APRENDER A DESCANSAR

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(José Tolentino de Mendonça). ¿Qué marinero se lanza a la aventura oceánica sin controlar si lleva en la embarcación, no solo la vela y los remos, sino también un ancla? ¿O qué caminante enfrenta su viaje sin prever tiempos y lugares de pausa, que le garanticen la posibilidad de reponer fuerzas para poder continuar? El viaje no es solo movimiento, como la vida no es solo sucesión de actividades. La mayoría de nosotros vive, sin embargo, en una línea de frontera, en esforzada e insatisfecha cadencia, deseando, en el fondo, que la vida sea lo que no es. ¡Cuántas veces suspiramos: «Necesitaba que el día tuviera cuarenta y ocho horas»! Sospecha de ese deseo porque seguro que no es lo que necesitamos. Bastaría, solo, con reparar en los efectos colaterales de nuestras vidas sobre-ocupadas. Sin darnos cuenta, a medida que los picos de actividad se agigantan, nuestras vidas se asemejan a casas vacías, vaciadas de verdadera presencia; la lengua que hablamos se vuelve incomprensible como una lengua sin hablantes en el mundo; y aunque habitemos la misma geografía y las mismas relaciones, parece que, de repente, vivimos en una especie de tierra de nadie.

La sabiduría es aceptar que el tiempo no se estira, que es increíblemente breve y que, por eso, tenemos que vivirlo con el mejor equilibrio posible. La gestión del tiempo es un aprendizaje que necesitamos hacer. En el tiempo, a veces, es más importante saber terminar que empezar, y más vital suspender que continuar. Pero hasta ese ejercicio de interrumpir un trabajo para pasar al reposo no nos es fácil, al menos en cierta edad. Esto implica, no es raro, un ejercicio de desprendimiento y de pobreza. Aceptar que no alcanzamos todos los objetivos que nos habíamos propuesto. Aceptar que aquello a donde llegamos es todavía una versión provisional, inacabada, llena de imperfecciones. Aceptar que nos faltan las fuerzas, que hay una frescura que no obtenemos mecánicamente y por mera insistencia. Aceptar que, mañana, tendremos que recomenzar de cero. Creo que el momento de cambio ocurre cuando miramos de otra forma lo inacabado, no solo como indicador o síntoma de carencia, sino condición inexcusable del propio ser. Ser es habitar, en creativa esperanza, el inacabamiento que es la expresión más normal de la vida.