martes, 5 marzo, 2024

Comulgar con Cristo para mostrar a Cristo

Son tiempos recios para la fe en Cristo Jesús.

Él lo había dicho de aquella manera: “No podéis servir a Dios y a Dinero”. Y desde siempre hasta hoy, Dinero tiene un poder de seducción del que carece el misterio de Dios.

La que sirve a Dinero es humanidad poderosa.

A su lado, a modo de cortejo necesario para su impresionante procesión, se agolpa una muchedumbre de humanidad atraída y distraída con la seducción de la tecnología, la ilusión del espectáculo, el espejismo de la felicidad, y una mascota que le ayude a engañar la soledad.

Más allá de ese cortejo procesional, fuera de la vista, aún quedan los otros, innumerables, los de la calle, los de la cuneta, los prescindibles, los últimos, los nadie.

Ese mundo que ha escogido servir a Dinero, no quiere saber de Jesús, más aún, necesita ignorar a Jesús para no saber de pobres, para no saber de víctimas, para no saber de hermanos, para no saber de sí mismo.

Y tú, Iglesia en misión, te sabes enviada a ese mundo esclavizado, distraído y solo; tú sabes que ese mundo necesita a Jesús.

Si quieres anunciar que Cristo Jesús vive y da vida, no puedes confiar tu mensaje a las palabras: están profanadas, prostituidas, han perdido el color de la verdad.

El mundo al que te diriges tampoco es el mundo de Tomás, aquel discípulo que, para creer que Jesús vive, exige ver y palpar. Hoy, ni a ti que ya crees ni al mundo indiferente a tu fe serviría de nada la invitación de Jesús: “Trae tu dedo… trae tu mano”. Nada de eso te llevaría a la fe: sólo sería un divertido espectáculo de ilusionismo.

El mundo al que vas con tu mensaje, si no es el que ha crucificado a Jesús, si no es el que lo quiere muerto y enterrado, es el de quienes prefieren olvidar incluso su nombre.

Me pregunto si tu catecismo ayuda a creer en Jesús.

Me pregunto si tu misal ayuda a conocer a Jesús.

Me pregunto si tus procesiones, tus romerías, tus devociones, tus ritos, llevan a Jesús o apartan de él.

Me pregunto por el lenguaje de la fe. ¿Cómo puedes decir hoy: “Trae tu dedo… trae tu mano”, de modo que a mujeres y hombres de este mundo tuyo, como a Tomás ayer, se les abran los ojos de la fe? ¿Qué podemos hacer para que la piedra desechada sea la piedra angular en la vida de tantos alejados del Dios de Jesús?

Hoy como ayer, encontrarán a Jesús los que, viéndote a ti, lo vean a él; los que, reconociéndolo en ti, se apeguen a él.

Hoy como ayer, encontrarán a Jesús los que, viéndote a ti, reconozcan presente el reino de Dios; los que, viéndote a ti, confiesen que es anunciado el evangelio a los pobres; los que, viéndote a ti, descubran un mundo de hombres y mujeres en comunión, como lo era el de aquella primera comunidad en la que “los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común”. Ahora como entonces ha de ser común la fe, común el pan, común la oración. Todo ha de ser común.

Comulga con Cristo Jesús: en comunión con él somos uno con todos; en comunión con él somos evangelio para los pobres; en comunión con él hacemos presente en el mundo el reino de Dios.

Comulga con Cristo Jesús para que puedas mostrar a Cristo Jesús.

Feliz domingo de la Divina Misericordia.

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