La situación actual de la vida consagrada, ¿tiene comprometido su futuro?

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Una situación de crisis generalizada
Nos encontramos en una encrucijada entre un pasado que se va agotando y un futuro incierto. Es obvia la situación de nuestra sociedad en todos los ámbitos y niveles: crisis de sociedad, crisis de familia, crisis de empresas… y crisis de Iglesia y de las instituciones religiosas.
Pero el final de un mundo no es el final del mundo, así como el final de un modelo de Iglesia o de institución religiosa no tiene por qué ser el final de la Iglesia o de la institución religiosa. Y Lluís Duch añade: “Parece evidente que somos los «últimos cristianos» de una época que se está despidiendo con más pena que gloria, y por lo mismo, nos encontramos en una curiosa y, al mismo tiempo, peligrosa situación de entremedio: por un lado, un pasado que nos parece más lejano cada día, y por otro, un futuro que no acaba de llegar y que resulta problemático y muy difícil de imaginar… Somos cristianos de la transición”1.
Aunque sea evidente la situación de crisis de nuestra sociedad, sin embargo, las crisis en sí consideradas no son nada negativo. Las crisis, según Erik Erikson, son “períodos cruciales de acrecentada vulnerabilidad y elevado potencial”. Representan ruptura del equilibrio y del orden habitual; período de transformación, clima de excitación y de tensión nerviosa y acaso revelan una situación de enfermedad en la estructura social.
Las crisis pueden ser positivas o negativas, según cómo nos situemos en y ante ellas. Pueden tener efectos de crecimiento y superación, o bien de entorpecimiento y de demolición.
Gracias a las crisis cada persona ha seguido un proceso de maduración, pasando por la crisis de la infancia, de la adolescencia, de la juventud, etc. Lo mismo respecto del recorrido de la sociedad. Y si contemplamos la historia de la Iglesia, ésta se ha fortalecido pasando por numerosas situaciones de crisis y conflictos de todo tipo. Y así también en la historia de la vida religiosa. La fundación de órdenes y congregaciones religiosas obedece a sucesivas crisis de situación de vida cristiana que había que remontar. En un principio parecía que sólo tenía que haber monjes, luego surgieron otras instituciones no monásticas, seguidamente otras de carácter apostólico… y referente a las congregaciones femeninas, sabemos bien lo que costó para que se les permitiera no encerrarse en el claustro y poder ejercer una misión apostólica. Entre otras, Mary Ward es un testimonio2. Dios dirige nuestro mundo en todos sus ámbitos y a pesar de todas las contradicciones.
Aranguren afirmaba que “heterodoxos de ayer son ortodoxos hoy y que varios de los ortodoxos de hoy serán heterodoxos mañana”. Todos tenemos alguna experiencia sobre el particular.
Por si sirve de analogía con nuestro tiempo cito a Antonio Rosmini, sacerdote ejemplar, teólogo y filósofo extraordinario, siempre obediente al Papa… Pues bien, fue un profeta humillado y proscrito. En 1843 publicó el libro “las Cinco llagas de la Iglesia”, que según él consistían en: 1. Separación del pueblo cristiano y clero sobre todo en la liturgia; 2. Insuficiente formación cultural y espiritual del clero; 3. Desunión de los obispos entre ellos, con el clero y con el Papa; 4. Injerencia política en el nombramiento de los obispos; y 5. La riqueza de la Iglesia recordando que la Iglesia nació pobre. El Santo Oficio puso su libro en el Índice de libros prohibidos y además condenó 40 proposiciones suyas. Posteriormente, Juan Pablo II declaró que no había error ninguno en sus escritos y añadió que “Rosmini enseñó cómo se ama a la Iglesia, cómo se trabaja por la Iglesia, cómo se puede y se debe sufrir por la Iglesia”. Y recientemente Benedicto XVI le beatificó. Así se escribe la historia.
Por lo tanto, habrá que tomar conciencia de nuestra situación de cambio o de crisis y asumirla, superando toda tentación humana de «negarla», de «inhibirla» o, incluso, «refugiarse en una deplorable lamento crónico». Estas actitudes serían sumamente negativas para las personas aludidas y también para la construcción del futuro que pretendemos.
Hay que reconocer el esfuerzo realizado por las congregaciones religiosas por asumir el Concilio Vaticano II, en diversos aspectos con diversas iniciativas y creatividad en la misión evangelizadora, en la pastoral, en la profesionalidad, al propio tiempo que, por circunstancias de contexto social, ha habido una disminución numérica por falta de vocaciones de jóvenes y progresivo envejecimiento. Habrá que tomarlo como una oportunidad de abrirnos a la nueva era y permitir a los seglares que participen de nuestros respectivos carismas. Se trata de hacer posible un nuevo amanecer. Es un reto que tenemos planteado.
Cuando el Espíritu inspira y sugiere, no siempre es bien recibido y no pocas veces juzgados y condenados injustamente sus seguidores. Esto habrá que tenerlo en cuenta en nuestra agitada sociedad y en la “Ecclesia (et Societas) dubitans” que vivimos. ¿Hay suficiente Espíritu en nuestras vidas? O bien, ¿la ajetreada acción impide prestar atención al Espíritu?
Ante una situación de nostalgia e indiferencia
Ante un sentimiento de incertidumbre sobre nuestro futuro puede que algunos sientan amargura y sean nostálgicos de tiempos pasados, que ciertamente no volverán, podrían refugiarse en una fidelidad a una rutina institucional. Otros, pueden manifestarse desconfiados, indiferentes y críticos acerca de un posible futuro institucional, encontrando, normalmente desacertados e inútiles todos los intentos y esfuerzos para dar continuidad a nuestras instituciones. Estos últimos se manifiestan críticos ante todo intento de impulsar el futuro y afirmando que como no hay nada que hacer, se resignan a la muerte institucional. Tanto los nostálgicos como los desconfiados son negativos para cualquier intento de andadura de presente y de futuro. La angustia de los primeros y la indiferencia de los segundos son perjudiciales y constituyen un freno y bloqueo institucional… A los unos y a los otros les falta la “fuerza ascensional” de la que habla Mounier; éste dice que sin esta fuerza ascensional la persona se degrada y repercute negativamente en el colectivo en el que viven. Es importante que se tome conciencia del sentido de responsabilidad que suponen estas posturas.
Nos sentimos llamados al cambio, el cual puede ser percibido por los unos como «promesa» y por otros como «amenaza», según cada cual lo encaje… Hay quien sufre ante el cambio porque le genera inestabilidad y a otros les genera aventura y promesa de un futuro mejor. También el cambio que vino a traer Jesucristo generó incomprensión y amargura entre sus superiores y otros, y ahora, a lo largo de veinte siglos muchos más beneficiamos de su aventura y testimonio.
Acerca de la identidad de la vida consagrada
El Vaticano II, en LG 44,d nos define de la siguiente manera: “La vida consagrada aunque no pertenezca a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo, a su vida y santidad”. Ahí se halla el meollo de la identidad de la vida consagrada: su sentido de testimonio y de profecía. Por lo tanto, la crisis de identidad, entendida desde este presupuesto, será un reflejo de la crisis de consistencia de nuestra fe y de la consolidación de nuestras instituciones.
Veamos cómo nos encontramos al respecto. Debido a diferentes impactos de acontecimientos, lecturas, investigaciones teológicas, conocidas en ocasiones a medias o sólo por el sensacionalismo periodístico ¿se dan acaso rebajas o nubarrones en nuestra fe? Habrá que tener presente que “el que obra milagros entre vosotros ¿lo hace porque observáis la ley o porque tenéis fe? (Ga 3,5).
He ahí la lectura que nos hace James Zullo acerca de vacilaciones de la fe en algunas personas: “Para algunas personas –sacerdotes o religiosos-, la crisis de los límites aparece frecuentemente como un desplome de las formulaciones de la fe. Se supone que deberían ser expertos y modelos en el desarrollo de la fe, en espiritualidad y en asuntos religiosos, de ahí que los ministros sufran, por su misma vocación, perplejidad y miedo cuando sus perspectivas de fe cambian y se encuentran sin un sentido claro y estable de sí mismos en cuanto personas «religiosas». Las imágenes de Dios y los estilos de oración, que en el pasado los sostenían y alimentaban, se modifican y no se percibe claramente por qué todo eso se derrumba. Decía uno, cada vez me siento más en conflicto con creencias y prácticas religiosas aceptadas durante largo tiempo, y no encuentro con qué reemplazarlas. La liturgia ya no tiene el mismo sentido para mí, estoy aburrido, desasosegado. Parece que mi Dios está muy lejos”3.
Por otra parte, creo que sigue siendo válido todavía el estudio realizado por la Universidad Loyola de Chicago4 mediante una encuesta sobre la “relación entre el desarrollo de la fe y el desarrollo personal”, a partir de una «muestra» de sacerdotes (los resultados pueden interpretarse como válidos también para los religiosos/as). Encontraron cuatro categorías:
Mal desarrollados. Aunque todavía ejercen el ministerio, se debaten entre problemas psicológicos serios y crónicos, que influyen poderosamente en su vida personal y profesional.
Subdesarrollados. No ofrecen dificultades tan serias; más bien presentan fallos o incapacidad para afrontar las exigencias adultas del crecimiento psicológico. Son subdesarrollados porque su edad psicológica no se corresponde con su edad cronológica. Éstos, si bien parecen adultos, no han conseguido resolver los problemas a los que una persona necesariamente se enfrenta en la etapa de la adolescencia de su vida.
En desarrollo. Detenidos por algún tiempo en su crecimiento han comenzado de nuevo a andar y a enfrentarse con la cuestión no resuelta de su desarrollo personal. Hay torrente de energías.
Desarrollados. Han pasado triunfantes por las diferentes etapas de la vida y desarrollan satisfactoriamente sus capacidades… Tienen buena salud psicológica.
De estos resultados puede deducirse la relación que debe existir entre el «desarrollo personal» y el «crecimiento de la fe». Los dos aspectos tienen que ir a la par, ya que la persona constituye una unidad compuesta por diversos elementos. La fe mejor cualificada procede de la persona más equilibrada y sana, ya que la experiencia de la fe es la de una persona que vive la fe desde todos sus elementos constitutivos.
Conviene someter a discernimiento nuestra forma de creer y la realidad misma de nuestra fe.
Según Gordon Williard Allport, la fe religiosa es algo continuo cuyos extremos son algo intrínseco y extrínseco y funciona en relación con los procesos psicológicos; la fe no es una realidad autónoma, ya que no existe fuera de la persona: Es algo intrínseco, es decir, la fe como motivo principal mediante la cual la persona organiza y comprende todas las experiencias de la vida. En este caso, la fe funciona como una creencia religiosa desarrollada y madura. Es propio del adulto.
Es algo extrínseco, es decir, la fe, en este caso, representa sólo un determinado comportamiento religioso compartimentado y externo, sin raíces en la personalidad del individuo. La religión es tomada como fenómeno utilitario e instrumental y es empleada para cumplir sus obligaciones, calmar sus temores, y a ella se agarra para conseguir la salvación particular. Se corresponde con la religión de la persona inmadura y aún no desarrollada. Representa un valor no integrado, cuya importancia se capta sólo de modo superficial. En esta situación, algunos al llegar a la crisis de fe, abandonan la religión por creer que sus contenidos ya no les sirven para explicar su mundo o su conocimiento. Viven, acaso, un fenómeno utilitario e instrumental de la religión para cumplir con sus obligaciones, calmar los temores en vistas a la salvación, o por fuerza de una tradición o costumbre. Este tipo de religiosidad o de fe se caracteriza por su egocentrismo, rutinariedad, aspecto defensivo, utilitario, narcisista, exhibicionista, instrumentalista…
Es decir, hay una relación de la fe con los procesos psicológicos. El «homo religiosus» es también «homo anthropologicus». En la persona madura, la fe intrínseca, vertebra su identidad formando parte de su razón de ser y existir. En cambio, la fe extrínseca funciona como algo adherido para su provecho y para desvanecer angustias y fantasmas.
Todo lo dicho nos conduce a cuestionarnos sobre la calidad de nuestra fe y corregir las deficiencias y penumbras que la puedan aquejar. ¿Es una fe intrínseca o una fe extrínseca? La vida de fe es fundamental e imprescindible para dar sentido y plenitud a la vida del religioso y es el trampolín imprescindible para construir el futuro de la vida consagrada. Ante la situación que vivimos sigue siendo necesaria nuestra oración de “Señor, auméntanos la fe” y tener en cuenta la respuesta de Jesús: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza habríais dicho a este sicómoro: ‘Arráncate y plántate en el mar’ y os habría obedecido” (Lc 17, 5). Es decir, la fe hace milagros y es capaz de reflotar el ánimo y las disposiciones en cualquier situación por difícil o insegura que se perciba. El amor dará sentido a nuestra fe y nos abrirá a la esperanza.
La búsqueda de seguridades
Dejarse llevar por el instinto de la búsqueda de seguridad es una de las maneras para disipar temores, defenderse ante el desasosiego de los reclamos en los que nos vemos invadidos, y, al propio tiempo, permanecer inactivos. El asegurar cada instante presente sin pensar en el futuro, el “ir pasando”… representa una actitud de pasividad. Y así, los problemas y retos quedan adormecidos momentáneamente hasta que, con el tiempo, detonan sin posibilidad de solución.
Fácilmente se puede incurrir en una dicotomía: por un lado, la «administración y gerencia de la misión», que resulta cada vez más problemática y por otro, lo que es propiamente la «identidad carismática y profética de la institución». El primero es cuestión de «gestión» y el segundo requiere la función de «animación». Podría pretenderse la «supervivencia» asegurando el funcionamiento de la gestión institucional, que exige atender a muchas «urgencias», sin tener suficientemente en cuenta la «animación» de la identidad religiosa, que, aun reconociendo que se trata de una cuestión prioritaria puede quedar relegada para una «posibilidad» posterior, que puede quedar más o menos olvidada. A menudo se tiene la impresión de que la mayor parte de los temas de las reuniones comunitarias e institucionales son de carácter administrativo y de gestión y parece que no hay tiempo suficiente para dialogar sobre temas de espiritualidad y de carisma institucional con el fin de mejorar nuestras actitudes frente a los retos de nuestro presente cara el futuro.
En principio, nadie duda que la misión tiene que ser animada por la identidad carismática y profética. Pero en la práctica, podría caerse en el riesgo de reducir la misión (y la institución) a una “empresa cristiana con finalidades cristianas”, a una ONG. No cabe identificar la institución religiosa exclusivamente en la supervivencia de las obras, ya que la vida consagrada no consiste sólo en el ejercicio de la misión. Y si bien, lo referente a las actividades de la misión son seguidas y atendidas, acaso se dé, en más de una ocasión que lo referente a la fe y vida espiritual se viva más bien de renta de una costumbre y de la rutina de un pasado, digamos con unas formalidades de fe, faltándole el aliciente creativo que infunde el Espíritu Santo a lo largo de la continuidad de la historia de la Iglesia y de las fundaciones de órdenes y congregaciones religiosas.
Es cierto que las circunstancias actuales que vivimos exigen un sistema de constante organización creativa, impulsados tanto por las leyes como por las exigencias de nuestra sociedad. Ello no representa ningún inconveniente, es normal que proliferen las comisiones de reflexión y de decisión, las exigencias de formación permanente, etc. Enhorabuena por este esfuerzo organizativo.
Pero, en ocasiones estas urgencias organizativas (y este forzoso activismo organizativo) pueden atentar a la misma identidad institucional de vivencia de fe y del carisma institucional, que debieran ser la causa y el motor de la misión. Pero la misión debiera partir siempre de la identidad institucional. Sabemos que vivir la identidad es prioritario, pero no pocas veces ésta se ve secuestrada por el agotamiento de las urgencias administrativas. Se podría incurrir en una actitud de «conservación», que alguien definió como de «autoapacentamiento» personal e institucional.
Si queremos dar futuro a nuestras instituciones religiosas debemos comprometernos para que “vivir el carisma” y “trabajar en y para la misión” sean dos actitudes constituyentes de cada persona consagrada, de las comunidades y de las instituciones. ¿Destinamos los mismos esfuerzos en cada uno de estas dimensiones, a nivel personal, comunitario e institucional? Sin duda alguna, que en los tiempos fundacionales de las instituciones religiosas los dos aspectos estaban en plena simbiosis, el uno para el otro y viceversa.
¿Sentimiento de resignación…?
Es una tentación que habría que vencer, ya que conduciría a inhibirse y a tratar de permanecer en una situación de pasividad y de felicidad egoísta por falta de perspectivas de futuro. No se trata de aceptar una muerte tranquila personal o institucional.
Puede que haya quien piense: hay tantas circunstancias nuevas hoy, ha cambiado tanto el sentido de valoración de los fenómenos, incluso en el aspecto moral… Hay que quemar tantas cosas que habíamos adorado y adorar tantas cosas que habíamos quemado… Hay quien ante esta percepción se le apodera un sentimiento de impotencia, refugiándose en una resignación de mera observancia, llegando incluso a experimentar que el futuro incierto y problemático de la institución no les inquieta en absoluto. Su futuro personal lo ven asegurado, aunque no el de la institución.
Esta situación puede favorecer el individualismo, que es una de las deficiencias de nuestra sociedad en todos los ámbitos. Representa una huída de la responsabilidad, tanto de los compromisos personales como respecto de la institución.
Ante el impacto por un sentimiento de imposibilidad conviene tener en cuenta que la Biblia nos ofrece importantes relatos a partir del «imposible», por ejemplo la creación viene de la «nada» y los grandes personajes del Antiguo Testamento surgen de madres estériles y que incluso Cristo nació de una virgen, porque “para Dios no hay nada imposible” (Lc 1, 37). También los Fundadores experimentaron sentimiento de imposibilidad en diversas ocasiones, sin embargo, por su fe activa y creciente y por su abandono a la Providencia consiguieron las respectivas fundaciones con siglos de vigencia.
Todos podemos y debemos ser colaboradores desde nuestras posibilidades, aun teniendo en cuenta las respectivas limitaciones propias de la edad y otras. Habrá que tener en cuenta que “el que os otorga el Espíritu y obra milagros en vosotros ¿lo hace porque observáis la ley o porque tenéis fe? (Ga 3, 5). La fe es siempre dinámica y capaz de mover montañas, según el Evangelio. Por tanto, supera todo sentimiento de impotencia y de resignación.
¿Riesgo de marginación?
El progresivo envejecimiento institucional y el hecho de que un sector de religiosos/as tenga responsabilidades de compromiso en la supervivencia institucional y en asegurar la continuidad en la misión, puede ser causa de que otro sector, más o menos numeroso, pueda sentirse marginado, -aunque dedicado a determinadas suplencias-, y aun situarse y acomodarse al margen, acaso por insuficiente información, por no estar al corriente de todos los hilos que se mueven, ni tampoco de las problemáticas que hay que resolver. Puede ocasionar sentimientos de indiferencia y de inhibición y sentirse inclinados a refugiarse en un «nido caliente». La misma edad facilita esta postura.
Si la misión del religioso/sa no se jubila nunca, por más que se le libere de determinadas tareas y responsabilidades, cabe preguntarse ¿cómo se puede facilitar, no sólo que la misión funcione, sino también que cada cual pueda sentirse colaborador según las respectivas posibilidades? Es una interpelación para las personas y para las instituciones.
Confusión en la mirada
Hay quien está anclado en el pasado, quien sólo se vuelca hacia el futuro y quien también vive sólo el tiempo presente. Si existen en realidad los tres tiempos, ¿por qué no vivirlos conjuntamente? La lectura del tiempo pasado nos procura sabiduría y experiencia sabiéndolo leer en su andadura; el tiempo futuro nos sirve de aliciente y el tiempo presente nos pone en contacto con la realidad. Los tres tiempos deben constituir unidad en la progresiva andadura de cada persona y de cada institución.
Hoy se parte del llamado «tercer hombre», es decir, del hombre que ‘con un presente saturado de pasado tiende hacia el futuro’. Se trata del hombre que, al decir de McLuhan: “en nuestra sociedad abate las fronteras borra las antiguas categorías y profundiza las cuestiones”5. Es el «hombre crítico» de cuanto recibe; acoge cuanto se le ofrece como medios para elaborar su propio criterio. Las nuevas ideas no las hace suyas por vía de autoridad ni de sumisión, sino por una cierta evidencia personal, a partir de su profundización. Es el «hombre nuevo», del cual Cristo fue el prototipo.
Ni miopía, ni ilusionismo sin consistencia. Es cierto que guardamos diversos recuerdos de los tiempos pasados. Es propio de una persona sana entresacar las líneas y valores que nos han formado viendo las constantes que todavía son válidas para hoy y para el futuro. La miopía nos puede causar ansiedad, angustia, congoja que no hace otra cosa que enturbiar la vida y bloquear todo dinamismo. Respecto de los tiempos futuros no podemos soñarlos sin ninguna referencia y sin aquilatar nuestras pretensiones, no sea que nos perdamos en la estratosfera y nos quedemos como ingenuos soñadores.
Nuestros tiempos transcurren en determinados contextos y culturas propias de cada época y de la forma como cada persona las percibe y es capaz de asumirlas. Nunca podemos tener la pretensión de plena objetividad; nuestra propia experiencia personal, a lo largo del tiempo, nos hacer ver los errores y relatividad de nuestras certezas.
Habrá que procurar la bienaventuranza de la «mirada limpia», que se corresponde con los «limpios de corazón». Constantemente deberemos limpiar nuestra mirada como limpiamos nuestras gafas. ¿Cómo? Una actitud de discernimiento evangélico nos situará en el ámbito de los auténticos valores, nos pondrá al acecho de una ligereza de improvisación y nos hará superar el politeísmo e idolatría de determinados contravalores, que infectan nuestro espíritu y desvanecen u oscurecen nuestros criterios. La autocrítica personal, comunitaria e institucional limpiará nuestra comprensión de determinadas adherencias e incrustaciones del pasado y de las fútiles ilusiones de futuro. La formación permanente, las reuniones comunitarias, etc. nos procuran contrastar nuestras opiniones y limpiarnos de cuanto nos ofusca y no nos dejan seguir correctamente por el Camino, la Verdad y la Vida que es Jesucristo. Por ahí accederemos a la lucidez que necesitamos para nuestra andadura presente y futura. Si seguimos por esta trayectoria podremos conseguir caminar por una línea profética que plasmará nuestras instituciones en la línea del Reino. Convendrá hacer nuestra la petición de Pablo: “Pido a Dios que ilumine la mirada de vuestro corazón para que conozcáis la esperanza a la que habéis sido llamados” (Ef 1, 18).
Satisfacerse con buenos documentos
Es indudable la proliferación de documentos en la Iglesia y en las instituciones religiosas, además de las numerosas revistas sobre temas análogos. Es normal que los superiores, las comisiones de reflexión y de trabajo elaboren sus orientaciones acerca del espíritu que debe animar nuestras vidas y sobre el ejercicio de la misión, como mensaje de renovación y de relanzamiento hacia el futuro.
Para algunos este esfuerzo es percibido como una inflación inútil, o a lo más, se le hace una lectura rápida. ¿Hasta qué punto las orientaciones dadas en estos tiempos cruciales y de crisis llegan a impactar y a ser norma de vida personal, comunitaria e institucional? Por otra parte, quienes se sienten comprometidos en la refundación institucional, acaso puedan sentirse frenados y aun bloqueados por la inercia de un sector.
Los documentos, por bien elaborados que estén son siempre a nivel del «decir» y en ningún caso sustituyen el «ser y el hacer». Sus orientaciones son expresión de deseos con la intención de que sean asumidos y puestos en práctica. “Cuando se ha dicho todo lo que había que «decir», todavía queda todo por «hacer»”.
Estos documentos precisan ser reflexionados, digeridos, profundizados mediante un intercambio comunitario, incluso institucional. Es una manera de comunión con los superiores y comisiones que los han redactado, al propio tiempo que son escritos tratando de incidir en situaciones concretas de caminar hacia el futuro. Sería de lamentar que quienes tienen responsabilidades de autoridad y de animación se sintieran reducidos a poderes establecidos sin suficiente poder, ni influencia real. Sería una manera de sentirse marginados.
Un providencial signo de los tiempos: la colaboración con los laicos
Religiosos y laicos, todos tenemos la misma consagración bautismal, de la cual parte nuestro género de vida o vocación específica (vida consagrada o vida laical). “La colaboración e intercambio de dones se hace más intenso cuando grupos de seglares participan por vocación, y de modo que les es propio, dentro de la misma familia espiritual, en el carisma y la misión del instituto. Entonces se instaurarán relaciones fructuosas, basadas en relaciones de mutua responsabilidad y sostenidas por oportunos itinerarios de formación, en la espiritualidad del instituto”6. Sería un excelente ejercicio de comunión eclesial.
Hay que reconocer que se ha dado una apertura institucional y gran esfuerzo en la formación permanente de religiosos y laicos conjuntamente, tanto en lo referente a la espiritualidad y carisma como en lo referente a la misión. La mutua interpelación «religiosos-laicos» ha beneficiado la vida cristiana de ambos; todos aprendemos los unos de los otros. Parece que es una solución de futuro con el fin de asegurar la continuidad del carisma y de la misión, con los que Dios ha enriquecido a su Iglesia.
Ahora bien, en varias instituciones religiosas son los seglares quienes llevan mayoritariamente la misión debido a la escasez de nuevas vocaciones7 y a la edad avanzada de los religiosos. Incluso hay centros sin ningún religioso, en otros la comunidad es simplemente testimonial con alguna colaboración adicional y en otras hay todavía algunos religiosos en activo respecto de la misión.
Pero esto no representa en sí ningún inconveniente, ya que se acepta esta situación y a partir de ella se pretende construir el futuro. Los seglares, con vivencia de fe, sentido de vocación cristiana, comprometidos en la misión y constituyendo comunidad cristiana en la misión, son, de hecho, los continuadores de la misión institucional. Sobre la relación «religiosos-laicos» se nos ha pedido una auténtica conversión, ya que los presupuestos de anteriores décadas eran todo lo contrario. Pero, para ello se nos dirá que hay que partir de una identidad carismática, asimilada y vivida8. Por eso, quizás, y es lástima, que todavía haya algunos religiosos que, al ser reticentes en asumir esta nueva trayectoria, sienten dificultad en la apertura a los laicos, tanto en lo que se refiere a compartir la vida de fe y carisma, como respecto de su relevancia en la misión. Sin pretenderlo son un freno y obstáculo a la trayectoria que se va siguiendo.
Escollos que conviene evitar
Dejo a la consideración del lector algunos escollos, entre otros, que habría que superar:
Una situación de dejadez e incluso deversión del espíritu inicial fundante. En toda institución existe un espíritu inicial, unos objetivos que entusiasmaban a los iniciadores. Con el tiempo puede darse un desencanto en los fervores y entusiasmos iniciales, llegando incluso a una perversión del espíritu fundante o carisma institucional. Por ejemplo, sustituir la vitalidad evangélica y carismática con una actitud de pasividad o tranquilizando la conciencia con una mera disciplina institucional, o incluso con un activismo de misión. De ahí derivaría una esclerosis del pensamiento y de la misma vocación y podría llegar a ser nocivo para la misma institución.
Contentarse con una reforma institucional de mera renovación asegurando sólo el presente y sin considerar perspectivas de futuro. Toda institución tiene un «lenguaje intencional» o de los objetivos que se fija y otro «lenguaje institucional» que es reflejo de la realidad del comportamiento institucional. Es normal que haya una distancia entre los dos, ya que nunca asumimos, en realidad, totalmente los objetivos propuestos. Asimismo, un análisis meramente «institucionalista» desde el interior de un contexto, sin cuestionar lo que existe, sería un análisis reformista (consistente en mejorar nuestro presente faltándole perspectiva de futuro). Un análisis «anti-institucionalista» desde el exterior cuestionando el funcionamiento de la propia institución desde la respuesta que hay que dar a unos tiempos cambiantes; éste tiene «perspectiva de futuro» y es el análisis que estamos llamados a hacer. Aquí tendría lugar la «crítica profética».
Contentarse con la reforma de las estructuras institucionales pretendiendo que por ello se dará el cambio. Lo expresa claramente Mounier, en la Révolution personnaliste: “No son las nuevas estructuras las que hacen el hombre nuevo; es un trabajo personal del hombre sobre sí mismo en el que nadie puede reemplazar a nadie. Las instituciones nuevas y renovadas pueden facilitar la tarea pero no pueden sustituir el esfuerzo. Las estructuras nuevas son un reclamo para comenzar en nosotros mismos, desde ahora, un trabajo de conversión personal en el que la ayuda institucional no será sino un episodio indispensable e independiente”.
Una fractura entre “Pedros” y “Pablos”, entre “institución y carisma”. Como decía Schillebeeckx, si sólo hay institución a ésta le falta vuelo; y si sólo hay carisma adolecería de realismo. Es normal que en toda institución haya tendencias diversas, aun actuando todos desde la mejor sinceridad y lealtad. Nadie puede arrogarse la verdad por su cuenta e imponer su criterio. Hay órganos de reflexión y de diálogo por los que se buscan las mejores soluciones… El intercambio en el diálogo es enriquecedor para las personas y para las instituciones.
Conclusión
No creo que la vida consagrada tenga comprometido su futuro, pero sí éste le representa un reto a cuya respuesta vendrá el resultado. Hay interés por reflotar la actual situación, aunque se percibe menos a nivel espiritual y evangélico que en lo empresarial. Todas las instituciones sociales, políticas, eclesiales y religiosas están en situación de fragilidad, pero siempre hay recursos de superación, sobre todo en lo que se refiere al Reino de Dios, en la medida que verdaderamente seamos capaces de pretenderlo. Dios, que dirige la historia, no negará su Gracia a la cual deberemos corresponder.
Al decir de San Juan Crisóstomo habrá que superar dos tentaciones típicas: la tristeza y la relajación. La tristeza deprime el alma y la hace lábil a todo tipo de debilidades. La relajación consiste en la búsqueda de calma, tranquilidad y paz temporal, que esterilizan todo esfuerzo9.
Estas situaciones de reto las podemos superar partiendo de lo que es esencial en la vida consagrada: el sentido de consagración bautismal, la toma de conciencia de la vocación recibida, la vivencia creciente de la fe y de la espiritualidad propias de la Consagración religiosa, la respuesta a las necesidades de las personas desde la misión, el sentido de comunión cristiana, la capacidad de colaboración con los laicos, etc. Tendremos que situarnos en la órbita de la voluntad de Dios. Si el futuro de nuestras instituciones fuera sólo o sobre todo empresarial, le faltaría su razón de ser que le proporciona la causa de Dios a través del carisma propio.
“Habrá que considerar que Dios no satisface nuestros deseos, pero sí todas sus promesas. Él permanece el Señor de la tierra. Él mantiene su Iglesia. Él nos da siempre nueva fe. Dios no nos carga con un fardo mayor del que podemos llevar, sino que nos alegra con su proximidad y su ayuda. Dios escucha nuestras oraciones y nos conduce hacia Él por el camino mejor y más recto. Y porque Dios hace todo esto, es digno de alabanza”10.

1 DUCH, Lluís. La crisi de la transmissió de la fe. Fundació Maragall, 2007, 0pág. 170.
2 Mary Ward fundó el Instituto de la Bienaventurada Virgen María en 1609 (Religiosas Irlandesas). Sufrió diversos ataques de sospechosa de «rebelión, herejía y desobediencia» por tratarse de una Congregación femenina sin Claustro y por dedicarse a la misión apostólica. Ella se definió siempre obediente al Papa, lo cual no evitó que el Papa Urbano VI suprimiera la Congregación por tratarse de una Congregación femenina sin Claustro y por dedicarse a la misión apostólica.
3 ZULLO, James. The Crisis of Limits Midlife Biginnings. In Human Development, 1983, vol 3, n. 1 pág. 11)
4 Cfr. KENNEDY, Eugene. Fe religiosa y maduración psicológica. Concilium 181, págs. 117-123
5 Cf. McLUHAN. La comprensión de los medios como extensiones del hombre. Diana, México 1969.
6 CIVC. La vida fraterna en comunidad, 1994, 70
7 Sería un tema que abre una pregunta difícil de responder, pero que no se puede soslayar. Ver PUJOL, Jaume. Hacia el futuro de la vida consagrada. San Pablo 2008, págs. 177-210.
8 “La colaboración y el intercambio de dones se hace más intenso cuando grupos de seglares participan por vocación y del modo que les es propio, dentro de la misma familia espiritual, en el carisma y la misión del Instituto… Sin embargo, para conseguir este objetivo, es necesario tener: comunidades religiosas con una clara identidad carismática asimilada y vivida, es decir, capaces de transmitirla a los demás con disponibilidad para el compartir; comunidades religiosas con una intensa espiritualidad y un gran entusiasmo misionero para comunicar… el empuje evangelizador. Así la comunidad religiosa puede convertirse en un centro de irradiación, de fuerza espiritual, de fraternidad que crea fraternidad…” (IVC, La vida fraterna en comunidad, 1994, 70)
9 Citado por GARCÍA PAREDES, José C. R. Teología de las formas de vida cristiana. Publicaciones Claretianas, I, pág. 206
10 DUCH, Lluís, La crisi de la transmissió de la fe, Fundació Joan Maragall, 2007, pág. 184