CUANDO ABUSAN DE SU ESTADO LOS PRELADOS

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Tomás de Aquino dice que hay mayor perfección en contemplar y dar a conocer lo contemplado, o sea, en orar, estudiar y meditar la Palabra de Dios y luego anunciar lo estudiado y orado, que si nos quedamos solo en la primera parte del binomio, o sea, si nos quedamos solo en la oración. Orar es bueno y meritorio; pero orar y dar testimonio, por medio de la palabra y de la vida, es todavía mejor. En uno de sus escritos, Tomás de Aquino elogia a “los prelados y los predicadores de la fe”, diciendo que ellos alcanzan el más alto grado de perfección cristiana, ya que tienen como especial encargo anunciar el Evangelio después de haberlo orado y estudiado. Este elogio podría extenderse a todo cristiano, pues todos estamos llamados a ser testigos de la fe y a proclamarla con nuestras palabras.

Lo que me interesa del escrito al que me estoy refiriendo es que Tomás de Aquino, con una gran perspicacia, añade que no quita fuerza a lo dicho el que algunos predicadores o prelados “abusen” de su estado y aspiren al cargo, no precisamente buscando el bien de la predicación, sino el propio provecho, incluso económico. Los que buscan el honor o el cargo eclesiástico para su propio beneficio o su propio egoísmo, no desmerecen la bondad de los que cumplen con su misión apostólica y se mantienen fieles a Dios.

Importa recordar estas cosas, en unos tiempos como los nuestros, donde el abuso de poder o la corrupción no sólo provoca escándalo en creyentes y no creyentes, sino incluso, a veces, mucho desánimo en los creyentes. El demérito de unos no es representativo de los méritos de tantos otros. No cabe duda de que los prelados deben buscar siempre la concordia y el buen entendimiento. Pero en todas partes hay excepciones; es lo propio de la condición humana. Una reflexión llena de fortaleza sobre estas excepciones la dijo una famosa víctima sobre sus victimarios: “estos hombres no me van a ganar”.