¿DÓNDE TIENE QUE ESTAR LA VIDA RELIGIOSA?

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Ha fallecido J.Bautista Libânio el pasado 30 de enero.

El sacerdote jesuita, uno de los teólogos de la teología de la liberación Respetado, Padre Juan Bautista Libanio murió la madrugada del jueves en la ciudad de Curitiba, donde dirigió un retiro para los maestros. Tenía 81 años y sufrió un ataque al corazón.Libanio se graduó de la Hochschule Sankt Georgen por la teología en Frankfurt (Alemania) y se doctoró por la Universidad Gregoriana (PUG), Roma. Fue profesor de Teología de la PUC-Rio, PUC Minas Gerais y Unisinos, en Río Grande do Sul. En los últimos tiempos la enseñanza en Faje (Jesuit Facultad de Filosofía y Teología), en Belo Horizonte.Vivió en Minas Gerais, donde fue vicario de la parroquia de Nuestra Señora de Lourdes en Vespasiano, Gran BH.

(Último artículo suyo publicado en Vr).

-Allí donde Jesucristo palestino prefirió estar. Los predilectos de Jesús se clasifican en tres grupos. Primero aquellos que se sentían rechazados por Dios por razón de la cultura religiosa de su tiempo: los pecadores, las prostitutas, las adúlteras, los publicanos y los endemoniados. En segundo lugar, los mismos u otros que no participaban de la vida social religiosa judía, especialmente los leprosos, los samaritanos, las mujeres sin hogar. Y finalmente los avergonzados y sufridores de la pobreza material como los vagabundos o los explotados por los cobradores de impuestos. Ahí estaba Jesús.

¿Y hoy? Ahí están los rechazados, los marginados por su sexualidad, los prisioneros, los condenados por los tribunales y por la prensa. ¿Quién de la Iglesia piensa en ellos? Execrados por todos. El religioso puede llevarles otra imagen del Dios de la misericordia, del perdón, del amor.

Los millones de indocumentados que dejaron el propio país o región en búsqueda de mejor vida viven amenazados por la policía como ilegales, por los vecinos como indeseables, dentro de sí como desprotegidos. Cabe a los religiosos ser un primer abrigo de acogida, de cuidado, de seguridad.

Otros viven en clínicas y asilos de ancianos, sin visita de familiares, en la noche afectiva del desprecio. Carecen de presencia y de una mirada de acogida y cariño. ¿Quién se lo dará? Para eso existen los consagrados y consagradas a Dios y a los hermanos.

¿Qué decir de los que carecen de los bienes necesarios para la existencia: pasan hambre, están desamparados o no tienen techo? Son individuos, regiones, países y continentes. Merecen la primera mirada de la vida consagrada.

Y finalmente, hay fronteras difíciles de ser alcanzadas por la vida consagrada. En ellas están los ateos, los satisfechos consigo hasta prescindir de Dios, los poblados de preguntas de las ciencias modernas a la espera de una palabra profética que los sacuda. ¿Quién sabe si los religiosos llegarán hasta allá para despertarlos de ese sueño de la inconsciencia y de la alienación?