Reclinar la cabeza

Madrugar y usar el transporte público implica que dormir con desconocidos o velar sus sueños es una práctica habitual y cotidiana. Esta mañana en el autobús hacia Moncloa, mi compañera de viaje había caído en brazos de Morfeo y yo, de refilón, iba viendo cómo poco a poco inclinaba la cabeza hasta acercarse peligrosamente a mí. Os podéis imaginar que me he pasado parte del viaje mirando de reojo cómo se iba acercando y temiendo que, en la primera curva, su cabeza acabara apoyada en mi hombro.

Como soy un poco “freaky bíblica”, la escena me ha recordado lo que Jesús dice en el evangelio de Mateo: “el hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). Se me ocurría pensar que igual nuestra vocación tiene que ver precisamente con ofrecer un hombro en el que reclinar la cabeza para aquellos que no encuentran otro lugar en el que apoyar sus vidas y descansar el corazón. Me daba por imaginar que quizá esta disponibilidad para convertirnos en “almohadas” de la existencia ajena sea más importante que muchas de nuestras tareas, aunque luzca bastante menos. La paradoja es que sólo podremos asumir esta misión en la medida en que nosotros hagamos lo mismo que el discípulo amado en el evangelio de Juan: recostar nuestra vida sobre el pecho de Jesús (Jn 13,25).

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Una respuesta a Reclinar la cabeza

  1. Mª José Mompó dijo:

    Preciosa reflexión. Gracias
    Me encanta la idea de ser “almohada”…

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