miércoles, 17 agosto, 2022

¿CREER EN LA IGLESIA? (y 3)

 

¡Claro que creemos en la santidad de la Iglesia! Es parte indiscutible de nuestra fe cristiana. Lo confesamos cuando recitamos el Credo apostólico en comunidad o individualmente. Sin Iglesia, simplemente no somos cristianos. Y una Iglesia, con todas sus «notas»: una Iglesia que es santa. Lo que me preocupa es cómo entendemos esta santidad de la Iglesia, cómo la interpreta la mayoría de nuestros cristianos. Y, en segundo lugar, y no por ello menos importante: cómo percibe la mayoría de «la gente», que es ciertamente, «la gran mayoría de la humanidad», esa santidad en la que decimos creer los católicos. Y esto, en un tiempo de honda crisis de credibilidad en nuestra Iglesia.

Ya nos hemos referido a lo esencial que es distinguir entre «el modo de creer» a la Iglesia, la Iglesia… y el contenido de fe en el Dios Uno y Trino: el único, decíamos, en quien realmente estamos invitados y podemos  creer. La Iglesia es mediación insoslayable, camino, sacramentum «original de salvación», decía un viejo teólogo. Si conseguimos asumir esta distinción, los errores, pecados, anacronismos, el afán de poder, y tantas cosas que no nos gustan de la institución eclesial, no pondríamos en riesgo, en peligro, nuestra fe en el Jesús del Evangelio y en el Dios que Él nos ha revelado. Muchos «se han ido» de la Iglesia (con razón o sin ella) y, a la vez, han desertado de la fe cristiana, han entrado en la gran multitud de indiferentes religiosos, agnósticos, e incluso ateos: tirando por la borda lo bueno y lo malo, indiscriminadamente, confundiendo Iglesia con Dios. Yo puedo ser crítico con determinadas decisiones o posicionamientos de la estructura eclesiástica y no por eso me siento impulsado a dar jaque mate a mi fe cristiana, o a mis creencias religiosas, parte del acervo cultural cristiano en que he nacido y en el que quiero vivir a pesar de las deficiencias eclesiales.

La santidad de la Iglesia, todos lo sabemos, depende del Espíritu Santo, es en Él y en su acción en la Comunidad, en quien creemos como «dador de santidad». La santidad de la Iglesia depende de Dios, no de nosotros. Pero la Iglesia la componemos seres humanos, sapiens con un ADN con genes depredadores y con genes de víctimas, «tocados, misteriosamente» por el virus inevitable del misterio del Mal. Es decir, la Iglesia «es pecadora» porque  nosotros somos pecadores. También esto lo sabemos. En la medida en que yo, nosotros, los obispos, los curas, el Papa incluso, nos alejamos del «verdadero rostro de Cristo y su Evangelio», contribuimos a una Iglesia pecadora y manchada. La Iglesia «sin mancha ni arrugas» de la carta a los Efesios 5,27, (y también del Apocalipsis) se refiere a esa santidad procedente de Dios, el único realmente Santo no a la Iglesia histórica y real. La Iglesia es «casta  meretrix», expresión adjudicada -no sin cierta polémica- a San Ambrosio. Somos nosotros, los cristianos, inevitablemente pecadores, quienes empañamos esa «santidad» procedente de Dios. La Iglesia, nosotros, hemos de pedir perdón al mundo, constantemente, por los pecados de la Iglesia, es decir, por nuestros propios pecados. Y asumir que sólo un proceso constante de conversión en nuestras vidas, puede «limpiar las manchas» de la Iglesia. La Iglesia es «semper reformanda», siempre necesitada de reforma, de una metanoia auténtica y constante, como nos recuerda la Lumen Gentium.  Pero la reforma de la Iglesia, que la aproxima al rostro de Jesús, «pasa» necesariamente por nosotros mismos. No es sólo una reforma de sus estructuras, ¡que también!… es, además, una experiencia constante y orante de conversión personal y comunitaria. Sólo así, desde nuestra «santidad» precaria podremos decir a «la gente» que la Iglesia es santa. Y rezar para que nos crean.

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