martes, 27 julio, 2021

AUDACIA EN TIEMPOS INCIERTOS

Ante noticias que nos llegan y alarman -y que expresan lo que está ocurriendo en la sociedad y en la iglesia- no es extraño que -como en tiempos de Jesús sus discípulos- también nosotros hoy le digamos: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos? “. ¡No damos abasto achicando el agua que nos inunda!. Y Jesús ¡parece dormido!

El pecado de “micro-pistía”

Solemos pensar -casi siempre- que la falta de fe es aquella que detectamos en los otros, pero no la que existe en nosotros. Y la verdad es que nos falta fe y confianza en Dios. Jesús se lo recriminaba a sus discípulos. “¡Adolecéis de micro-pistía, de poca fe!”.

Cuando los discípulos no son capaces de salvarse del hundimiento, sólo oyen un reproche: ¿Por qué sois tan cobardes, hombres de poca fe -micro-pistia?

Nuestra fe es tan pequeña que es incluso más insignificante que un grano de mostaza. La cuestión es entonces: ¿en quién ponemos nuestra confianza? Pues frecuentemente ¡en nuestro “ego” y sus dictados!

¡Despertemos a nuestro Señor!

Cuando hacemos despertar al Jesús que parece dormido,

Él nos muestra que basta su voz imperativa para que todo se solucione,

para que el mar entre en calma y ¡no pase nada!

Hemos de dejar a Jesús actuar “a su hora”. Su Iglesia debe aprender a ser paciente.

Quienes confiamos en Jesús, en su Palabra, en su Poder, en su Presencia, sabemos que:

a Él le cabe toda la responsabilidad. Él es el Señor de la historia y de la naturaleza. Él es el Liberador, el Redentor;

de seguro va a cumplir con la misión recibida del Abbá y para la que cuenta con el Espíritu Santo y también con nosotros.

Jesús es capaz -con instrumentos débiles- de confundir a los fuertes.

Aunque nuestra confianza en Él sea débil, Él sacará adelante todos los proyectos de Dios su Padre y al final llegará la calma, la paz, la salvación.

¿En quienes de entre nosotros se muestra el rostro confiado y un tanto despreocupado de Jesús?

Necesitamos representantes que muestren ante la sociedad el rostro confiado, amable, seductor y un tanto despreocupado de Jesús.

Necesitamos una Iglesia con moral alta,

que no se vuelva rígida, ni intolerante, ni susceptible;

una iglesia que sabe de quién se ha fiado y que no tiene ataque de nervios;

necesitamos la iglesia del buen humor, que no tiene miedo a la opinión pública, que sabe jugar, pero que al mismo tiempo es inteligente, aguda, ingeniosa.

El himno de la caridad (1 Cor 13) dice que el Amor no le da importancia al Mal.

Por eso, la iglesia de Jesús tampoco debe darle tanta importancia al Mal, porque es consciente de que con el menor gesto, Jesús libera del mal a la sociedad, a la naturaleza.

Jesús nos quiere valientes, entusiastas y no cobardes y deprimidos, con una secreta seguridad de que vamos a perder todo poco a poco.

El amor que Jesús nos tiene

El único remedio contra la cobardía es dejarnos amar por Jesús y saber que Él cuida de nosotros. ¡”Nos apremia el amor de Cristo”, el amor que Jesús nos tiene! Ese apremio debe notarse en todas nuestras apariciones públicas. ¡No el amor que nosotros tenemos a Jesús, sino el Amor que Jesús nos tiene y tiene a la sociedad entera! Que manifestemos que ama a todos, a mujeres y hombres, a los de una raza y otra, a los de una tendencia política y otra, a los de un equipo u otro, a los de un movimiento u otro.

Si creemos de verdad en Jesús, que actúa, que nos ama, que no nos deja de su mano, ¡devolvámosle a Él todo el protagonismo! y no hagamos de nuestra responsabilidad, una forma de suplantarlo. Y con Él a nuestra derecha, ¡nada hemos de temer! Él es ese jugador genial, que en el último minuto, puede hacer que la remontada sea real y lleguemos a ganar el partido.

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