DOS AMIGOS. TRES DÉCADAS. EL TRIGO Y LA CIZAÑA

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Seguramente pocos de nosotros podemos decir que hemos visto el trigo y muchos menos la cizaña. Sin embargo, en sentido figurado, y gracias a la buena pedagogía del evangelio, todos identificamos trigo y cizaña en ese haz plural que comprende la vida donde el bien y el mal; la gracia y el pecado siempre bailan una danza difícil de interpretar.

Cuando nos referimos a la vida consagrada y sus signos de amor y desamor, se me ocurre que un criterio previo es no caer en la mirada purista. Aquella que se queda en los todavía presentes rasgos de perfección y no permiten ver la hondura de la consagración encarnada en el corazón del hombre y la mujer que son y deben ser muy humanos.  Las visiones estrictas que pretenden reivindicar la donación absoluta y bella sin mácula, son tan perfectas que, por serlo, son imposibles. El reencuentro con la humanidad es, a nuestro modo de ver, la posibilidad de la vida consagrada de este siglo XXI. Quizá por ello y por la búsqueda de la verdad nunca como ahora hemos experimentado una debilidad que nos desconcierta y duele, pero, a la vez, descubrimos en ella esa parte de verdad, no contaminada, que estamos seguros será el «rudimento» en el cual se ha de situar una nueva vida consagrada referente y resonante de los valores de humanidad y verdad que también circulan en esta cultura.

Recientemente he tenido la oportunidad de escuchar a dos personas que quieren a la vida consagrada. Uno de ellos lleva años luchándola creativamente para hacerla signo en un presente desconcertante. Otra lleva menos años, pero todos los de su vida son en sí desconcertantes. Abiertamente contrario a la resignación y al estilismo barroco en el que frecuentemente encerramos nuestros valores, de manera que se quedan, sin contaminar, enteramente para nosotros y nuestros «relatos de comedor». Ya saben, ese discurso que suena bello, pero también imposible, invivible y vacío. Los dos tienen muchas cosas en común porque además comparten abiertamente que este don carismático ha de abrirse, experimentarse de otros modos y formas. Los dos creen en la misión compartida no como experimento, sino como vida. Los dos me decían, de diversas maneras, que la felicidad no está en que te hagan caso o reconozcan, sino en no perder la libertad de la palabra, la capacidad para pensar y en ir recreando pequeñas experiencias de verdad que sean procesos generadores de vida. Ambos, a su manera, me remitieron a gestos y parábolas tan sencillas como el trigo y la cizaña.

El primero de ellos me ayudó, sin saberlo él, en un momento delicado de mi misión. Su respuesta decidida y su aparecer en mi vida como si siempre hubiésemos hablado el mismo idioma y jugado en el mismo campo, me hizo entender entonces, que quienes buscan a Dios y se saben llamados a la vida consagrada, se encuentran y no tienen dificultad en compartir, y crear nuevos espacios. El otro lo conozco desde hace más años. He podido comprobar cómo ha sabido crecer y tomar su propia rienda vital más allá de la devoción y amistad personal que nos une. He llegado a constatar que nos mantenemos muy cerca gracias a la enorme distancia de visión que nos separa. Eso sí, nos encontramos en una fe inquebrantable, mucho más densa y profunda que las brechas de apetencia o gusto suelen trazar en las existencias.

El primero tiene una edad ya elevada. Sigue viajando y sirviendo a la causa con corazón joven, aunque su cuerpo va diciendo que se cansa. Se llena de esperanza con los valores que transciende ya su persona: piensa y se piensa en clave de Iglesia y muy poco en la pequeña parcela de su congregación. Sigue sintiendo la fuerza de la pertenencia, pero está muy lejos de facciones y grupos; de visiones parciales o «provincianas». Sabe que su momento fue otro y mira con una sonrisa los impulsos y esfuerzos de sus hermanos por construir un presente creativo y posible. Pertenece, este amigo, a ese grupo de religiosos que, muy jóvenes su congregación los envió a estudiar a ateneos europeos donde comenzaron a respirar aquella materia que hoy denominamos interculturalidad, pero que, en su caso, se ha convertido en un estilo claro de ser y proponer. Su congregación es más pequeña que la mía, pero como él bien dice, no se sabe muy bien para qué institución es más incierto el futuro.

El más joven pertenece a mi congregación. Gracias a Dios todavía se le nota que ha tenido que luchar por su decisión. Nunca lo ha tenido fácil, si así hubiera sido, no sería él. Sin embargo, posee una antropología serena y feliz. Desconcertantemente feliz. Ve el futuro muy diferente al presente y no tiene miedo en decirlo. Cuestiona lo que se hace y propone; sueña con que las cosas se puedan hacer de otra manera. Cree en las distancias cortas y es de los típicos, no tópicos, que cree que lo de este tiempo es crear, abrir y no transitar por caminos ya muy hechos.

El punto de encuentro de estas dos personas es la vida y su ritmo imparable. Ambos creen que es una oportunidad perdida justificar lo que somos y pensamos con citas de ayer. No creen en la seguridad de la historia, sino que la leen, nunca mejor dicho, como «tierras movedizas» por su diferente percepción dependiendo desde dónde te sitúes. Creen que hay que recuperar una libertad perdida y una gracia que está haciéndose presente y palpable en personas concretas, comunidades concretas y estilos concretos. En esta pluralidad desbordante no todo vale, ni es lo mismo. Dicen que esta «revolución industrial» de la vida consagrada es artificial y que se ha de desmontar no desde el fracaso, sino desde la mística. Este intento por hacernos presentes, incluso imprescindibles, no es nuestro, sino que es, algo así, como una huida hacia adelante para no reparar en la fragmentación interior que está en la base de toda decisión de fortaleza.

Estos dos amigos, separados por más de tres décadas de edad tienen parecidos muy desconcertantes. Y curiosamente, representan para mí, la unión posible de una generación intergeneracional creativa y posible. Están profundamente unidos en un fondo de comprensión que no impide formas abiertamente diferentes.

El otro día, en circunstancias distintas, los dos me hablaron del trigo y la cizaña y me sorprendió la coincidencia. Por lo oportuno, sugerente, transgresora y creativa. Ambos, a su manera y desde su visión, me dijeron abiertamente que conforme el trigo madura, se hace visible la cizaña. No antes, ni —supongo— después. Es cuestión del instante, tan imperceptible para las dioptrías de la fe. Ambos creen que este tiempo merece la pena porque hay signos de madurez en el trigo. Hay ideas y ganas de apertura. Pero también —y es normal— hay signos de cizaña, o presencias con miedo, tensión por lo de siempre, afán de poder miserable, costumbre sin discernimiento, consumo y pobreza personal envuelta en envidias y celos. Ambos, dicen con claridad, que el trigo y la cizaña, no hacen referencia a unos buenos que comunican su esperanza a este mundo malo. Ellos creen, y no están equivocados, que la comunidad de consagrados hoy es un buen laboratorio donde apenas observes, el trigo y la cizaña van madurando. La clave está en mantenerse firme, sembrar pensando en trigo y no en cizaña, aceptar que conforme la presencia de cizaña se hace más fuerte, quiere decir que el trigo desborda. Quiere esto decir que el poder transformador se encierra en una experiencia tan ambigua como sorprendente como es vivir en comunidad donde, lentamente, va germinando el trigo que, a su vez, provoca que algunos granos de cizaña no les quede más remedio que aparecer. Es el proceso purificador y generador. Es la vida donde todo sucede, está unido y es posible. Es la mirada de dos amigos, separados por tres décadas y conscientes de que también, en la comunidad, hay trigo y cizaña.