Arenas movedizas

En las películas de aventuras de mi más tierna infancia nunca faltaba un momento en el que alguno de los personajes caía dentro de unas arenas movedizas. Infaliblemente, el protagonista gritaba a quien se hundía entre el barro que “no se moviera… porque era peor”, para después encontrar casualmente una liana que lanzaba para rescatarlo y poder seguir con la aventura.

La “culpa” de que me vuelva a venir esta imagen a la cabeza se la tengo que echar a dos circunstancias quizá aparentemente difíciles de aunar: un monólogo de Eva Hache que me recordó estas escenas (sí, lo reconozco… tengo debilidad por los monólogos) y lo que me resuena de lo poco que he leído aún de la nueva encíclica del Papa.

Y es que me da a mí que el empeño con el que Francisco insiste en salir de sí tiene que ver precisamente con la existencia en nuestra vida cotidiana de esas arenas movedizas. Hay dinámicas vitales (personales, comunitarias y hasta institucionales) que nos van hundiendo en un oscuro agujero negro que se parece demasiado a un ombligo, sin perspectiva para mirar más allá de uno mismo, de lo propio o de lo nuestro. Y se va cerrando el horizonte irremediablemente a medida que te sumerges y hasta perder toda visión. Cuando se caen en estas arenas movedizas se pierde la capacidad de recoger llamadas de la realidad, nos incapacitamos para la comunión con lo diferente (carismas, vocaciones, congregaciones…), consideramos “normal” sólo aquello que “siempre hemos hecho” y vamos adquiriendo una ceguera progresiva e irreversible que nos hace imposible descubrir los signos de los tiempos y dar respuestas creativas.

Además no nos ayuda demasiado la recomendación de esas películas que veía de niña, porque si hay algo que agrava aún más esta situación es precisamente seguir sin moverse. Menos mal que Aquél que viene siempre a nuestro rescate tiene, como decía Juan el Bautista, el hacha preparada… pero para cortar la liana y sacarnos del oscuro agujero negro de nosotros y de “lo nuestro”. ¡Gracias a Dios!

 

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