LA «BUENA NAVIDAD» SOLO CABE EN EL CORAZÓN

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Todos guardamos en la intimidad alguna de las postales más bellas de Navidad. Son experiencias no contaminadas, llenas de gracia, de perdón y verdad. La unión del bien con la Navidad está firmemente arraigada en el pueblo más allá de precisiones teológicas. No pocas veces, estas últimas, con el ánimo purista de definir bien las cosas, sin embargo, dejan los corazones fríos ante el calor de Dios.

Lo cierto es que, casi sin darnos cuenta, hemos llegado a una nueva Navidad en la que, paradójicamente, nuestros sentimientos se han hecho un poco más ancianos. Seguimos pronunciando interiormente la palabra Navidad como esperanza, aunque nuestra preparación para vivirla esté muy condicionada por el escepticismo, el consumo y la rutina. No es fácil celebrar una fiesta que lo puede todo, cuando te has conjurado para que no pase nada. Y ese es el problema, que no siempre dejamos a la Navidad que sea, y por eso la disfrazamos, la consumimos o la silenciamos con los ruidos de nuestro ego.

Por supuesto, no está en mi ánimo decirte cómo puedes o debes vivir la Navidad. Solo me propongo recordarte que los sueños más limpios; los pensamientos más positivos…, han encontrado el momento y lugar en el que se pueden cumplir. Depende de ti. No tanto de lo que estés dispuesto o dispuesta a hacer, cuanto de cómo te dejes hacer por el Misterio tan sorprendente, y poco calculado, que es reconocer a Dios niño, anunciándonos, sin más, que la historia de Dios ya es historia de humanidad, y lo será siempre.

Para mí, este año, la Navidad me visita bajo el icono de un pastor. Uno de los muchos que “habitan” nuestros belenes. No es ni la figura más importante, ni la más vistosa. El pastor hace pueblo, y significa acogida y espera. Es un pastor común que ni siquiera añade palabra a la gran revelación. Su aportación es el silencio de la noche, la mirada sorprendida y hasta confusa, y el corazón sereno. El pastor se me antoja como paradigma de la buena Navidad. El que posibilita que las cosas sucedan, el tiempo transcurra y la revelación llene los sentidos. Es uno más y eso le basta para reflejar y vivir la felicidad del encuentro, la comprensión y la comunión. Es un pastor tranquilo el que me ha causado admiración y, además, lleva un cordero… el que vio mejor de su manada y, seguramente, no el mejor de los que esa noche santa del Nacimiento se ofrecieron. Pero el pastor alcanza la luz porque no está pendiente de su cordero ni de las otras ofrendas, está solo pendiente de que el Misterio de la noche no se rompa y se extienda, como instante eterno, en una felicidad que no sabe, no puede y no quiere explicar.

El valor de la Navidad está en el que nace y viene; el que se queda para que regularmente nos recordemos que somos fruto y esperanza de Navidad. No son días para ver qué hacemos; sino para ver cómo nos queremos, porque la primera consecuencia de la contemplación del Misterio, es el amor.

Solemos valorar el progreso cuando consigue parecerse, lo más posible, al don de lo creado. Nunca logrará acercarse totalmente. No han nacido luces de colores que superen la belleza de una noche estrellada con luz de luna. No ha nacido confort que consiga superar el entrañable color y calor que desprende el portal de Belén. Ojalá este año los pensamientos no te despisten; no intentes sacar conclusiones ni establecer consecuencias. Este año contempla y agradece… y como un “pastor o pastora del montón” que tu vida sea contemplación, serenidad, silencio y saber estar. Que seas, en tu entorno, un anuncio creíble de felicidad, porque sin saber cómo, eres feliz donde estás, como eres, con quien estás y con quien añoras. Eres feliz porque es Navidad, y ahora es cuando nace la vida para los que saben que lo importante solo cabe en el corazón.