LA QUE LLORA… SE DA LA VUELTA… Y EVANGELIZA (Martes de Pascua)

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Hoy, martes de Pascua (14 de abril de 2020) llega a nuestras iglesias domésticas la visita de una Mujer, que fue la primera testigo de la Resurrección. Sorprendentemente no se trata de María, la madre de Jesús. Ella quizá no necesitó de ningún proceso para llegar a la convicción de que su Hijo había resucitado: ¡compartió con Dios Padre el momento en que Él dijo: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”. Por eso, el evangelista Lucas la llama “la pisteusasa”, es decir, la creyente, por excelencia. Pero sí hubo otra mujer que fue la primera que recorrió el camino de la fe. Juan nos la presenta en tres momentos: llorando (klaíousa), dándose la vuelta (strapheisa) y evangelizando (angelousa). Contemplemos a María Magdalena en su proceso hacia la fe en la resurrección. También nosotros lloramos desolados… pero necesitamos además los otros dos pasos: darnos la vuelta y dialogar y, después, dar testimonio anunciando la Buena Noticia. ¡No nos quedemos en el llanto!

María Magdalena llorando

Mientras que las otras mujeres discípulas llegan al sepulcro al amanecer del primer día de la semana, María llegó antes, cuando todavía estaba oscuro. Al ver quitada la piedra del sepulcro se sobresalta: corre, llega a la ciudad e informa a Pedro y al discípulo amado. Vuelve al sepulcro. ¿Y qué sucede?

María Magdalena está totalmente dominada por la tristeza…llorando.

En ese momento descubre dos ángeles en la tumba: uno situado donde había reposado la cabeza de Jesús, el otro donde habían reposado sus pies. El Creador de lo visible y lo invisible concedió a Magdalena una visión de lo invisible: así como cuando nació Jesús apareció lo invisible a los pastores que vigilaban sus rebaños en la noche, también ahora, cuando Jesús nace de nuevo, aparece lo invisible a una mujer que está en la noche y llora.

Los ángeles le preguntan: Mujer, ¿por qué lloras? Ella les habla de “su Señor”: no se refiere a Él en plural, sino en singular. Muestra una especialísima relación con Él. Por eso añade: “No sé dónde lo han puesto”.

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”. Hay mucho llanto en nuestro mundo. Estos días lo estamos comprobando de una manera muy especial, cuando nos llegan noticias alarmantes de “los nuestros” que han sido llevados precipitadamente a un hospital y allá han quedado “confinados” y solos. ¡Y son tantos cada día! ¡Cuántas lágrimas no se habrán derramado…! Jesús nos quiso decir que “las lágrimas no son el final”. Que existe una bienaventurada, porque llegará el consuelo.

María Magdalena, dándose la vuelta

El evangelista nos dice dos veces que María “se volvió”. Estaba inclinada hacia el sepulcro, pero seguidamente “se volvió” y se encontró con alguien… creía que era -no ya un ladrón- sino aquel que había cambiado de lugar el cuerpo muerto de Jesús. Cree que es el jardinero.

En la última Cena -según san Juan- Jesús les había dicho a sus discípulos: “todavía un poco más y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis porque yo vivo y también vosotros viviréis. Ese día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él (Jn 14,19-21).

¡Y esto es lo que comienza a hacerse realidad en María, al darse la vuelta. Al confundirlo con el jardinero y no con un ladrón, María es ubicada en un nuevo contexto que no pocos intérpretes dicen que es el de la Esposa del Cantar de los Cantares (Cantar, 3, 1-4).

Entonces -cuando todavía no lo había reconocido- Jesús toma la iniciativa y le pregunta: Mujer, ¿por qué lloras, a quién buscas? También Jesús no se impone: únicamente pregunta por la búsqueda: ¿qué buscáis? les dijo a los dos discípulos de Juan que lo seguían; ¿a quién buscáis?, les dijo a sus perseguidores en Getsemaní. María, sin embargo, no busca a Jesús… ¡busca su cuerpo muerto!

María se vuelve y sobresalta cuando escucha la palabra “María”. ¡Qué fuerza y tonalidad tendría esta palabra en Jesús, que ella inmediatamente lo reconoció! Las personas que se aman pronuncian el nombre de la persona amada con una tonalidad “única”. Basta escucharlo y ya se sabe… ¡Qué diferencia del nombre cuando forma parte de una lista que se va pronunciando sin “tonalidad especial”.

Entonces María responde en arameo: ¡Rabbuni!, Maestro. Así acontece el reconocimiento mutuo después de un tiempo de lejanía y de búsqueda. Sí, María se ha encontrado con el Jardinero. Pero lo que sucedió la trasladó al otro Jardín: el Cantar de los Cantares.

María Magdalena, enviada a Evangelizar

Cuando escucha su nombre ¡María! en boca de Jesús, lo reconoce y lo abraza. Jesús le revela tres cosas:

que su cuerpo resucitado está en camino hacia el Dios Abba y, por eso, que le pide que no lo retenga.

En ese momento Jesús le transmite “la primera misión”, previa a la gran Comisión del Monte de Galilea: que les comunique a los hermanos que el Dios y Padre de Jesús es su Dios y Padre y hacia Él Jesús se dirige.

La resurrección recrea la familia de Dios: Mi Dios es vuestro Dios. Mi Padre es vuestro Padre. Todos son hermanos y hermanas, bajo un mismo Abbá y un mismo Dios.

María se lanza en misión: y cuenta lo que ha visto y oído. Es la primera testigo del Señor Resucitado.

En María Magdalena se inicia la “Iglesia en salida”. La primera evangelización tuvo como portavoz a una mujer apasionada por Jesús. Ella fue testigo de su muerte juntamente con María y el discípulo amado y otras dos mujeres. Y ahora es la elegida -por iniciativa del Resucitado- para ser la primera testigo del Resucitado y por comisión de Él la que anuncia su Resurrección a los demás.

El Señor se aparece a quienes Él libremente concede esa gracia. No hay ningún tipo de presupuesto jerárquico o familiar que le obligue a ello. La primera persona agraciada con el encuentro no fue, según los evangelios, la madre de Jesús, ni tampoco Simón Pedro o algún discípulo masculino, sino María Magdalena. De ese modo, Jesús le concedió a esta mujer que lo siguió hasta la cruz, la gracia del Apostolado. En ella se cumplían las dos condiciones: haber estado con Jesús en su vida sobre la tierra y haber sido agraciada con la aparición del Resucitado.

El amor a Jesús, en la medida en que crece en nuestro corazón, nos hace buscarlo y antes sentir en nosotros el vacío de su presencia. No hemos de dejar que la llama del Amor al Señor se apague. Ella iluminará nuestro camino hacia el lugar donde Jesús Resucitado se manifiesta: la Palabra y el Sacramento del cuerpo y de la sangre.

(Agradezco a un autor y una autora la inspiración para esta reflexión mía: el comentario al evangelio de Juan de Johannes Beutler y la tesis doctoral en la Gregoriana de Sandra Schneiders sobre el relato del cuarto Evangelio de la Resurrección como síntesis de la espiritualidad del cuarto Evangelio).

Plegaria

Jesús, ¡qué gran regalo es poder experimentarte no solo como memoria del pasado, sino como el Viviente, como nuestro Contemporáneo! Ya sabemos que no somos dignos de esta gracia, pero tú puedes hacer que te vislumbremos en la noche de la fe. Concédenoslo, para que así, como María Magdalena, podamos ser tus testigos ante nuestros hermanos y hermanas