LA COMUNIDAD NO DA MIEDO, LA SELVA SI

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Recuerdo perfectamente cómo hace años un diálogo sincero con una persona casada me hizo mucha mella. Me hablaba abiertamente que cuando pensaba en su unión, le sobrevenía el miedo. Todo iba más o menos normal si la otra persona no se ponía nerviosa. Una situación sostenida por años que logró «paralizar su vida», sus aspiraciones y búsquedas. Todo se redujo a un ejercicio de cautela para no provocar a quien le infundía miedo.

Siendo dos experiencias tan contrapuestas, el miedo y el amor, viven en espacios contiguos. Tanto que, en ocasiones, se pueden confundir. A veces cuando escuchas a alguien hablar sobre su pertenencia comunitaria, aunque teja su relato con palabras de amor, la música suena, sin embargo, a miedo. Porque el «no puedo» se hace presente o la frustración de «mejor no tocar este asunto» tiene su espacio. Definitivamente, no somos capaces de trabajar los conflictos de modo y manera que éstos dejen de condicionar la vida, las aspiraciones legítimas, la paz social y la paz psíquica. Aparece con tozudez el miedo, cual losa, que no permite que las cosas se afronten y la vida se ilumine.

Creo que el miedo, bien como punto de partida, bien como llegada, es uno de los condicionamientos reales de la vida en comunión. Hay personas paralizadas, sin experimentar crecimiento, justamente por miedo a decir, a decidir, a ser ellos o ellas. Miedo integrado al mantener dos discursos que no se encuentran; el que se ve y el que circula por el interior. El que dices y el que te dices a ti mismo o misma. Considero que, en general, no hay miedo a la comunidad en cuanto tal, a «quienes se erigen en intérpretes del deber ser de la misma» sí. Miedo al «qué dirán» o a la seguridad de lo que «dicen»; miedo a salir fuera de la horma o patrón que durante los últimos años se ha establecido como aceptable; miedo al descarte congregacional –desgraciadamente extendido–; miedo a la soledad, porque manifestar la diferencia sitúa lejos de círculos de poder, de decisión y de vida.

Si partiésemos de una premisa no tan segura como es que todos los llamados a la vida religiosa apostólica, están llamados a la vida comunitaria, ésta no debería ser una «barrera de miedo para algunos religiosos y religiosas». Decía que es una premisa no tan segura porque, en verdad, hay personas que estructuralmente pueden no estar llamadas a la vida en comunión, aunque estén haciendo las veces…  pero como cuando uno presta un servicio en funciones, al final, se nota demasiado que no afecta las entrañas de la existencia.

Estimo que el miedo puede desaparecer. Es más, creo que es imprescindible para hablar de vida compartida en serio y en totalidad. La clave está en saber situarnos y adquirir visión. Adquirir altura y recuperar la confianza en el regalo único e irrepetible en el que Dios encarnó su vocación: tu humanidad e historia. Aunque parezca contradictorio el camino más seguro para restañar las heridas de una comunidad herida, es la fortaleza de cada uno de sus miembros: de todos. La comunidad, para serlo, tiene que mostrar aquella estructura evangélicamente frágil que posibilite la donación de cada fortaleza. Cuanto mayor sea la estructura, mayores los miedos que imposibilitan el crecimiento en la verdad y la libertad. Cuanto más sincera y transparente sea la propuesta, mejor clima de complementación y crecimiento. El aparente avance de una comunidad merced a la fuerza de alguien que se «corona como salvador o salvadora» porque nadie se entrega, es solo desgaste y muestra clara de enfermedad comunitaria porque el crecimiento y la armonía son ficticios y se sostienen en silencios y miedos jamás compartidos.

Me preocupan mucho algunos diagnósticos actuales sobre la situación vocacional de la vida consagrada. Me temo que nos encantarían soluciones rápidas y fáciles sin necesidad de operar. Sin embargo, la cuestión de fondo estriba en la debilísima capacidad que nuestras comunidades tienen para celebrar la alegría y por tanto comunicarla. La proliferación de parálisis y miedos, ofrecen cuerpos comunitarios y congregacionales sin voz y casi sin rostro, a los que resulta inverosímil preguntar por su alegría, porque no está y, casi, no se recuerda. Nos conformamos o remitimos a la alegría de algunos o algunas, pero el testimonio no es válido, está fragmentado, porque el rostro de la vida consagrada es su comunidad en totalidad. Su cara y cruz la experiencia de comunidad sin miedos que sepa crear, compartir, ofrecer y disfrutar.

¿Seremos capaces de caminar? ¿Superaremos la parálisis del miedo? ¿Nos arriesgaremos a dejar ser a aquellos y aquellas que Dios nos regaló como hermanos o hermanas? ¿Serán nuestras comunidades sanatorios de los miedos y parálisis que arrastramos? ¿Comprenderemos como proyecto, proceso y valor el crecimiento integral que como personas tenemos que ofrecernos en comunidad?

La vocación es sorpresa. La mano de Dios que guía a lugares desconocidos y nuevos. Es una propuesta de amor y sin miedo. Es un camino en el que ambiguamente experimentas dolor y salud a raudales porque la relación con Dios es intensa y sin descanso. Este camino compartido, crea la comunidad. En ella, cuando te encuentras con alguien sin miedo, se te abren los poros, la respiración vuelve a su sitio y, nace una agilidad que te dice, merece la pena el precio de ser uno mismo y hasta cambiar. La clave está en creerlo, porque así lo haces posible. Si te paralizas, calculas, o te rindes al miedo, ya no crees… solo te proteges y ya no es comunidad. Es la selva y esa sí, esa da miedo.