ARRANCAR EL APLAUSO

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Hay pocas cosas tan difíciles como arrancar el aplauso en casa. Que «nadie es profeta en su tierra» lo sabemos bien los religiosos. Y por sabido no deja de doler.
Hace no mucho, una persona que está ofreciendo una reflexión fresca y ungida para el hoy de la vida consagrada, expresaba la frialdad con que sus palabras se habían recibido en el capítulo de su familia religiosa. Y concluía: «aunque tengo más de 60 años, y crees que lo has pasado casi todo, no deja de sorprenderme».
Algo tan sencillo y tan externo como un aplauso. Algo tan gratuito. Algo tan generoso, se convierte en un reto y una pregunta por la salud de tu familia religiosa o tu comunidad. Unido al «ustedes oran y viven urgidos por la misión», deberíamos responder en verdad « ¿aplaudo a mis hermanos?, ¿soy capaz de valorar a quienes están a mi lado?» Algunos pueden llegar a pensar que el asunto no tiene entidad… sin embargo, no sé por qué me da que en estas cosas de «poca entidad» estamos perdiendo batallas de entidad grande.
La Pascua está consolidada, este tiempo, con María nos prepara para la gran salida, para el anuncio y la apertura… para «abrir las puertas de casa» y dejar que entre el aire de la vida y la pluralidad de nuestros contemporáneos. Es el tiempo de la misión. En nuestro caso al lado de hermanas y hermanos. Aquellos y aquellas que esperan, necesitan o merecen tu aplauso. ¿Te atreves?
El futuro inmediato no lo disfrutarán nuestras familias si no se ejercitan en el aplauso en casa. Las comunidades «soportan» la misión cuando no saben darse aplausos. Hay hermanos y hermanas que tienen palabras maravillosas para algunos personajes, casi ídolos, cuando éstos no pertenecen a la propia comunidad o institución… pero ven poco que aplaudir a su alrededor. Otros, quizá se han acostumbrado a aplaudir a los mismos, sin abrir generosamente el reconocimiento a otros. Algunos, los más, tenemos racionados los aplausos para no gastar las energías o porque pensamos que regalando reconocimiento, perdemos algo. Está claro, sin aplauso, sólo hay presente silencioso y tolerante, pero no vida contagiosa.
Amedeo Cencini volvía a insistir ante centenares de religiosos y religiosas, en la XXXIX semana, que este tiempo necesita comunidades santas, me atrevo a completar, «necesita comunidades que se aplaudan, se reconozcan y se quieran». Tres verbos en los que hoy se expresa la santidad.
Esta opción de vida no puede expresarse en función de los aplausos. No es buen itinerario que un joven llegue a nuestra casa, porque aquí se le aplaude… Como no lo es, que alguien llegue a la conclusión de que este estilo de vida no cuida el «abrazo interior». La cuestión no es tan ingenua. Preocupa, sin embargo, que algunas personas no se sientan reconocidos en toda su vida, o ya no lo esperen porque piensan que nuestro vivir en comunión no tiene que albergar el reconocimiento o, incluso, que se llegue a creer que uno no es merecedor de nada… Intuyo que un acento de esta reestructuración irreversible de la vida consagrada consiste en algo tan sencillo y claro como regalar un aplauso a tus hermanos o hermanas.
El aplauso regenera la misión, la fortalece porque la hace coral. A la vez, nos hace familia y nos reconcilia, nos vuelve a los fundadores por el gozo de una «misteriosa vinculación en la historia» y nos proyecta en una sorprendente fuerza que experimentan los débiles cuando se unen. El aplauso familiar disipa las sospechas y miedos, porque todos somos merecedores de un reconocimiento grato por ser quienes somos, y, además, nos invita a superar la pereza de autocomtemplar el propio dolor, por lo grande que es «vivir los hermanos unidos». Definitivamente, el aplauso, es mucho más que un ruido de aprobación pasajero, es un compromiso de adhesión permanente. Y eso sí es futuro y es vida y, como apunta sabiamente Ignacio Madera, los que así lo viven, son los que gustan aquí y ahora una desbordante y contagiosa «fantasía creadora».