección, hay que salir del Cenáculo y emprender una nueva ofensiva misionera.

El papa Francisco, en su exhortación apostólica “Gaudete et exultate, sobre el llamado a la santidad” evoca cinco rasgos de la santidad que son antídoto contra serios defectos de nuestro tiempo: la Paciencia-Mansedumbre contra la ansiedad –nerviosa y violenta–; la Alegría y el sentido del humor contra la negatividad; la Audacia y el fervor contra la tristeza y la acedia; la capacidad de vivir en comunidad: contra el individualismo; y la oración constante contra formas falsas de espiritualidad. En este retiro nos centramos en la Audacia y el fervor contra la tristeza y la acedia. ¿No es la celebración de la Pascua –que se extenderá durante todo este mes de mayo– una invitación a una santa audacia?  Dividiremos esta meditación en tres partes:

– La audacia: virtud para un cambio de época.

– La parresía: energía del Espíritu en la Misión.

– La audacia de una comunidad “en salida”.

 

La audacia: virtud para un cambio de época

Ser audaz

Una persona audaz es animosa, atrevida, inconformista, en cierta medida obstinada y hasta temeraria. Es llevada por misteriosas expectativas.

La persona audaz no se deja llevar por los convencionalismos, no se contenta con la ortodoxia ambiental, renuncia a dejar las cosas como están, porque “siempre se ha hecho así”. La persona audaz quiere iniciar nuevos descubrimientos y no se arredra ante las críticas hostiles y los desafíos que se le presentan. Aquello que parece imposible a la mayoría, es posible para la persona audaz; está dispuesta a pasar por donde haya que pasar. Audaz fue Galileo, cuando desafiando al Papa de su tiempo, mostró que la tierra gira en torno al sol y no al revés. Audaz fue Einstein, cuando desafiando el sistema newtoniano sobre la gravedad, propuso su teoría de la relatividad.

El motor de las personas audaces es el conjunto de sus expectativas. La persona audaz presiente un destino y busca caminos para conseguirlo. Las expectativas son como mapas. Ofrecen señales que indican caminos a seguir en territorios inciertos.  El audaz camina muchas veces por un territorio sin mapa. Nadie ha estado allá donde se encamina. Es un caminar hacia lo desconocido. Los únicos puntos de referencia son el destino soñado y las expectativas. La audacia implica tanto el destino como el camino. No hay audacia allí donde todo se quiere comprobar y se evalúan constantemente los resultados. Puede haber también audacias que no llevan a nada, solo al fracaso y a la decepción.

La persona audaz se siente excitada, eufórica en la medida en que tiene experiencias nuevas: cuando su curiosidad es recompensada. Siempre se encuentra algo. La persona audaz explora, la organización audaz investiga. Van más allá de los objetivos. Disfrutan en la incertidumbre. El sueño final sirve para investigar los mejores caminos.

Cuando la audacia es compartida, reúne a la gente en una causa común. Genera una aventura colectiva. Y en esa aventura se abraza la incertidumbre y incluso se disfruta del peligro.

Phililp Whitehead hizo memorable una frase: “Cada noche, Robert Kennedy y Martin Luther King pronunciaban sus discursos mirando de reojo el cañón de un arma”.

Ser audaz implica:

– Un destino y un camino.

– Un mapa y un paso intencionado hacia lo desconocido.

– Una lucha y relaciones perseverantes.

– Un desafío personal y un grupo de compañeros de camino1.

 

 Audacia desde las cuatro virtudes cardinales

En este mundo no todo funciona como un mecanismo de relojería. Hay mucha complejidad y esta genera no pocas incertidumbres. No bastan las decisiones bien razonadas, ni el someterse a protocolos o normas establecidas. Ante lo inesperado, ante la incertidumbre, la respuesta es estrategia y audacia. Hay que apostar por algo que nos saque del atolladero.

La virtud de la audacia se debate entre dos extremos muy peligrosos: la temeridad (exagerada reacción presuntuosa) y la cobardía (inacción a causa del miedo).  Miguel de Cervantes lo expresó así:

“La valentía es una virtud que está puesta entre dos extremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad; pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde”.

Las cuatro virtudes cardinales –prudencia, justicia, fortaleza y templanza– son “cardinales” porque las cuatro en armonía confieren el grado y título de virtud a diversas actitudes humanas. En referencia a la audacia, las cuatro virtudes cardinales intervienen para transformarla en virtud:

– la prudencia la modula (contra una viciosa temeridad),

– la justicia la regula (contra cualquier forma de corrupción),

– la fortaleza la energiza (contra formas de pereza y miedo),  y la templanza la modera (contra el exceso o la relajación).

La persona audaz se confronta con el riesgo, sin echarse para atrás, pero también sin jugar temerariamente con él. El riesgo es valioso, porque nos ofrece la oportunidad para obtener de nosotros lo mejor, nuestra libertad. Asumiendo el riesgo, hay personas que descubren en sí mismas capacidades inéditas, impensables. Cuando se asumen riesgos, se hace realidad aquel dicho: “¡Más locura y menos cordura!”, y aquel otro con el cual un anciano sacerdote invitó a una religiosa a asumir una misión en Japón: “una locura se hace una vez en la vida”. El arte de la audacia consiste en sentir la presencia del peligro, pero no focalizarse en él; consiste en afrontar el riesgo y no volver a la zona de seguridad.

Hay momentos en los cuales las instituciones necesitan emprender procesos que requieren mucha audacia. De ellos depende el renacer, el rehacerse, el recrearse, el reinventarse. La audacia permite a las instituciones entrar en aquellas áreas donde el valor puede ser creado a través de la innovación, la diferenciación y la acción decidida. Por eso, la audacia importa.

 

La “Parresía”: energía del Espíritu en la Misión

 

Audacia “divina”

Contra la parálisis que produce en nosotros la tristeza y la acedia ¡audacia! Esta es la recomendación del papa Francisco en su exhortación apostólica “Gaudete el exultate, sobre el llamado de la santidad”. La tristeza es “la polilla del alma”; la acedia “un lento suicidio”. La audacia es una actitud totalmente opuesta. Para hablar de ella  los autores del Nuevo Testamento emplean el término griego “parresía”. Hablar con “parresía” significa expresarse “claramente”, sin tapujos, sin medias palabras, sin ocultar nada, ¡con valentía, aunque suceda lo que suceda! Y aplicada al testimonio cristiano, la parresía implica el darlo sin miedo, sin calcular las consecuencias, sin echarse para atrás.

La “parresía” no es, sin más, el resultado de un esfuerzo, sino el regalo del Espíritu de Jesús, derramado en los corazones de quienes lo siguen. Es como un regalo inesperado en medio de las situaciones más complejas, arriesgadas e incluso peligrosas. Es un tipo de audacia que podríamos calificar como “audacia divina”.

Hemos sido creados con una determinada dosis de audacia. No obstante, hay una audacia que tiene un principio generador distinto: el Espíritu de Dios que invita y energiza para ser audaz. Esa fue la audacia de los mártires, de los profetas, de grandes santos y santas y, en especial, de nuestros fundadores y fundadoras. Un ejemplo de esa audacia divina lo tenemos en la forma de hablar y actuar de Pedro y Juan, tras la resurrección de Jesús:

“Al ver la valentía con que hablaban Pedro y Juan (δὲ τὴν τοῦ Πέτρου παρρησίαν καὶ Ἰωάννου), como sabían que eran hombres sin letras y sin cultura, estaban admirados, puesto que los reconocían como los que habían estado con Jesús” (Hech 4,13).

 

Audacia en el testimonio misionero

Jesús  –en su discurso apostólico (Mt 10)–  invitó a sus discípulos y discípulas a ser audaces en el anuncio y en las posibilidades de acción:

“Id y predicad: «El Reino de los Cielos está al llegar». Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad los demonios. Gratuitamente lo recibisteis, dadlo gratuitamente. No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras bolsas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, porque el que trabaja merece su sustento. (Mt 10,7-10).

¿No se necesita audacia para proclamar que el Reino de Dios está cerca? ¿Para curar enfermos, resucitar muertos, sanar leprosos, expulsar demonios? ¿No se necesita audacia para lanzarse a una misión como esa “sin nada” –sin dinero, sin vestidos de repuesto, sin calzado o bastón? ¡Solo con audacia! Y esa audacia es algo “gratuitamente recibido.

Así mismo, Jesús les pide que muestren una audacia profética cuando en una casa o ciudad no los acojan: ¡sacudirse el polvo de los pies!:

Si alguien no os acoge ni escucha vuestras palabras, al salir de aquella casa o ciudad, sacudíos el polvo de los pies. En verdad os digo que en el día del Juicio la tierra de Sodoma y Gomorra será tratada con menos rigor que esa ciudad (Mt 10,14-15).

Pero la audacia que Jesús pide debe evitar la temeridad (¡excesiva confianza en uno mismo!) y la cobardía (¡falta de confianza en el Espíritu de Dios!):

“Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Por eso, sed sagaces como las serpientes y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas, y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles. Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué debéis decir; porque en aquel momento se os comunicará lo que vais a decir. Pues no sois vosotros los que vais a hablar, sino que será el Espíritu de vuestro Padre quien hable en vosotros” (Mt 10,16-20).

La energía que la audacia cristiana y misionera requiere nace de la comunión con el Espíritu del Testigo fiel, de cuyo amor no nos podrá separar ni la vida, ni la muerte (Rm 8,39). Por eso, Jesús recomienda a sus discípulos: “¡no tengáis miedo!” (Mc 6,50). “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos” (Mt 28,20). Audacia en el testimonio, entusiasmo en la misión, libertad en la predicación, fervor en la experiencia espiritual… todo ello se incluye en el término “parresia”2; pero la comodidad, la acedia, la mundanidad nos hacen buscar seguridades3 y nos privan de ella.

Cuando nos sentimos apremiados por el amor de Jesús (cf. 2Co 5,14) recuperamos aquella energía que nos hace exclamar: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1Co 9,16)4. La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión5.

La audacia de una comunidad“en salida”

Nunca serán “cómplices del Espíritu” en la Misión, quienes se dejan vencer por la cobardía, quienes no se mueven del territorio que ellos mismos se han delimitado.

 

En los ámbitos periféricos y fronterizos

El Espíritu Santo nos empuja y desplaza hoy hacia lo no conocido, hacia los espacios fronterizos y periféricos –geográficos o existenciales–: allí donde se encuentra la humanidad más herida o más buscadora del sentido. Allí está Dios esperando a sus misioneros y misioneras6. Dios los quiere “en salida”7. Los des-coloca8. Así está ya sucediendo; quienes así actúan nos invitan a salir de nuestra mediocridad9.

En el celo diligentes, ardientes en el espíritu, servid al Señor τῇ σπουδῇ μὴ ὀκνηροί, τῷ πνεύματι ζέοντες, τῷ κυρίῳ δουλεύοντες,)” (Rom 12,11).

¿No necesitan audacia quienes se hacen presentes allí donde estalla la violencia fundamentalista contra las comunidades cristianas, como en Nigeria, en el medio Oriente, o últimamente en Sri Lanka? ¿No se necesita audacia para permanecer en paí-ses como Venezuela y Nicaragua, en las circunstancias problemáticas que pasan? ¿No se necesita audacia para estar cerca de quienes no creen en Dios, ni en Jesús, ni en la religión, con la intención de mantener el diálogo y luchar con ellos por un mundo mejor? ¿No se necesita audacia para acoger y defender a quienes la biodiversidad humana no acogida, margina?

 

Discernir los espíritus del mal

En estos últimos años nuestros institutos de vida consagrada se han sometido a un audaz proceso de re-organización. Han sido audaces nuestros líderes a la hora de pensar, diseñar y plasmar nuevas propuestas institucionales para responder a los desafíos misioneros y personales de nuestro tiempo y nuestras zonas geográficas.

Audacia manifiestan quienes de verdad se dejan mover por el Espíritu Santo, que supera cualquier límite o frontera y lleva al ser humano y a la creación hacia la divinización. Y hablamos de audacia, porque la Misión del Espíritu se encuentra obstaculizada y atacada por los espíritus del mal, que son legión (cf. Mc 5,9.15). La presencia y acción del Espíritu no es pacífica, sino batalladora. El libro último de la Sagrada Escritura nos lo transmite a través del relato apocalíptico.  Y esta batalla no solo acontece en el mundo contra sus poderes, sino también en las mismas “siete iglesias” donde se inoculan los espíritus del mal. Los espíritus del mal intentan atemorizar y acobardar a la Iglesia, Esposa de Jesús. Cuando la Esposa está unida al Espíritu supera sus miedos, su acedia y se lanza intrépida a la Misión, sin reparar en dificultades, ni en límites: hasta los confines del mundo.

Los espíritus del mal provocan los excesos de la temeridad o de la cobardía. Quienes hemos sido llamados a participar en la misión del Espíritu y para ello hemos sido agraciados con especiales dones carismáticos, hemos de discernir siempre qué Espíritu nos mueve.

Los espíritus del mal se travisten frecuentemente de conservadurismo: congelan el pensamiento, endurecen la conducta, petrifican a la Iglesia. El agua del Espíritu no fluye, sino que se estanca y genera corrupción. El fuego del Espíritu queda circunscrito a una zona de confort y no es motor excéntrico. El viento del Espíritu se convierte en un inofensivo y placentero ventilador, pero no lanza a las plazas, caminos, a navegar por mares nuevos, hacia las periferias.

La audacia es alimentada por el celo misionero, es decir, lo la intensidad, el ardor, el entusiasmo, que la misión enciende en el corazón. La audacia no se deja doblegar por la cautela o el conservadurismo. Ni tampoco se deja llevar por una energía frenética. El celo es una llama interior, una potencia que viene de dentro del corazón.

El celo espiritual produce entusiasmo y es energía propulsora de una vida que ha encontrado su razón de ser y actuar. El anuncio del Evangelio es “demostración del Espíritu y del poder” confiada a seres “débiles, a veces incluso tímidos y temerosos…”, como Pablo experimentó ( 1Co 2, 3-5. 3).

 

 

1 C. Bonnington, Quest for Adventure, Hodder & Stoughton, London 1971.

2 GEx, 129: cf. Hch 4,29; 9,28; 28,31; 2Co 3,12; Ef 3,12; Hb 3,6; 10,19.

3 Eso le sucedió al profeta Jonás: GEx, 134.

4 GEx, 130.

5 GEx, 131.

6 GEx, 135.

7 GEx, 136.

8 GEx, 137.

9 GEx, 138.