EL LIBRO

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(Dolores Aleixandre). Al escuchar la palabra “Libro” en la vida consagrada, lo normal sería  pensar en  la Biblia, pero resulta que no. Y  creo que no me equivoco mucho al  afirmar  que  una gran mayoría considera el Diurnal como su  “Libro” por excelencia. Me lo confirma esta anécdota de Pablo D’Ors en su libro Entusiasmo: “Todo lo que necesitas saber está  aquí  –me dijo uno de mis connovicios aquella noche y me mostró el breviario–. ¿Todo?, le pregunté yo totalmente incrédulo. Sí, lo confieso: por un momento pensé que todo lo que debía saber de la vida estaba escrito en aquel libro de rezos. Julián me explicó que aquel Diurnal era lo que se rezaba en la comunidad”. Dejo fuera de cuestión los beneficios, ventajas y conveniencia del rezo de las Horas en nuestras comunidades, pero me atrevo a expresar una sospecha que me habita hace tiempo, consciente de que su expresión por escrito puede resultar molesta y hasta escandalosa para algunos. Y es la constatación de que, dada nuestra capacidad de deteriorar lo valioso, puede ocurrir y de hecho ocurre, que el rezo de las Horas se convierte en algo bastante parecido a un esperpento: recitación a toda pastilla, ausencia  de silencios, galope desenfrenado por estrofas, antífonas,  himnos o lecturas, reprimenda gestual  a quien se equivoca en algún detalle.

Y como estoy convencida de que “hay vida” y vida orante más allá de los Laudes y las Vísperas y de que  existen otros modos de orar que no pasan por la recitación de una serie de Salmos distribuida por semanas, se me ocurre esta propuesta de ayuno litúrgico: dejar el Libro de Horas fuera de la capilla y entrar en ella con las manos vacías, el alma humilde, la boca cerrada y el corazón silencioso dispuesto a escuchar. Bastaría un tiempo prolongado de silencio juntos, la lectura de un solo salmo, de un estribillo susurrado lentamente o un canto repetitivo para abrir en nosotros espacio para acoger la presencia de Aquel que nos espera.

Creo sinceramente que este ayuno podría venirnos de maravilla y que no nos ocurriría nada malo por pasar un mes entero sin nombrar a los enemigos que están bajo el estrado de sus pies, sin recordar a esos fieles con espadas de dos filos en las manos que ejecutan la sentencia dictada y sin cantar el himno al Cordero degollado.

Eso dando por supuesto que ni a Sijón, rey de los amorreos ni a Og, rey de Basán va a bajarles la autoestima por desaparecer de nuestro horizonte durante un breve tiempo. Y no digamos a  Ananías, Azarías y Misael que están siempre a lo suyo de bendecir al Señor.

A lo mejor después de ese ayuno, el  Diurnal se nos convierte en un sabroso banquete.