ADENTRO

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Hace unos días una compañera de trabajo me comentaba que su hijo de cuatro años le preguntó: “¿Mamá por qué miras más el móvil que las cosas?”. A ella le impactó tanto la pregunta que ha dicho a sus amigos que cuando esté en casa no va a contestar los mensajes y va a intentar mantenerse alejada del móvil. ¿Nos pasará también a nosotros así? Nos hacemos expertos en últimas tecnologías pero sin darnos cuenta vamos perdiendo las claves del corazón del otro. Cruzamos fronteras digitales que nos abren al mundo pero la que con más urgencia necesitamos transitar es esa frontera humana, nunca descubierta del todo, que es el corazón de cada persona. “¿Dónde estás que no estás?”, le preguntaba una mujer a su pareja. Esa es la primera pregunta de Dios al ser humano en la Biblia: “¿Dónde estás?”. Estamos tan ocupados, tan en la urgencia de nuestras cosas… Andamos enredados y sin tiempo para lo esencial y perdemos la conexión con el centro de nuestro cuerpo, de nuestra vida, y ese centro es el corazón, allí donde está oculto el misterio que es cada persona. Cada uno tenemos nuestra herida y nuestro tesoro en el mismo lugar.

Cuando el chakra del corazón se cierra aparecen disfunciones en los intercambios personales y en la conexión con nosotros mismos. No somos capaces de aceptarnos con todo, nos volvemos dependientes del reconocimiento de afuera y generamos actitudes defensivas; y si el miedo nos aprieta demasiado nos ponemos rígidos. Necesitamos ayudarnos a no vivir atenazados por el miedo que se está apoderando de las relaciones entre países y culturas: miedo a los diferentes, a lo que no conocemos, a las realidades que sentimos como amenaza.

Cuando el chakra del corazón está saludable sabemos recibir y dar, estamos más dispuestos a comprender y a perdonar, y podemos abrirnos a nuevas situaciones. Como aconsejaba Unamuno a un impetuoso joven: “en vez de decir ¡adelante! o ¡arriba!, di: ¡adentro! Reconcéntrate para irradiar, déjate llenar para que reboses luego…”. Lo mejor de cada uno lo gestamos adentro; a veces tarda tiempo en aflorar pero está ahí latente, esperando una mirada o una voz que venga a despertarlo. Me viene el recuerdo de una hermana mayor, que ya falleció, que contaba que en sus años de educadora lo primero que hacía al llegar a la clase era mirar a cada niño. Detenerse mirando sus vidas y sus cosas.