LA VIDA CONSAGRADA EN FEMENINO SINGULAR

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Que se nos dé a la mujer el puesto que nos corresponde

Consuelo Ferrús, Misionera Claretiana

¿La vida consagrada se está abriendo a una nueva comprensión de la mujer?

La mujer siempre se ha comprendido a sí misma como lo que es: mujer. No tenemos otro modo de vivirnos y comprendernos. A medida que una mujer, la consagrada también, va creciendo en todo sentido, la confrontación entre su experiencia y la realidad social yeclesial va haciendo despertar una nueva conciencia, porque te vas dando cuenta de que no se nos trata igual a las mujeres que a los hombres en muchas esferas, lo cual incluye especialmente el ámbito eclesial. Hay muchas diferencias, demasiadas, entre hombres y mujeres, entre vida consagrada masculina y femenina. De ahí la lucha legítima por la igualdad en la complementariedad. Rechinan reuniones de dirigentes de la Iglesia todos varones, cuando la Iglesia es mixta y plural. Rechinan determinadas leyes que discriminan a las congregaciones femeninas como si fuéramos menores de edad o incapaces de gestionarnos como los varones. Y claro… eso provoca un movimiento interno no sé si de comprensión, es más bien un movimiento de ojos que se abren y sensibilidades que se revuelven.

En el tiempo que yo llevo de consagrada he visto crecer una nueva conciencia. Las instituciones cambian si cambian sus miembros y algo se va despertando en la vida consagrada de ambos sexos. O eso espero. Muchas hermanas consagradas han estado calladas demasiado tiempo, quizá porque pensaban que así eran obedientes y más fieles… pero algunas se han cansado, nos hemos cansado de ser demasiado distintas a lo que queremos ser como mujeres consagradas en la Iglesia para el mundo.

¿Percibes cambios significativos?

No muchos, porque como las cosas siguen rodando más o menos… ¿Qué pasaría cualquier día del año si las mujeres decidiéramos no participar en las celebraciones, en la catequesis, en la pastoral de enfermos, en Cáritas, en la educación? Los templos quedarían vacíos y muchas cosas sin hacer. Somos la población mayoritaria en las bases y en los órganos de decisión y de liderazgo apenas estamos… la mujer debería haber tenido más protagonismo en el Sínodo de los Jóvenes, y no solo una presencia testimonial… también en la cumbre sobre abuso sexual… Mientras falte la aportación femenina la visión de las cosas no es completa y las decisiones a nivel institucional estarán sesgadas, mal tomadas. Me gustaría que se pasara a los hechos concretos más allá de buenas palabras. A veces pienso que a medida que la mujer se va haciendo más visible, la lucha se vuelve más encarnizada… como si los hombres vieran amenazado su puesto y su poder… y eso no es lo que perseguimos.

¿Qué echas de menos?

Cosas bien concretas: echo de menos animar una convivencia, un encuentro formativo, acompañar unos Ejercicios Espirituales sin tener que depender del alguien externo para poder celebrar la Eucaristía y perder la sintonía con lo vivido. Echo de menos que se le dé a la mujer el puesto que le corresponde en la Iglesia y se le permita aportar las cualidades que nos definen: intuición, ternura, fortaleza, creatividad… crecer así en dignidad al poder servir más cualificadamente. Echo de menos que se me pregunte mi opinión por ejemplo para la elección del obispo de la diócesis en que vivo, y no solo a los curas… echo de menos poder elegir yo también el ministerio diaconal o sacerdotal, si me siento llamada por Dios a ello… echo de menos que se valore a las mujeres teólogas igual que a los teólogos… echo de menos que entre las propias mujeres consagradas nos apoyemos y valoremos, que no nos miremos con recelo. Echo de menos que las mujeres no consagradas me miren con buenos ojos como yo a ellas, como hermanas y no minusvalorándome.

¿Cómo podríamos impulsar la deseada complementariedad entre mujeres y hombres al servicio de la humanidad desde el Evangelio?

Ya dice el refrán que el roce es el que hace el cariño. El cambio no se dará por decretazo, ni desde la teoría, sino porque vaya cambiando la percepción en todos al ir compartiendo con normalidad los distintos puntos de vista, las distintas sensibilidades, el afecto, las tareas. No se valora lo que no se conoce en la práctica. A veces a las mujeres en la Iglesia, nos da miedo asumir compromisos porque en el fondo está el miedo a no «dar la talla» como los hombres que lo han hecho hasta ahora… hay que superarlo por ambas partes. Evitar los recelos mutuos y dar un voto de confianza. A la mujer en la Iglesia, cuando se le confía una tarea, se le exige más, se mide su trabajo con otro rasero, incluso económicamente.

Completa la frase: La mujer comprende el mundo y sus necesidades con otra visión porque…

Somos distintos. Yo formularía la frase de otra manera porque reconocer «otra» visión está suponiendo que hay un parámetro aceptado, una visión previa que haga de patrón con la que compararse, y nosotras seamos «otra visión»… Es evidente que la comprensión es distinta en el hombre y la mujer porque hombre y mujer hemos sido creados. Distintos. No hay una existencia neutra ni abstracta. Existimos como hombres o como mujeres y eso nos configura en todo. Hay que aceptarlo y partir de ello para construir cualquier otra cosa.