DESPEDIDA DE SANTIAGO AGRELO, HERMANO MENOR DE LOS EMIGRANTES

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Sorprendido de que haya alguien capaz de conjugar amor a Cristo y rechazo a los pobres

Recién aceptada la renuncia por parte del papa Francisco, ¿qué está viviendo estos días Monseñor Agrelo?

El anuncio de que a esta etapa de mi vida se le ponía la palabra «fin» –la llamada del Nuncio Apostólico para comunicarme que el papa Francisco había aceptado mi renuncia– me pilló de sorpresa: no lo esperaba, aunque había sido yo, quien en el mes de marzo, había pedido al Papa que hiciese ya efectiva la renuncia presentada y aceptada desde hace casi dos años. Pasada la sorpresa, pasó también toda inquietud, y me queda solo una gran paz en el corazón.

Al hacer balance de estos 12 años como Arzobispo de Tánger, ¿cuál es la mayor tranquilidad que se lleva? ¿Y el mayor dolor?

Cuando me comunicaron que había sido nombrado obispo –era al anochecer del Martes Santo de 2007–, me emocioné, me emocioné mucho, lloré. Y recuerdo con certeza que dormí muy mal y que tuve los pies fríos toda aquella noche. Entonces miraba hacia adelante, y solo atisbaba un misterio… Ahora la mirada va hacia atrás, hacia lo que he vivido en los 12 años de mi ministerio. Me preguntas por la mayor tranquilidad que me llevo. Creo que en la respuesta cabe un abanico de memorias. Me da tranquilidad haber estado cerca de los fieles, acompañándolos con la palabra de la fe; haberme obstinado en poner a Cristo Jesús en el centro de la vida de todos; haber conservado el clima de familia que se respiraba en esta Iglesia cuando llegué a Tánger; a veces sueño con haber logrado que todos en esta diócesis se sientan más importantes que el obispo. Me preguntas también por el mayor dolor. Y es como si me preguntases por el dolor de los demás. Me daría vergüenza hablar de dolores míos, pues ninguno sería comparable a los que padecen los pobres, sobre todo los emigrantes. Yo nunca podré sentir la angustia de un joven que se ahoga en el mar, o la humillación de una joven esclavizada en la prostitución; ni siquiera el sufrimiento de esos chicos que malviven en el atrio de la catedral… Pero ya no me queda más dolor amargo que el de los pobres. Los demás son todos dulces sufrimientos.

¿Está cansado Monseñor Agrelo de recordarnos que las «fronteras» no las quiere Dios?

Las fronteras, como cualquier otra realidad, no son ni buenas ni malas: son lo que nosotros hacemos de ellas. El que nos mandó amar, también a los enemigos, con ese mandato retiró de una vez para siempre las fronteras del corazón humano: nadie queda fuera de nuestro amor. Y esa certeza de la fe, que anula las fronteras del corazón, es la que nos permite ser justos en todas las fronteras, también en las que delimitan el territorio de las naciones. No, no estoy cansado de recordar que no debemos levantar muros frente a los pobres. Estoy solo sorprendido de que haya alguien capaz de conjugar amor a Cristo y rechazo de los pobres.

En conjunto ¿qué valoración hace del servicio de la Iglesia a favor de los movimientos migratorios? ¿Se puede ser cristiano mirando para otro lado?

Permíteme que, a modo de introducción a la respuesta, traiga algo que escribí a la Iglesia de Tánger en el año 2009:

Se van a cumplir dos años de mi servicio como obispo en esta Iglesia, un tiempo en el que he podido acercarme a la vida de la diócesis, a las inquietudes de la sociedad civil, a los problemas de los inmigrantes, a las miserias de muchos hombres, mujeres y niños que, por clandestinos, nada tienen, ni siquiera papeles.

El corazón intuye y la fe sabe que en todas las cosas alienta el Espíritu del Señor, y que es el amor de Dios el que nos interpela desde la realidad en la que vivimos.

Parece llegado el momento de que entre todos, teniendo en cuenta que nos hallamos ante nuevas situaciones, nuevas pobrezas, nuevas esclavitudes, nuevas oportunidades, veamos si son posibles nuevas opciones, nuevas propuestas y nuevas tareas para las instituciones que en la archidiócesis de Tánger están haciendo presente y visible el amor de Cristo por los pobres.

Este trabajo de discernimiento será eficaz si lo hacemos en obediencia al Espíritu del Señor, con profundo respeto a la diversidad de carismas que hallamos en nuestra Iglesia, atentos al grito de los pobres y a los signos de los tiempos, pues somos cristianos, ungidos por el Espíritu del Señor, enviados del Dios vivo a evangelizar a los pobres, testigos de su pasión por los desheredados, revelación de su amor a los oprimidos.

Cuando decimos «la Iglesia», nos referimos a una comunidad de fe, que es cuerpo místico de Cristo y que, ungida como Cristo, ha sido –es– enviada a evangelizar a los pobres. De la Iglesia solo se puede decir eso. Lo que cambia, no solo de comunidad a comunidad, sino también de creyente a creyente, es el modo de sentirse implicados en esa misión de evangelizar. Y ahí conviene empezar porque todos nos reconozcamos pecadores, todos lejos de haber cumplido el mandato recibido, todos más o menos ciegos para ver a los pobres, todos más o menos mancos para darles una mano, todos más o menos duros de corazón para compadecernos de los que sufren.

Algunos hemos tenido la suerte de tener a los pobres tan cerca que casi se nos hizo inevitable llevarles el Evangelio. Y damos gracias a Dios, se las daremos siempre, porque el dolor de los pobres nos ha hecho daño, se nos ha hecho nuestro, se nos ha metido tan adentro que casi nos ha obligado a cuidar del Señor en tantos hermanos heridos que Él puso a nuestro lado.

Otros creyentes no han tenido tanta suerte, no han visto tan de cerca el sufrimiento de Cristo, y se han quedado con la idea de que podían honrarlo sin cuidarlo.

Otros –no entiendo cómo eso sea posible sin que los engañe Satanás– han creído que se puede conjugar fe en Cristo y rechazo de los emigrantes. Por éstos rezaré hasta dar la vida: No saben lo que hacen.

Todavía no sabemos quién será su sucesor, cuando llegue, ¿qué se va a encontrar en la Archidiócesis de Tánger?

Encontrará lo que yo encontré: una Iglesia pequeña y hermosa, pequeña y significativa, pequeña y llena de vida, pequeña y bendecida por el Señor.

Encontrará una Iglesia respetada en la sociedad civil, una Iglesia muy en contacto con las necesidades de los pobres, siempre atenta a los más débiles, a los más necesitados.

Encontrará una Iglesia que atrae, algo así como el Cristo levantado en alto: es una cuestión de debilidad y de amor; esta Iglesia atrae a religiosos, a voluntarios, a no creyentes.

Monseñor Agrelo es franciscano… ¿hasta qué punto se ha sentido apoyado por la vida consagrada presente en Tánger?

Lo he dicho muchas veces: los consagrados son el rostro de esta Iglesia. Aunque, dicho así, comprendo que pueda ser mal entendido, pues, con propiedad, sin incluir a los laicos, no se podría hablar del rostro de la Iglesia. Pero el hecho es que han sido muchos los lugares de esta diócesis en los que no ha habido más cristianos que los consagrados –las consagradas– que allí desempeñaban su labor: Ben Karrich, Dar Driouch, Fnidek –Castillejos–, Ksar– El-Kebir –Alcazarquivir–. La vida consagrada no me ha apoyado, me ha llevado en volandas en los años de mi servicio como obispo. Nada hay en esta Iglesia que pueda considerar mío. Donde miro, encuentro mujeres y hombres entregados a la tarea de llevar el Evangelio a los pobres.

Se jubila como Pastor de la Iglesia en Tánger, pero no de su misión, de su consagración y ministerio, ¿qué proyectos tiene?

Ninguno, si no es ponerme a disposición de mis superiores en la Provincia Franciscana de Santiago.

Esto escribí a mi Ministro Provincial el mismo día en que se hizo pública la aceptación de mi renuncia:

“Nunca entre mis hermanos quise otra cosa que ser un hermano más, y espero que eso me sea concedido ahora también.

Vuelvo a la obediencia de siempre: espero que así me consideres y así me trates. No pido mejor destino que el que consideres oportuno darme, según las necesidades de la Provincia.

Intentaré desaparecer –espero que me ayudéis a ello– lo más posible de la atención de los medios y de cualquier forma de protagonismo que solo me causarían pesar y daño.

Supongo, eso sí, que en la normalidad de la vida fraterna en comunidad, no me faltará la pobreza que vivir y los pobres a los que abrazar”.

Jubilación tiene que ver con júbilo y el júbilo con libertad, ¿se siente libre Santiago Agrelo?

La libertad es una novia que ha de ser conquistada día a día. Es una paradoja: servimos al Señor y somos libres; tanto más fiel es el servicio, tanto más alto es el vuelo de la libertad.

Y no impide ese vuelo sino que lo impulsa el servicio al Señor en los pobres.

La libertad es gracia que va asociada a la gracia de la fe.

La libertad es medida y condición indispensable del amor.

(Leer entrevista completa en VR, julio-septiembre, 7/vol.127)