DAVID, EL CHIMPANCÉ

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MariolaMe emocionó volver a releer la historia de Jane Goodall, esta mujer que pasó largos años de su vida investigando a los chimpancés de Gombe, en Tanzania. Ella dice: “las largas horas que pasé con ellos han enriquecido mi vida más de lo imaginable”. Cuando era una niña de cuatro años, Jane había alarmado a sus padres al desaparecer de su casa varias horas; estaba en el corral esperando que una gallina pusiera un huevo. Esa había sido su primera “contemplación zoológica”. En su trabajo, Jane recibió críticas por ponerles nombres a los chimpancés en vez de números y, sin embargo, su método de investigación se basaba justamente en su capacidad para sentir empatía y alegría. Llamó “David” al primer chimpancé que se le acercó, estaba sentada junto a él cuando observó un fruto seco en el suelo, lo recogió y se lo ofreció en la palma de su mano. Cuenta que al principio David apartó la vista pero, luego, la miró a los ojos, agarró el fruto seco, lo arrojó al suelo y apretó su mano con suavidad…Ya desde el origen de la vida lo que más anhelamos no son “cosas” sino compañía.

Contrasta este gesto, este chimpancé llamado por su nombre, con esos rostros anónimos de mujeres y de niños, de hombres famélicos, que claman desde la cubierta de un barco oxidado ante el que ningún puerto quiere abrirse, como si fueran seres que no valieran nada, que no contaran para nadie. ¡Cuánto nos hemos alejado de nuestro ser esencial, en pos de seguridades, de identidades… con una indiferencia que ni los animales detentan entre ellos! Puede parecer que esas realidades nos quedan lejos personalmente, pero esta mañana una sencilla escena me dio que pensar. Un grupo de jóvenes universitarias corre ante el autobús que iba parándose, ya están en frente de él, solo tienen que cruzar y tomarlo, le hacen señas al conductor para que las espere unos segundos pero aquel hombre, aunque las oye, no las mira y emprende su marcha dejándolas compungidas. Es un simple gesto rutinario, pero ¿no nos vemos también nosotros reflejados en cómo nos situamos al lado de los otros cada día? Nuestras prisas, lo que hay que hacer, lo que está dentro de lo establecido… nos justifica, mientras por el camino van quedando rostros lastimados.

Hoy el Instituto Jane Goodall incentiva a las personas, sobre todo a los jóvenes, para que emprendan acciones con conciencia y compasión dirigidas a mejorar el medio ambiente para todos los seres vivos. Cuánto tenemos que aprender aún en nuestro día a día de David, el chimpancé, que miró a los ojos y apretó suavemente la mano de Jane.