miércoles, 19 enero, 2022

Año nuevo, ¿costumbres viejas?

Cuando celebramos un año nuevo, celebramos precisamente eso, que es nuevo. Se nos regala una oportunidad preciosa para olvidar rencillas, inaugurar tiempos de acogida y perdón, mirar hacia adelante, despojarnos de todo aquello que no nos hace más humanos y, si somos cristianos, más evangélicos, tolerantes y acogedores. Vivir en clave de “posibilidad”, “oportunidad” o “novedad” nos alejaría de tópicos típicos como: “siempre se ha hecho así”, “te dije que no iba a funcionar…”, o “no se podía esperar otra cosa de esta persona…”. En definitiva, nos tendría que llevar por el sendero de la humildad, del sentirnos compañeros de camino, hermanos en misión y, sobre todo, hombres y mujeres afianzados en esperanza.

Para creer en lo nuevo se necesita tirar de una ingenuidad nada sospechosa, de una mirada limpia poco suspicaz, de un sentido común forjado en la bondad del ser humano… porque de lo contrario, nos incapacitamos para leer este tiempo, para ofrecer una propuesta creíble desde nuestra opción y forma de vida. Tal vez estemos muy entretenidos alimentando rencillas, divisiones irrisorias, identidades poco éticas, cordones sanitarios que de lo único que hablan es de miseria y autorreferencialidad, de narcisismo institucional y/o personal, de incapacidad para alegrarnos con el que se alegra, en definitiva, de unas relaciones mal gestionadas que probablemente solo sanarían con la desaparición del enfermo. Este entretenimiento insano esconde algo -en mi opinión- más triste que es la falta de propuestas en clave de evangelio, de liderazgo en clave humanizadora y de creatividad en clave de comunión misionera. Cuando esto no se da tiramos de la seguridad de la costumbre, confundimos poder con autoridad, nos creemos en posesión del monopolio del carisma, provocamos la confusión de roles… todo ello para vivir entretenidos en clave de mediocridad.

Quizá el tiempo nuevo no llegue por el cambio de unos dígitos, ni por arrancar una página del calendario, quizá estas fechas solo sean un revulsivo, un recordatorio para decirnos: “Es posible…”. Tal vez el tiempo nuevo está comenzando en las personas que no negocian lo innegociable, que no pactan por mantener un estatus, que no participan en componendas identitarias, que no fomentan los lobbies o grupúsculos, sino que se abren a la riqueza de la pluralidad, a un momento sinodal precioso que nos habla de comunión, participación y misión de todos… que valoran, respetan y acogen lo bueno simplemente porque lo es. Decir evangelio es decir tierra de oportunidades, el lugar y la clave teológica que nos hace amar y comprender que todos «somos». Alejarnos de aquí es acercarnos a un precipicio infranqueable. Bendito tiempo nuevo si nos hace recordar algo de esto.

 

 

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