sábado, 22 junio, 2024

CREER ES…

La fe cristiana se conjuga en singular: yo creo. Y se conjuga también en plural: nosotros creemos. En la respuesta a las promesas del bautismo solemos responder de las dos maneras en singular y en plural. La fe la recibimos de la Iglesia. En el bautismo de los infantes los padres y padrinos piden a la Iglesia la vida eterna para el niño.

Creer es encontrar

La fe surge de un encuentro. Dios tiene la iniciativa, sale al encuentro de la persona individual pero también de las comunidades, de los pueblos. La iniciativa de Dios es sorprendente. Normalmente tiene una pedagogía en que entra el tiempo de preparación. Pero puede suceder una irrupción repentina. La dimensión de encuentro que tiene la fe se puede comparar al juego del escondite; a Dios le gusta esconderse y hacerse buscar por nosotros; es el juego de la purificación de la fe. Lo que acontece es que en la situación actual muchas veces los creyentes dejamos de jugar al escondite, es decir, dejamos de buscar. Y rompemos el juego. Nos distraemos con otros encuentros. Y es que la sociedad capitalista y consumista promete la satisfacción de todos los deseos a base de consumo. El supermercado sustituye al templo. Ello significa que la satisfacción de lo inmediato parece apagar el hambre de lo último, definitivo y pleno. Pero en la dinámica de la fe entra el poner en camino hacia lo ya encontrado que, a su vez, suscita nueva búsqueda. La fe implica la dimensión del credere in Deum, es decir, hacerse peregrinos hacia el futuro del encuentro total. La fe nace del encuentro y se transmite por el encuentro personal.

Creer es dialogar

El Dios que sale al encuentro no es mudo; se trata de una presencia ardiente; una presencia que se articula en torpes palabras humanas. Dios llama, se hace oír, se hace notar. Hace resonar su inspiración en el corazón del hombre. Dios cree en el hombre que ha creado. No lo abandona. Busca persistentemente revelarse a él, hacerse encontradizo con él. Vivir la fe es creer que Dios nos va salvando a través de las vicisitudes de nuestras vidas. Es tener los ojos abiertos para tomar conciencia de la historia de salvación que Dios va haciendo con nosotros, con cada uno. Hay que afinar los oídos interiores para escuchar. La actitud creyente implica respuesta. La llamada de Dios acontece. La fe supone entrar en un diálogo de revelación y en un “diálogo de salvación”.

Creer es humanizar y hacer feliz

Creer en el Dios de la alianza y de la historia, el Dios de Jesús, nos hace más humanos. Despliega todo nuestro potencial como seres humanos inclinados a la transcendencia, más allá de sí mismos. Creer en un Dios feliz, que tiene un sueño de felicidad para la humanidad nos hace felices. Contar con la presencia de Dios, ser partícipes de su vida divina y bienaventurada nos hace a nosotros bienaventurados. Dios es el tesoro que tenemos los creyentes. Y no es un Dios que necesite nuestro servicio y nuestro culto y nuestros sacrificios. Más bien es que nosotros necesitamos a Dios para saber y experimentar qué significa eso de vivir en plenitud. Y es que ésa es nuestra vocación más verdadera: vivir en plenitud, para siempre. La fe nos impulsa a transcendernos; despierta los sueños y aspiraciones hondas; nos dice que no es real solo lo que se ve; que la realidad más real se alberga más allá de lo que se ve. Por eso nos pone en la perspectiva de lo sorprendente, lo inesperado y desconcertante. Gracias a esa fe liberadora, nuestra vida se torna capaz de recibir lo que anhelamos sin saber darle más nombre que el de felicidad, plenitud, salvación.

Creer es padecer

La fe cristiana no consiste simplemente en admitir un cierto número de doctrinas o normas morales; la fe cristiana implica pertenencia a una comunidad de discípulos de Jesús. Es una comunidad de santos y pecadores, de prudentes e insensatos. Creer implica hacerse criticable, puesto que el creyente se identifica con la comunidad de los que se sienten y confiesan seguidores de Jesús y testigos de su evangelio. La pertenencia eclesial, de modo especial en la actual cultura individualista, implica estar sometido a las críticas, debido a los pecados y errores de los miembros de la Iglesia a lo largo de tantos siglos. En este sentido creer públicamente en Jesucristo es hacerse vulnerable a la autocrítica. Tomamos conciencia de que nuestra vida no es sólo evangelio; también somos escándalo y distancia que se interpone y oculta la belleza y la capacidad seductora de Jesucristo mismo. La transcendencia de Dios es consoladora, y al mismo tiempo, purificadora para los seres humanos. Contraría la tendencia a la apropiación, al control y el dominio. La pasión y compasión de Dios para con nosotros se convierte en una historia de descentramiento y liberación. A Dios no lo poseemos, no lo sobornamos, no lo ponemos al servicio de nuestros intereses. Es Él el que nos hace transitar por la oscuridad para aprender la confianza y el amor. Creer es también padecer con el mundo; es entrar en la «memoria passionis» de la historia humana. Confiar en Dios sólo se puede hacer respetuosamente desde la conciencia del dolor de las víctimas de la injusticia. Creer es permanecer con Dios en el dolor. Colaborar con Dios en la lucha contra el dolor.(Seguir leyendo en Vr, 115.9 (Nov.2013).

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