HACIA UNA MÍSTICA DE LOS SENTIDOS

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«La vida religiosa ve, oye, toca, huele y saborea la realidad del mundo de primera mano. Intuye la falta de amor antes que nadie»

Anna Sánchez Boira, mn (Ende-Flores/Indonesia)

El mundo, fuente de inspiración

La vida religiosa halla en el mundo su fuente de inspiración; es en él donde los fundadores y fundadoras sintieron la llamada particular del Señor –la experiencia fundante– que les impulsó a salir de sí mismos para ir al encuentro del otro. El profeta percibe que el Señor lo llama, lo provoca, es la experiencia fundante de la llamada: «Y percibí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré?, ¿quién irá de nuestra parte?”. Dije: “Yo mismo: envíame”» Is 6,8.

Esta palabra insinuada en la vida diaria con su cansancio, problemas y rutinas se convierte en experiencia de encuentro con Dios porque en la conciencia de formar parte del mundo se fortalece la solidaridad entre los pueblos y la comunión con la humanidad entera. La experiencia profética se nutre de la vivencia mística, y ambas urgen al compromiso social, no en las grandes causas de la humanidad, sino en los pequeños gestos de todo lo humano. La calidad de la misión no depende tanto, o ni mucho menos, de la profesionalidad del misionero, sino de su fidelidad al Espíritu. O el Espíritu guía la vida religiosa o nos diluiremos entre los excelentes profesionales o los competentes voluntarios con los que cuenta el mundo. La vida religiosa tiene un no sé qué que viene de lo Alto, que es don y gracia. La profecía tiene su mirada puesta en el acontecimiento salvífico que actúa más allá del tiempo, vive la tensión entre el ya y el todavía no, entre la salvación inicial y el cumplimiento final.

Con el término mística, me refiero a una experiencia personal de Dios que abarca toda la persona; un encuentro tan envolvente y dinamizador que solo puede ser de Dios, allí presente, ante mí, conmigo, que me habla a mí directamente. La mística entendida como una experiencia que fluye en lo más íntimo en un doble sentido, de la humanidad a Dios, de Dios a la humanidad; lo más humano y lo más divino: “La mística es sobre todo encuentro, deseo de salir hacia el otro, experiencia profunda de humanidad que nos lanza a la pasión del amor sin límite”1.

Mística de los sentidos

La teología mística de los ojos abiertos de Johan Baptist Metz subraya que “también los ojos pueden ser un órgano de la gracia, y de que lo que miran puede llevarnos al centro mismo de la fe y así saciar nuestra ‘hambre de experiencia’ –al menos unos instantes de mirada– para poder juzgar y actuar con la fuerza inspiradora de estos ojos bien abiertos”2.

Pero la mirada genera responsabilidad, porque quien mira es mirado, y ¿quién va a permanecer indiferente ante el sufrimiento de esos ojos suplicantes? Jesús mira el dolor de los hombres. La empatía por el dolor ajeno define su actitud de vida que le une inseparablemente el amor a Dios y el amor al prójimo: “la pasión de Dios como compasión, como mística de la compasión (…). Un cristianismo que se pregunte qué mensaje puede ofrecer al mundo globalizado de hoy debe hablar del espíritu de la compasión nacido de la Pasión divina”3. Pero la compasión es compartir el dolor ajeno, compartir con el otro su pasión; por tanto, implica una cierta complicidad entre las dos partes. La bondad que hay en mí responde –compasión– a una situación que ha tocado mi corazón.

La mística de los ojos abiertos se ha expresado con otros nombres: la mística de los pies en tierra, de lo cotidiano, del encuentro, de los sentidos… Aquí voy a referirme a la mística de los sentidos que nos abren al mundo y despiertan nuestra capacidad de recepción-acción ante la realidad. Nuestra relación con lo externo a nosotros se realiza a través del cuerpo; este reacciona y se manifiesta de modo diverso por medio de los sentidos. Por naturaleza poseemos los cinco sentidos (hay quien habla de seis e incluso de treinta), pero todos no somos sensibles en igual medida a los estímulos-realidades externas que recibimos. Desarrollamos unos sentidos más que otros, por naturaleza o por necesidad de adaptación. Ciertamente, a veces los sentidos no solo son los mejores comunicadores de nuestra propia realidad, sino que interpretan mejor y más intensamente las ‘impresiones’ que nos penetran.

Hay que ‘educarnos’ en los sentidos para reflexionar sobre la vida e implicarse en ella. Como san Ignacio advierte en los Ejercicios Espirituales, estamos llamados a “sentir y gustar las cosas internamente”. La mística de los sentidos se centra en esta llamada a “sentir y gustar las cosas internamente”, es decir, presente entre y en medio de ellas.

Me refiero a los sentidos como medio, contacto, diálogo, comunicación, encuentro con lo exterior, la realidad, el otro, es decir, Dios en el mundo. Los sentidos se convierten en expresión –de fuera hacia nuestro interior– de gozos, alegrías, miedos, tensiones, necesidades, peligros, belleza, deseos (procedentes de fuera); y las emociones más variadas, ricas, sutiles del ser humano ‘afectado’ por el otro en su interioridad (en nuestro interior). Dos movimientos, el mundo interior y el mundo exterior, que en la vida de oración se dan simultáneamente, hasta se confunden, porque es Dios mismo presente en mí y en la humanidad. Antonietta Potente afirma que “no existe una mística sin la implicación del cuerpo y el cuerpo es posibilidad de unión”4, cuerpo y alma en uno.

El conocimiento interno de la realidad implica un compromiso que a veces se expresa con afecto, ternura, compasión. Ver-oír- tocar-saborear-oler el sufrimiento del otro suscita respuestas, ¿un abrazo, una caricia? Nuestra ternura aflora abiertamente, nos hace de carne, humanos, sensibles, es expresión del amor. El corazón es apasionado, natural, vida. Jesús se rodeó de la gente, se acercaba a las multitudes, se dejaba ‘tocar’, no era huraño; era Dios hecho carne, humano con toda la humanidad. Especialmente, me gusta recordar a Jesús con los niños: “Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo estrechó entre sus brazos” Mc 9,36.

Tolentino de Mendonça precisa la concepción del cuerpo como gramática de Dios, su lengua materna: “La precariedad y fragilidad del cuerpo; el grito, universal y concreto, que nos brota; su común y cotidiana respiración, nos acercan más a Dios que cualquier elaboración conceptual”5. En esta mística de los sentidos, estos nos abren al encuentro de Dios, porque el encuentro de la historia divina con la historia humana se realiza en el instante y en lo concreto. La mística del instante nos sitúa en el interior de la presencia y realidad finita. Mirar la sangre derramada, oír los lamentos de los crucificados, el olor a la multitud, tocar el cuerpo frío, saborear la hiel amarga… la cruz de Cristo finita, sigue siendo sufrimiento humano. El amor de la cruz es un amor compasivo, un amor redentor, que carga con las cruces de la humanidad. Una palabra de eternidad que nos acerca a ver lo imperceptible, a oír el silencio, a tocar lo impalpable, a saborear lo frugal, a percibir el aroma.

Jesús, enraizado en su tierra

Jesús debió ser una persona fascinante, de aquellas que cuando pasa deja su rastro. Por las narraciones evangélicas podemos deducir que su lenguaje poseía un poder expresivo transformador. Jesús se hace presente de forma arrolladora con la mirada, la palabra y el silencio, el olfato, el gusto o el tacto. Recordemos las escenas del seguimiento, se valen de muy pocas palabras y muchos gestos: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres». Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron Mt 4,17-20; y «Sígueme». Él se levantó y le siguió Mt 9,9. Muy significativo es el lavatorio de los pies: “Luego echa agua en un lebrillo y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido” Jn 13,5.

Jesús no teme el contagio, podemos decir en este tiempo de pandemia que limita los contactos: «Él extendió la mano, le tocó y dijo: “Quiero, queda limpio”» Mt 8,2-3.

Tampoco nos debería parecer tan extraño el episodio del perfume; pues la cultura oriental siente una especial predilección hacia los aromas y perfumes que suelen emanar por sus calles: “Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume…” Lc 7,36-48.

La humanidad de Jesús es su fortaleza a la vez que su debilidad. Jesús obra milagros –siente compasión–, elige a los discípulos, se manifiesta sensible a todo lo humano, pero también prueba el dolor-fracaso del pecado de la humanidad en la cruz.

Dejarse “im-presionar” por nuestros sentidos

A través de los sentidos podemos ahondar y comprender la realidad con una sabiduría delicada, la mística de los sentidos: percibir, vibrar, llorar, doler, palpar,… Sin la mediación del cuerpo no experimentamos nada, por lo menos no reaccionamos ni comunicamos. De lo inmanente pasamos a la experiencia interior y transcendente. No podemos prescindir de los sentidos y pasar a ser teóricos o abstractos, incapaces de ser afectados por el otro. En la vida tenemos miles de vivencias, impactantes y reveladoras que suscitan impresiones, emociones, sentimientos… son vivencias que tocan el interior, y ¿quién, sino Dios ‘toca’ nuestro corazón? Son tiempos más o menos breves –el instante– que deja su impresión y desaparece. Cuando lo finito y real nos afectan, el corazón alcanza tan altos vuelos que nos es imposible atrapar; la experiencia personal de lo cotidiano sufre una transformación progresiva, agradable, pacífica, que engendra vida interior, caminos que van desvelándose para uno mismo y para los demás, hasta el punto que la mística brota de la palabra, la mirada, el gesto, el deleite o el aroma que se desprende de la vida concreta.

Thomas Merton decía que la mística solo puede ser una experiencia cotidiana, solidaria e integradora. ¡Qué lejos de la descripción de la mística como algo abstracto, extravagante y singular, distante de lo corpóreo y mundano, de otros tiempos! Los sentidos nos comunican una experiencia inesperada o única, inspirada por el momento, el instante humano que, aun siendo humano, no deja de ser también espiritual. Los sentidos nos abren a la vida, a la belleza, a la admiración, a la alegría, que brotan de nuestro ser, cuerpo y alma. Que los sentidos nos adentran en el mundo no cabe la menor duda; pero dependerá de las repuestas que uno esté dispuesto a dar a las preguntas que surgen espontánea-mente: ¿Hacia dónde dirijo mi mirada?, ¿por quién me dejo mirar?, ¿mantengo la mirada o la esquivo?; ¿a quién escucho?, ¿qué escucho?, ¿qué me molesta o me asusta?, ¿cuándo hago ver que escucho?, ¿por qué?, ¿qué olores me llegan?, ¿cuáles me repugnan…, y me alejo?, ¿por quién me dejo tocar? ¿de quién rechazo un abrazo…?; ¿con quién me siento en la mesa?, ¿qué narraciones nos cuentan sus vidas?, ¿qué quieres de mí, Señor?

La mujer, y la religiosa también, posee un talento especial para expresarse a través del cuerpo: “Por su naturaleza biológica y psíquica la mujer tiene mayor relación con su propio cuerpo y se expresan mejor y más con un lenguaje que hace referencia al cuerpo, a los sentidos, incluso desde un aspecto sensual, sentimientos, lenguaje no verbal, al cuidado de la vida…”6.

La religiosa es la que ‘percibe’ esta presencia en el gozo y en el dolor; particularmente este reclama su atención, porque allí Dios sufre, allí hay alguien que necesita su mano, su compañía, su mirada, su ternura, sus lágrimas. Es un misterio, no voy a negarlo, pero Dios es el Misterio de Amor inefable. Los sentidos nos abren al placer y al dolor, a la alegría de vivir y a la tristeza del sufrimiento. En uno y otro caso, los sentidos nos unen y nos hacen uno con el otro; nos invitan a celebrar el gozo y a abrazar el sufrimiento.

Los sentidos nos hablan del mundo, nos ayudan a conocerlo, nos ofrecen miradas lúcidas y vidas comprometidas, miradas perdidas y vidas sin rumbo que nos interpelan y afectan. La oración se nutre de estas miradas, de sus palabras y silencios, de sus gestos…, porque es Dios mismo que se nos hace presente. Llevar la vida a la oración y la oración a la vida. No son dos tiempos separados, sino dos tiempos que tienen necesidad de nutrirse para ser vida de Cristo en el mundo.

¿Qué nos revelan los sentidos? Los sentidos revelan quiénes somos, qué nos interesa, qué nos afecta, dónde estamos y con quién nos relacionamos. La vida religiosa se ha sentido urgida a salir, pero no basta. No es suficiente estar en el mundo, sino que nos pide que nos impliquemos. El amor a Dios nos urge. Sea como sea, conocer, experimentar directamente en el terreno, cambia las perspectivas; conocer es el primer paso para amar, para entusiasmarse y para compadecerse. Empaparse de la realidad y ensuciarse, –hasta oler a ‘ovejas’ si uno está con el rebaño– como dice el papa Francisco a los sacerdotes, y aplicable a todos los cristianos, será un buen síntoma.

“Esto os pido: sed pastores con ‘olor a oveja’, que eso se note (…). Es bueno que la realidad misma nos lleve a ir allí donde lo que somos por gracia se muestra claramente como pura gracia, en ese mar del mundo actual donde solo vale la unción –y no la función– y resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de Aquél de quien nos hemos fiado: Jesús”7.

Porque cuando se vuelve la mirada al mundo, cuando se escucha el lamento desgarrado, cuando se palpa el sabor amargo de la muerte, cuando se camina entre el hedor de las calles, cuando uno se deja tocar por las manos sucias y ásperas… a la mujer de Dios le duele, le duele tanto, que sale a su encuentro. ¿Qué es lo que causa tanto daño que lanza a la misión? Cristo crucificado, el dolor de mis hermanas y hermanos crucificados hoy; la llamada de Dios a ser signo de esperanza ya aquí para ellos me urge a seguir a Cristo, a vivir y morir por la humanidad como Él hizo.

Los sentidos necesitan tiempo para poder desentrañar el ‘pedacito’ de vida que se nos ofrece; y detenerse, disfrutarlo, contemplarlo, saborearlo con toda su hondura para percibir a Cristo en la humanidad; dejar que me hable, se me revele, es decir, que me afecte y transforme. Somos ‘universales’ en la medida que asumimos nuestro pequeño hogar, nuestros sufrimientos, el dolor de los que están junto a mí; desde mi realidad concreta es que me afecta la realidad universal.

No son las razones humanas las que justifican mis actos, sino la experiencia de amor de un Dios personal que me ama y que por amor ha entregado su vida por mí. La mística de los sentidos descubre la realidad desde Dios, conecta con lo más profundo e íntimo de la persona para, por gracia, desvelar a Cristo. Nuestra misión surge de nuestro encuentro personal con el Señor que nos envía al mundo, y de nuestro encuentro con el otro que nos habla del amor del Señor que vivió, murió y resucitó por la humanidad.

Esta experiencia es un don con el que Dios se nos entrega para entregar-nos a los demás. Amar mucho al mundo nos llevará a amar mucho a Dios. La mística del siglo XXI nos sitúa junto al compromiso social porque empuja a la acción práctica de la fe caracterizada por el testimonio. Jean-Claude Lavinge, op, nos regala una invitación: “visitar el mundo”.

Por eso estamos llamados a implicarnos con y en la humanidad, a reconocer en sus aspiraciones, luchas, dudas, miedos, preguntas… un deseo más profundo, el de ver el rostro de Dios; a iluminar, enardecer, despertar y crear el único deseo verdadero de la persona, aunque ni ella misma lo sepa. Nuestro mundo necesita una mirada comprensiva, benévola y misericordiosa. Nuestra presencia y cercanía es presencia relacional-dialógica, comunicativa y expresiva a través del lenguaje corporal y afectivo, todo corazón e inteligencia. La vida religiosa, innovadora y visionaria, está llamada a ser madre y maestra, servicial, atenta, profesional, dispuesta; posee la sabiduría de la belleza, el arte de la cotidianeidad, del diálogo y el encuentro, la fidelidad a la promesa y la flexibilidad en la misión; para la vida religiosa no existen los problemas, sino las soluciones, porque es vida para los demás, se pierde en los demás y se da sin condiciones.

Una vida religiosa profética

La vida religiosa alrededor del mundo afina los sentidos para ver lo que ve el Señor, ver al mismo Señor allí, esperándonos. Los sentidos nos informan sobre el exterior, pero están conectados con nuestro corazón; solo entonces se conmueven, padecen y lloran, solo entonces salen al encuentro de los más pobres de la tierra para andar con ellos el camino cargando su cruz. Por esto es imprescindible crear comunidades proféticas, comunidades universales, de hermanas y hermanos, un solo pueblo en el Señor. La misión está ahí, y la alegría del misionero está en la tierra, allí donde se trabaja, se llora, se ríe, se reza.

La vida religiosa en el mundo ‘ve-oye-toca-huele-saborea’ la realidad de primera mano, e intuye y capta antes que nadie la falta de amor; es Cristo que necesita nuestras manos, ojos, oídos, es en medio del mundo que las palabras del profeta resuenan en mí: «percibí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré?, ¿quién irá de nuestra parte?”. Y digo: “Yo mismo: envíame”» Is 6,8.

 

1 Fernández Barrajón, Alejandro, Recuperar la mística y la profecía en la vida consagrada, XXXI semana de estudios monásticos, Salamanca, 2007:

www.sem-web.org/files/Documentos%20subidos/Salamanca%2007/recuperarmistica.pdf

2  Id., Por una mística de ojos abiertos…, op. cit., p. 51.

3 Ibid., p. 63.

4 Potente, Antonietta, Come il pesce che sta nel mare, op. cit., “Non esiste una mistica senza il coinvolgimento del corpo e il corpo è possibilità di unione”, p. 79.

5 Mendonça (de), José Tolentino, Hacia una espiritualidad de los sentidos, (= Fragmentos 46) Fragmenta Editorial, Barcelona 2016.

6  Farina, Marcella, Donne consacrate oggi…, op. cit., p. 201.

7 Francisco, Homilía de Santa Misa Crismal, Basílica Vaticana, Jueves Santo 28 marzo 2013: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2013/documents/papa-francesco_20130328_messa-crismale.html