Dificultades en la transmisión de la fe

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Transmitir la fe es una necesidad ineludible de todo creyente. Necesidad que brota de una experiencia, la experiencia del cambio de vida que acontece a todo el que se encuentra con Jesús. Sin esa experiencia previa no sólo no hay necesidad, sino ni siquiera posibilidad de transmitir la fe. Pues no se puede ofrecer lo que no se tiene.

Supuesta la experiencia del encuentro con Jesús, la transmisión de la fe topa con una serie de dificultades. Dificultades de siempre, aunque hoy se presentan moduladas por las características propias de nuestra cultura. Hoy, a las convicciones personales de los creyentes, les falta apoyo social. Hace falta hacerse violencia no tanto para mantener, cuanto para proclamar con fuerza la fe cristiana en situaciones adversas.

De todos modos, y aunque parezca sorprendente, el más radical motivo que dificulta la acogida del Evangelio es el Evangelio mismo. Es una buena noticia, sí. Pero también desborda toda expectativa. Va al encuentro de la experiencia humana, responde a los más profundos deseos del corazón humano, pero también corrige esta misma experiencia y es exigencia de conversión. Anuncia la resurrección y la vida, pero también proclama que la cruz es el camino de la resurrección.

A los ojos de este mundo la persona, la palabra y la obra de Jesús puede parecer necedad y escándalo (1 Cor 1,23) y, si es así, lo “normal” es rechazarle. Aunque también importa aclarar que hay dos tipos de escándalo y, por tanto, dos maneras de no entender el anuncio del Evangelio: el escándalo de la cruz, que nunca debe ser neutralizado; y el escándalo debido a nuestra incapacidad de comunicarlo. Hace ya tiempo que un teólogo llamado Joseph Ratzinger se refería a la tentación de muchos creyentes de confundir el escándalo de la cruz con otros escándalos ajenos a él y que derivan de la flaqueza de sus portadores.

Entre otros ejemplos este teólogo se refería al escándalo culpable del que so pretexto de defender los derechos de Dios, sólo defiende una determinada situación social y las posiciones de poder en ella conquistadas. O el que, so pretexto de proteger la invariabilidad de la fe, sólo defiende su propio transnochamiento. Cada uno puede añadir sus propias experiencias a los ejemplos que propone J. Ratzinger (El nuevo pueblo de Dios, Herder, Barcelona, 2005, 352).