María, ¡qué gracia!

La Iglesia celebra a María -la llena de gracia- y se nos propone confiar en la bondad del ser humano.

Estamos tan acostumbrados a comenzar por los errores, por los pecados, por la cerrazón de la humanidad, que necesitamos -por contraste- ver a María como una privilegiada. Esta forma teológica de argumentar ha quedado inscrita en los tuétanos de la devoción mariana, de tal manera que las exageraciones sobre María no son responsabilidad del pueblo de Dios.

Creo que el pueblo llano, escuchando durante siglos nuestras predicaciones, ha asumido cierta negatividad, pero ha mejorado la situación de María. Y lo ha hecho -como lo hacemos nosotros- por ser su Madre.

Un arcángel, enviado por Dios, se acercó a ella, y respetando su persona la saludó con uno de los piropos más hermosos que jamás se habían oído. Y claro, María «se turbó ante aquellas palabras» que nunca había escuchado. El ángel la tranquilizó diciendo: «no temas María, porque has encontrado gracia ante Dios». Y  ella escuchó, se fió y comenzó la historia de la Salvación; de un modo distinto al esperado.

El contraste lo ofrecen Adán y Eva cuando, tras recibir el Edén como herencia, se dedican a vivir a costa del Creador. Se creen el culmen de la Creación y abusan y corrompen el encargo de Dios. Cuando el Altísimo descubre que aquellos dos tortolitos se esconden de Él los «pone en su lugar» para poder repartir responsabilidades entre todas las criaturas.

La historia no es un fracaso ni queda abocada al pecado. La historia es bien real. Hubiera sido un fracaso si no hubiera existido María. Una criatura «llena de gracia» y abierta al plan de Dios. Una mujer consciente de sus posibilidades, de las dificultades de su situación y de la hermosura del plan de Dios.

Esta es la grandeza de María que, ahora nosotros, queremos rescatar. Una respuesta simple que la sitúa en un lugar preeminente; en el lugar donde Dios quiso que estuviera la humanidad. Y ahora somos nosotros, los que hemos predicado pecados y negatividades, los que nos sorprendemos de los privilegios que las gentes han dado a María. Y es que la gente sencilla sabe que su historia no está abocada al fracaso. Sabe sobreponerse a cualquier contrariedad y se lo reconoce a María, su Madre.

En estos tiempos en los que necesitamos sumar hasta oraciones, que nos libre Dios de cuestionar los «rosarios y devociones» de la gente sencilla y nos haga gustar -por un instante- de la gracia que rebosa el «Avemaría».

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