AL FINAL…

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Este refrán castellano refrenda la apreciación de Jesús sobre unos galileos que acabaron mal; parece ser que asesinados por Pilato.

Los que se acercan al Maestro -como nos ocurre a muchos de nosotros- quieren saber si el final trágico fue un castigo de Dios. ¡Señor, qué paciencia!

Jesús pone el ejemplo de la higuera para que cada uno de ellos se dé cuenta de cómo están viviendo: si dan el fruto que les corresponde o se están quedando con los nutrientes para satisfacerse a sí mismos. La higuera si no da higos no sirve para lo que fue pensada. Pierde su ser y su fruto. Y al final, si la cortan no cometerán ninguna injusticia.

Después de muchos siglos seguimos sentenciando a quien aparece en el último fotograma de la película. El malo de la historia será el que ejecute el último acto; independientemente si el que sufre la acción ha sido un corrupto, un asesino, un impío. La “culpa” es de quien pone el castigo final y no del que vive deshonestamente. Así, el que suspende es el maestro, el que condena es el juez, el que mata es el cirujano, y el que castiga es Dios.

Revisémonos. ¿Estamos dando los frutos que Dios nos pide? ¿No nos estaremos mirando el ombligo y quedándonos con los bienes? No sé si en la Vida Religiosa de Europa nos estaremos cuidando demasiado, retrasando la misión y viviendo en la queja. No damos hijos -perdón higos- y claro, al final el malo de la película será Dios…  que nos corta o poda.