DE CARNE Y HUESO

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Cuando un cristiano aprende las obras de misericordia, imagina que las necesitan personas diversas y en tiempos sucesivos.
Antes de encontrarme con los emigrantes, tampoco yo hubiera pensado que las misericordias iban a verse todas ellas reclamando atención en las mismas personas y al mismo tiempo.
Lo más sorprendente, sin embargo, fue constatar que esos necesitados no sólo se habían visto ignorados, olvidados, abandonados, por quienes teníamos el deber de ayudarles, sino que además, precisamente a ellos, se les ha acosado, acorralado, perseguido, deportado, golpeado, herido, mutilado, empujado a la muerte, o simplemente se les ha asesinado.
Y no voy a decir de forma impersonal que eso “se ha hecho”; necesito decir que “nosotros lo hemos hecho”, y lo hicimos como dueños del negocio, como compradores que disponen libremente de la mercancía que han comprado, como vencedores que ejercen pleno domino sobre los vencidos, sobre los sometidos y esclavizados.
A los emigrantes les hemos quitado todo, incluso el cuerpo, hasta dejarlos reducimos a idea.
Con lo cual, conseguimos olvidar que tienen miedo, que tienen frío, que tienen hambre, que tienen sueños, que tienen derechos, que son como nosotros.
Las ideas no comen, no beben, no se visten, no necesitan compañía ni calor ni comprensión.
Así, donde la evidencia dice que hay niños y mujeres y hombres de carne y hueso, la información, la política y la propaganda van diciendo que hay sin papeles, que hay irregulares, que hay ilegales, que hay problemas, que hay amenazas, que hay mafias, que hay delincuentes, es decir, un mundo que controlar, no que alimentar.
Y si por un momento nos decidimos a devolverles el cuerpo, no lo hacemos porque esos cuerpos sean un compendio de necesidades, sino porque nos disponemos a utilizarlos para ir en contra o a favor de alguien.
Con lo cual, fingimos lágrimas ante la emigración venezolana y pasamos de largo ante la emigración africana; fingimos repulsa de una injusticia o de una violencia, y nos apuntamos a todas las demás; fingimos humanidad frente a un animal herido y justificamos el sufrimiento de miles de seres humanos.
Lo dijo el Señor: “Cuando extendéis las manos me cubro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé. Vuestras manos están llenas de sangre. Lavaos, purificaos… buscad la justicia, socorred al oprimido, proteged el derecho del huérfano, defended a la viuda”.
No des un paso con quienes desprecian al emigrante, o mienten sobre él, o legitiman la violación de sus derechos.
No te hagas cómplice de quienes maltratan a los pobres.
No te hagas cómplice de los que maltratan a Dios en los pobres.