El centro de la vida religiosa (y II)

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Nuestra razón de ser

Ofrecer lo que creemos

Mi amigo, que tiene varios lustros más que yo, me indicó, sin pretender enseñar, que un rasgo esencial de la vida religiosa es la inculturación. El vivir al ritmo de la época. Que la inducción hacia la trascendencia en cada contexto sólo se da cuando hay personas que la hacen posible y creen en ella. Hace unos meses aludiendo al Año de la fe, decía sencillamente: “lo que hace falta es personas que, en verdad, crean”, lo hacía comentando determinadas terapias-espectáculo con las que pretendemos comunicar qué significa creer a base de fuerza y número. Él, formado en la escolástica, resulta que es un ejemplo claro de que la evangelización crece en el diálogo y la aceptación del lugar donde está la persona. Así, no vive la pluralidad como peligro, ni la interculturalidad como contaminación. Así, reitera que la vida religiosa es la palabra ágil de la Iglesia para este tiempo, porque curiosamente, es la única forma de vida que puede rehacerse desde lo que Dios está sugiriendo para hacerse comprensible para esta época.

Comprender lo que vivimos

La mayor parte de las cosas que se escriben sobre la vida religiosa le resultan útiles. También en esto es rara avis porque no tiene otro tipo de pretensión respecto a la verdad, sólo admirarla. Él es de los que da ejemplo en el siempre aprender. No tiene tanto prejuicio como para situar autores en el índice de lo prohibido. Una mañana que pasó a saludarme, me comentó: “te das cuenta de la riqueza que supone la información”. Y me relató varios acontecimientos ocurridos a miles de kilómetros que supondrían un cambio muy significativo en la humanidad. Aquel día habían confluido una manifestación en Buenos Aires, un encierro en Sudáfrica, la construcción de un gigantesco puente en Australia y un acto académico en Paris… Conocerlo todo y quedarse con lo bueno, «es una oportunidad para quien, enamorado del evangelio, lea la vida y la historia, como historia de Salvación», suele repetir. No le gustan determinados editoriales de los periódicos porque sostiene que la ideología es enemiga de la verdad. Por eso su editorial diario lo hace de distintas publicaciones. Es un ejercicio sencillo, casi matemático suele ejemplificar, «si quitas todo lo que va contra, sueles encontrar todo lo que, de verdad es». También sobre este asunto de las ideologías tiene sus enseñanzas, en lo que se refiere a la Iglesia. Este tiempo necesita personas con horizontes amplios en los cuales sólo se busque a un Dios que se ha empeñado en hacer camino con la humanidad. Filosóficamente es un tiempo muy rico, dice mi anciano amigo, -el quiere que lo llame viejo-, porque es más real y que, «como los polos opuestos se atraen, está encantado con este tiempo porque es nuevo y se encuentra a gusto en él». En esto también rompe el molde, al menos a mí me lo parece, cuando sin forzar el discurso es capaz de encontrar aspectos muy positivos en el tono y el fondo de la juventud. Por ejemplo, dice él, que le gusta encontrar y ver a los jóvenes en sus ámbitos y no tanto en los que nosotros les proporcionamos. En estos últimos, afirma, hacen y dicen lo que a nosotros nos gusta oír, no tanto lo que, de verdad, circula por sus venas y, claro, así nunca llegamos a tener noticia real de cómo es en realidad la juventud. Por eso aplaude cuando ve presencias arriesgadas de la vida religiosa en espacios conquistados por los jóvenes… Dice, con gracia, que la cuestión no es adoctrinar, sino entender. Y hoy, desgraciadamente, estamos confundiendo la pastoral de juventud con adoctrinamiento, aunque no se entienda nada.