«LA MUJER, UN DON VALIOSO PARA LA IGLESIA»

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(Damián Mª Montes). En la festividad de Santa María, Madre de Dios, el papa Francisco subrayó que “el don de toda madre y de toda mujer es muy valioso para la Iglesia”. Quiso así poner de relieve el valor central de la mujer en el misterio de la Iglesia al comenzar el año.

Hace tiempo Francisco volvió a ser noticia por haber escrito el prólogo de un libro dedicado a las mujeres en el que manifiesta explícitamente que se siente preocupado por el hecho de “que el papel de la mujer sea más de servidumbre que de servicio”. En este mes de mayo, no por casualidad, nos servimos de su intuición para hacernos eco de otro asunto que puede y debe cambiar: el papel de la mujer en la Iglesia.

Algunos creyentes y jerarcas se ponen nerviosos al acercarse a esta cuestión. Piensan que cualquier persona que reivindica los derechos de la mujer en la Iglesia reclama la ordenación. Sin embargo, sobre esa cuestión particular serán el Espíritu y los signos de los tiempos los que decidan, pero debemos ser conscientes de que en la Iglesia no todo es consagración eucarística o absolución de los pecados. Junto a estas realidades se encuentra un abanico inmenso de servicios eclesiales en los que la mujer podría tener un papel más relevante. Nos referimos a servicios de gobierno, de presidencia de celebraciones litúrgicas, de gestión, teológicos o pastorales. En este sentido, nos preocupa como al Papa que en muchas partes del mundo, todavía se relegue a la mujer a tareas de servidumbre.

Por otra parte, surgen voces que piden una liberación de la mujer a costa de todo y de cualquier modo; este hecho tampoco favorece un verdadero diálogo. Son muchos los que no han serenado sus pasos para valorar con hondura aquello que realmente quieren lograr y simplemente vociferan los eslóganes que otros les hacen llegar. Lemas que, a menudo, destruyen precisamente lo que pretenden. El verdadero feminismo no se construye sobre una máscara feminista que grita con rabia, sino sobre la oferta de un proyecto serio y realista que empodera a la mujer en las distintas instancias de la vida, también en la Iglesia. Podemos cambiar ya esta situación en nuestras comunidades, donde debemos lograr que la mujer sea, verdaderamente, un don valioso para la Iglesia.