Pequeños y justificados:

Los ojos se te van, Iglesia de Cristo, tras ese pecador del que Jesús dice que vuelve a casa justificado.
Te sabes identificada con él en la subida al templo, y deseas verte identificada con él en la confesión de la divina piedad, en la experiencia de la divina gracia.
Te sabes en comunión con él en la condición pecadora, y temes no hallarte representada en su humildad, temes profanar el templo de la misericordia con palabras y espíritu de fariseo, temes que de ti se diga que has vuelto a tu casa sin haber gustado la justicia del Reino de Dios.
Se te van los ojos tras ese pecador cuya presencia humilde no desentona en el lugar donde habita la santidad de Dios. El pecador no ha subido allí pese a su pecado, sino más bien a causa de su pecado; por eso se queda atrás; por eso no se atreve a levantar los ojos al cielo, por eso se golpea el pecho; por eso suplica diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Cuanto hace y cuanto dice va proclamando los artículos esenciales de su credo: que Dios es compasión y hace justicia; que Dios es misericordia y envuelve en gracia.
Las palabras de Jesús, “el que se humilla será enaltecido”, evocan en la memoria de tu fe la figura de María, la esclava del Señor. En comunión con ella, pequeña y agraciada, el publicano y tú vais repitiendo las palabras de su canto: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava… Él derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”. Dios se ha fijado en María, ¡Dios se ha fijado en el publicano y en ti!, y de todos es el canto, pues de todos es la salvación, de todos es la gracia, de todos es la justificación.
Pero tú sabes que hay algo más. Ese publicano de la parábola tiene también un misterioso parecido con Jesús de Nazaret. Del publicano se da a entender que se humilló delante de Dios, y que esa humillación atrajo sobre el pecador la compasión que pedía, la justificación que necesitaba. Del Mesías Jesús tu fe recuerda que, “siendo él de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así… se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”. Considera, Iglesia de Cristo, el misterio de este publicano divino, cuya humillación atrae sobre ti la compasión de Dios y deja abiertos para todos los tesoros de la justificación.
La humildad es la condición de Dios en la encarnación y en la eucaristía, y empiezas a sospechar que ésa es la forma que a Dios le da el amor que él es.
En la escucha de la palabra de Dios, ha crecido tu deseo de imitar la humildad del pecador; en la comunión con Cristo Jesús, de su anonadamiento, de su pequeñez, de su humildad has hecho tu vocación, la forma de vida a la Dios te llama por la fe.
Que Cristo Jesús nos encuentre ahora y siempre entre los pequeños de la tierra.
Feliz domingo.

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